Mostrando entradas con la etiqueta Divagaciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Divagaciones. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de marzo de 2016

El valor del ejemplo


Esta mañana, mientras trotaba por las calles de Madrid, enfilando los últimos kilómetros de mi ruta de hoy, renqueando cuesta arriba, he visto como un chaval de unos 14 o 16 años bajaba comiendo con deleite un bocadillo envuelto en papel. Al llegar a la zona en la que el envoltorio le ha resultado incómodo para seguir gozando de nuevos bocados de pan con panceta (o lo que fuese), ha cogido el papel y, estirando el brazo hacia arriba con gracilidad, lo ha dejado volar hacia donde la brisa quisiera llevarlo.
En ese momento se cruzaba el mozalbete con un hombre de provecta edad que se ha quedado paralizado ante tal espectáculo,  algo así como quien viese ante sí un burro volando. Se ha vuelto para comprobar si aquel ser que se había cruzado con él era humano o espectral. Ha visto que parecía de carne y hueso y se movía como un humano. Tras mirar el envoltorio arrugado y ver que había una papelera justo al lado de donde había caído, ha llegado a la conclusión de que el pizpireto chavalín era, simplemente, un maleducado y ha hecho algo que no todo el mundo haría: ha cogido el papel y lo ha depositado en la papelera.
Yo, al cruzarme con el lanzador de papeles, le he interpelado diciendo:
 -creo que se te ha caído un papel.

Él, sorprendido de que un desconocido se dirigiese él,  parecía no haberse dado cuenta de lo que había hecho. Supongo que el chavalín estará tan acostumbrado a hacerlo y ver cómo otros de su entorno lo hacen, que para él es algo tan normal como respirar, mear o cagar.
Ante su asombro le he dicho:
 -Ah, no se te ha caído, que lo has tirado. Eres un poco marrano, chaval.
Y ahí ha quedado la cosa. Yo he seguido mi ascenso por la cuesta y, al llegar a la altura del simpático caballero que ha corregido la mala acción del travieso chaval, he agradecido su detalle de limpiar la guarrería del otro. Él me ha saludado confirmando con su gesto que no entendía a personas como el joven tira-papeles.
Tras esto yo me he preguntado: ¿de verdad lo que necesitamos es modificar la Constitución para redefinir el modelo de estado? ¿Es tan importante hacer otra reforma laboral, de la educación, de la sanidad y de qué sé yo cuántas otras cosas?

Es posible que lo sea, pero me temo que, mientras los chavales no vean a los mayores comportarse con civismo en cosas tan sencillas y simples como tirar papeles a la papelera, todo lo demás no valdrá para nada y será muy secundario.
Al señor que ha recogido la basura del chavalín y la ha depositado en la papelera lo pondría yo de presidente del gobierno. Él ha sabido que una buena acción vale más que miles de debates estériles entre gente cerril que sólo busca su beneficio particular y el aplauso de sus millares de fans igualmente cerriles,  mientras predica lo contrario de lo que ejemplifica con sus actos.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Se acabó el rodillo

Ya tenemos encima los festejos navideños y, como estoy ocioso, aprovecharé para hacer una redacción y ejercitar el arte literario para no quedarme anquilosado intelectualmente.

En estos días se habla mucho de la fragmentaria situación en la que ha quedado el parlamento español y se hacen cábalas sobre qué pactos son posibles y cuáles son improbables. Yo, en mi grandiosa ignorancia, me pregunto por qué parece tan intolerable que forme gobierno el partido que más escaños ha conseguido y, una vez hecha tal cosa, con el parlamento tutti-frutti que tenemos, que cada grupo  haga sus propuestas y que, con las enmiendas de unos y otros, se consigan los apoyos suficientes para sacarlas adelante. Así todos podrán hacer cosas y no estarán sujetos a la voluntad omnímoda de un partido con mayoría absoluta.

Cuando un grupo tiene mayoría absoluta, la oposición tiende a acomodarse en la inoperancia porque, proponga lo que proponga, lo habitual será que se lo echen atrás, no porque sea malo en sí, sino porque lo ha propuesto quien no ostenta el poder (jamás entenderé semejante criterio de casi todos los partidos). Estando todos los grupos en minoría, no les queda más remedio que trabajar para intentar que sus propuestas salgan adelante y, además, tendrán que poner en práctica eso del diálogo, la tolerancia y la democracia. Palabras que, habitualmente, se desgastan durante las campañas electorales y luego no tienen ninguna aplicación real.

Si se hace un pacto de legislatura sumando parlamentarios hasta conseguir una mayoría absoluta, volvemos a tener el rodillo de siempre. No quiero que nadie venda su voto a cambio de concesiones a su partido o su territorio favorito, quiero que cada cual defienda aquello en lo que cree y que tenga que negociar y ceder para conseguir llegar a acuerdos que complazcan, ahora sí, a una mayoría más amplia y variopinta.

Me da igual quién gobierne, la verdad, pero no me apetece nada que se vuelvan a repetir las elecciones hasta que se consiga una mayoría absoluta. Lo mismo rige para Cataluña. Que invistan a Atur de una vez y luego, una vez formado el gobierno, que todos propongan cosas y vayan negociando y aprobando o rechazando lo que sea menester, pero que dejen de marear la perdiz para salir en la tele a todas horas.

Ningún presidente puede hacer lo que le dé la gana solo por ser presidente. Hasta los decretos ley necesitan ser aprobados en el parlamento, así que ¿qué problema hay en que gobierne quien no nos gusta? El presidente solo es la cabeza visible, pero las decisiones las toma el parlamento (o eso creo), y en este parlamento habrá que trabajar para conseguir sacar cosas adelante. ¿No es eso lo que siempre ha querido tanta gente? Ahora los parlamentarios, además de ir a votar, tendran que proponer, debatir,  negociar, revisar, ceder, etc. Nadie quedará excluido a no ser que se empeñen en hacer pactos para ningunear a algún partido.

Por fin tenemos un parlamento decente ¿y vamos a disolverlo hasta volverlo a convertir en una mierda con rodillo en mano? Me da la impresión de que es lo que se busca.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Ideales molones

Últimamente, con el rollo de la independencia de Cataluña, parece que se ha vuelto molón, "cool", guay y chachipiruli hacerse los comprensivos con esa ocurrencia que unos pocos, como suele pasar siempre, han contagiado a demasiados. No paro de oír a gente que culpa al gobierno central o, más bien, a Rajoy, del aumento de los seguidores de las tesis independentistas. Critican, con la boca pequeña, sacar banderas esteladas y, con la boca mucho más grande, exhibir banderas españolas. Hablan de lo malos que son todos los nacionalismos pero culminan su discurso diciendo que el nacionalismo español es peor. El caso es que yo no he visto a nadie (los hay, pero casi no se les hace caso, gracias a Dios) en los medios de comunicación defendiendo que España tenga que salir de Europa para liberarse del yugo del euro y de las directivas del Eurogrupo. Pero si alguien como los de Junts Pel Si o la CUP defienden cosas similares, son estupendos y se merecen estar en la tele a todas horas. Rajoy es denostado como cabecilla de la extrema derecha, pero Artur Mas parece que fuese el paladín de un ideario progresista de lo más avanzado.

Se vende como estupenda esa idea tan repetida de que todos los pueblos tienen "derecho a decidir". Esa frasecita es una más de las que se ponen de moda y decimos sin ton ni son, sin pensar en qué significa. ¿Qué es eso que tenemos derecho a decidir? ¿Cualquier cosa? Supongo que no querrán eso los que cacarean ese supuesto derecho, porque lo mismo se le ocurre a alguien someter a votación si se quiere expulsar de España (o de las múltiples españas) a los políticos y, con gran probabilidad, como somos fácilmente manipulables y bastante idiotas, saldría que sí.

La masa se moviliza con consignas tontas como la del "derecho a decidir". Tanto es así que se olvidan de que el que los ha movilizado dirige un gobierno, el catalán en este caso, que lleva varios años derrochando dinero en memeces que favorecen a unos pocos y dejando de emplearlo en cosas que son necesarias para muchos. Pero mola mazo salir a la calle rodeados de centenares de miles de conciudadanos a dar apoyo a ese sinvergüenza cuya única tarea de estos años pasados ha sido la de sembrar la discordia entre personas que convivían felizmente. Mola mucho transportar una cabeza de flecha alrededor de montones de personas sonrientes que creen que sus problemas se resolverán levantando una frontera más.

Luego, como el ser humano es así de contradictorio (¿he dicho ya que somos tontos?), tras pedir la creación de esa nueva frontera, reclamamos que se abra, esa y las que ya existen, para acoger a la gente que huye de países en guerra. Esto último me parece bueno, pero no entiendo por qué hay que ayudar a unos, las víctimas de las guerras, y no a otros, la gente de otras provincias españolas con menos renta. Me temo que, por desgracia, también es cosa de modas más que de ideas propias y meditadas.

Otra cosa que es muy molona es hablar de los sentimientos de los pueblos. Yo me pregunto qué leches es eso. ¿Qué es un pueblo? Yo diría que no es nada sin la gente que lo compone y también supongo que cada persona sentirá lo que le dé la gana. Eso de sacar una "media" de los sentimientos de todos para decidir cuál es el "sentimiento del pueblo" me resulta una memez de calibre superlativo.

Me cansa la sacralización de la democracia por parte de la gente que dispone de un púlpito desde el que difundir falsedades y enardecer a la masa para que secunde cualquier idea que se les ocurra proponer, por absurda que sea. No tiene sentido someter todo a votación. No podemos saber de todo ni tenemos la capacidad de discernir la mentira de la verdad a partir de tantas cosas que nos cuentan. Yo voto a mis representantes, a los que creo menos fantasmas y menos "bienqueda",  para que tomen ellos las decisiones. Cuando me parezca que lo hacen mal, dejaré de votarlos, pero no quiero que me den el tostón para solicitar mi opinión sobre cada iniciativa que tengan porque no tengo esa capacidad de decisión. Además, no quiero darles la justificación para que, al cagarla, se refugien en el "lo decidieron los ciudadanos".


Es demasiado fácil unir a la gente cuando se inventa un enemigo contra el que ir, pero es mucho más difícil esgrimir argumentos sensatos que convenzan a la poca gente sensata que hay en el mundo. Somos idiotas y gregarios, sí, lo somos, y nos gusta sentirnos parte de un grupo grande. Preferimos la fuerza a la razón y, desgraciadamente, no siempre los más fuertes tienen la razón (yo tampoco suelo tenerla).

viernes, 15 de mayo de 2015

Mitin electoral


Estamos en plena campaña electoral y, como hay mucha gente diciendo bobadas, me animo a decirlas yo también.
Nos cuentan que estos días previos a las elecciones sirven para que los candidatos nos expliquen sus programas, sus propuestas, sus ideas y qué sé yo cuántas cosas más, pero lo que más se comenta en los medios de comunicación y en las maravillosas redes sociales (o eso me parece), son las cosas negativas que unos dicen de otros. Tanto es así parece que no hagan más que eso.
Oigo decir a muchos políticos que los ciudadanos no son tontos, pero luego dicen que hay que ser idiota para votar a cualquiera que no sea de su partido. Nos dicen que la ciudadanía es inteligente, pero luego nos convocan a mítines en los que se regalan banderitas y gorras, y en los que, se diga lo que se diga, cuando el ponente sube el tono, la gente aplaude. Eso sí, mejor no preguntar a los que aplauden sobre la razón por la que lo hacen, porque posiblemente nadie lo sabría.

En la web se ve a mucha gente activa resaltando lo malos que son algunos y, en algunos casos, insultando sin ton ni son a cualquiera que pudiera haber pensado en votar a un partido que no sea el que ellos han decidido apoyar, pero entre insulto que va e insulto que viene, todos son la mar de demócratas, tolerantes y amantes del diálogo.
También existen personas, políticos y no políticos, que, al hablar, parece que tienen la solución a todos los problemas del mundo (en este caso de España, de su comunidad autónoma o de su pueblo). Todo es muy fácil cuando es otro el que tiene que hacerlo. Estamos cansados de ver a los dos partidos que han ido turnándose en el poder, cómo desde la oposición critican al que lo ostenta por no hacer cosas que ellos tampoco hicieron cuando pudieron.

Muchos ya nos hemos cansado de esos dos partidos y sus tonterías, y ahora, como somos la pera, vamos a votar a otros partidos que "seguro" que van a comportarse decentemente y van a arreglarlo todo.
Otros, que son más tontos (bueno, no, tontos no, que los que somos demócratas de toda la vida tenemos que ser respetuosos con todas y todos las ideas y los ideos), seguirán votando a esos dos partidos plagados de corruptos.

En fin, creo que ya he dicho suficientes memeces, así que sólo me queda pedir el voto (es lo que se hace en las campañas). Yo no lo pediré, pero os diré a quién voy a votar y por qué, así veréis que soy tan tonto como casi todo el mundo.

Voy a votar a UPyD porque me fastidia que, sin haber hecho nada malo (o eso creo), hayan perdido a la mayoría de los votantes (que tampoco eran muchos). La verdad es que no he leído su programa para las autonómicas y para las municipales, y ni siquiera pongo cara a los candidatos, pero me apetece votarles porque me caen bien los seres marginales, y creo que este partido lo es ahora y lo va a ser aún más.
Estoy harto de los partidos famosos, que ahora son cuatro en lugar de dos. Me cansa oír tontunas de todos ellos y me encanta no oír nada de UPyD, así no pueden caerme mal.

Parece que los partidos famosos (los cuatro actuales), dicen lo que creen que les va a dar más votos, pero los que han quedado en UPyD dicen lo que estiman oportuno, aunque les vaya a conducir a la desaparición. Me fío más de quien dice lo que piensa que de quien dice lo que le conviene. Pero como tampoco he oído todo lo que dicen todos, estaré equivocado (de eso sí que estoy seguro).
Ya he terminado mi discurso, pero se me ha olvidado subir el tono para que me aplaudáis, así que os libráis de ello (tampoco os daré gorras ni banderitas ni bocatas).

Y ahora, id a meditar vuestro voto y, si queréis compartir los motivos que os impulsan a votar a quien votéis, hacedlo aquí o en una plaza de toros (lo segundo es bastante más caro).

domingo, 12 de abril de 2015

Redacción para el domingo

Ayer vi en la tele a Willy Toledo (¡quién iba a pensar que Willy sería mi musa!) hablando de lo terrible que es el sistema en el que vivimos y de la falta de democracia que padecemos, para luego decir que había estudios que decían que había ciudadanos de la parte oriental del antiguo "telón de acero" que echaban de menos la vida que tenían antes. Es posible que haya quien eche de menos aquello (para todo hay gustos), pero no entiendo que se hable de falta de democracia en nuestro sistema (tal vez la haya) y, a renglón seguido, se intente defender la bondad de sistemas en los que la democracia, sencillamente, no existía (o no existe, como es el caso de Cuba).

Lo que no puedo negar es que la aparición del señor Toledo, me hizo mantener la atención del debate entre políticos, periodistas, intelectuales  (a ver si alguien me explica lo que es un intelectual) y... Willy Toledo (creo que él va como miembro de eso que se llama "el mundo de la cultura"). Como suele pasar en casi todos estos debates, no se llegó a ninguna conclusión. Cada cual dice lo que quiere y no es capaz de cambiar su posición un ápice ni de responder claramente a lo que se le pregunta. Tanta palabrería me hace pensar en lo fácil que es "resolver" todo hablando y lo complicado que parece ser hacerlo con hechos.

Todos cargamos las tintas contra los políticos y su aparente o real inoperancia, pero si miramos en entornos más cercanos, el laboral, por ejemplo, vemos que la memez que observamos en el mundo político no le es ajena.
No sé lo que ocurrirá en las empresas pequeñitas, de tres o cuatro empleados, pero en las de cierto tamaño, el politiqueo y el exceso de burocracia lo copan todo. Cualquiera que sea un poco observador, se dará cuenta de que por encima de los que hacen algo productivo, se apila  una elevada columna de burócratas que no saben hacer la o con un canuto y cuya misión única parece ser la de pasear con su portátil abierto (no saben que se puede configurar para que, al cerrar la tapa todo siga igual que mientras está abierta) de un lado a otro preguntando a unos por el porcentaje de avance de sus tareas para decírselo a otros que, a su vez, se las cuentan a otros, y así sucesivamente hasta que la información, convenientemente  falseada, llega al líder supremo que no sabe a lo que se dedica la empresa pero tiene montones de informes llenos de gráficos coloristas muy bonitos cuya información es completamente falsa .

Lo que no entiendo es por qué hay tanta gente deseando dejar de hacer cosas útiles y con algo de sentido para dedicarse a trabajar como "correpasillos". Bueno, supongo que una de las razones es que esa absurda labor se paga mejor que la de producir cosas concretas y útiles (no es poco).
También es cierto que los que estamos en la capa mindundi (a pesar de nuestra provecta edad), acabamos un poco cansados de que nos lleven de un lado a otro pretendiendo que, sin que nadie nos dé una mínima formación, nos pongamos a hacer lo que sea con total maestría desde el primer instante en que nos sueltan en el nuevo entorno.

Tal vez deberíamos estar contentos de ver que alguien piensa que somos polivalentes y estamos preparados para todo, pero es algo que también genera cierta tensión porque, inicialmente, eres el más ignorante del grupo y, cuando ya te has puesto a tono con lo que allí se hace, como has sido el último en llegar, eres el primero en salir (como en Gran Hermano, igualito), y vuelta a empezar. Menos mal que, con la edad, uno aprende a tomarse las "directivas" de tanto lidercillo panoli a chufla y a expresar sin temor aquello que se piensa (procurando no dejar de lado la educación, aunque a veces cueste).
La pena es que, cuando uno intenta razonar con ciertos panolis, ellos, para mantener su postura, suelen utilizar la única herramienta que su escasa capacidad de raciocinio les permite, que no es otra que la de replicar esto:

 -Es cierto lo que dices, pero es que esto lo manda Don Perico de los Palotes, y no podemos hacer otra cosa.

A lo que algún listillo como yo, les responde:
-Ya que crees que esto no tiene sentido ¿no puedes tú comentar a Don Perico, del mismo modo que yo te lo he dicho a ti, que sería mejor hacer las cosas de otro modo?

A esta pregunta no suelen responder porque, como es bien sabido, si se quiere "progresar", hay que asentir a todo lo que diga tu superior, aunque te parezca una sandez o esté claramente equivocado. Se prefiere gente dócil que gente con criterio. Se valora más a quien dice que sabe que a quien sabe de verdad. Se cuenta más con el "paripeitor" que con el que procura hacer su trabajo lo mejor que puede sin protagonizar heroicidades de esas que consisten en poner el trabajo por delante de cualquier otra cosa en la vida (incluida la familia).
Y, tras este rollo, me pregunto: ¿a qué venía todo esto?

domingo, 1 de febrero de 2015

Simples verdades y absurdas mentiras


Ayer, como otros muchos días en Madrid, hubo una manifestación. Esta fue convocada, o eso creo, por Podemos, el partido de moda desde hace bastantes meses. Acudió mucha gente, incluso muchísima. Hay un magnífico blog llamado El manifestómetro en el que unas abnegadas personas se dedican a acudir a diversos eventos masivos para identificar los límites de la zona que se llena de gente y luego, con ayuda de Google Maps, hacer una medición del área de la zona "habitable" y calcular la cantidad de gente que cabe en ella a razón de una, dos, tres o cuatro por metro cuadrado. De este modo se obtiene un mínimo (una persona por metro cuadrado) y un máximo (cuatro por metro cuadrado) de asistentes en un momento dado. La cantidad real estará entre medias del mínimo y el máximo, pero nunca será menor de lo primero ni mayor de lo segundo, salvo que haya habido un gran flujo de gente llegando y marchándose, renovándose el grupo cada poco tiempo.
Es una medición sencilla pero bastante adecuada para dar una idea correcta del nivel de asistencia a este tipo de actos. Es algo tan fácil de hacer que uno se pregunta cómo es posible que las autoridades y los organizadores no sean capaces de llevarlo a cabo. Es más, ya que parecen incapaces de dar una cifra sensata, no entiendo por qué no se remiten a estos voluntariosos operarios de El manifestómetro para dar los datos que ellos, de modo totalmente gratuito, publican en su web.
¿Cómo es posible que en los noticieros se digan cosas como: "los datos de asistencia varían entre 50.000 y 200.000 asistentes según la fuente consultada"?
¿Pero qué mierda de fuentes son esas? o ambos mienten como bellacos, o hay uno que lo hace con descaro. Pero la realidad es que ahora el que crea a cualquiera de las fuentes cuyos datos se desvíen en exceso de los que nos da la gente de blogs como el que he mencionado antes, lo hará porque quiera engañarse a sí mismo.
Podría ser que ese blog también mienta, pero viendo los datos de decenas de manifestaciones de todo signo y tendencia que han publicado, dudo que tengan interés alguno en manipularlos. Lo que sí veo es que las autoridades y los organizadores siempre suelen pasarse al alza en sus estimaciones. Sí, incluso los que parecen interesados en hacer ver que fue poca gente, dan datos más abultados que los reales.
A poco que se piense y se hagan unos cálculos, se puede comprender que concentraciones de más de 200.000 personas son prácticamente imposibles de conseguir, por espacio en las zonas ocupadas y por capacidad en los transportes públicos. Pero a la gente le mola pensar que es posible y, no solo eso, que es absolutamente cierto.
Ayer, un comentarista de la entrada de la marcha del cambio, que, además, había estado en la manifestación, decía con total soltura que el que había hecho los cálculos indicando que el máximo por metro cuadrado era de cuatro personas, no sabía lo que decía, que él estuvo en Sol y allí había no menos de ocho personas por metro cuadrado. ¿Sabrá ese caballero lo que es un metro cuadrado? ¿o será una de esas personas que confunden la verdad con lo que ellos quieren que ocurra?
¿Acaso son pocas 113.000 personas? A mí me parece impresionante que se pueda reunir a tanta gente en el centro de Madrid. ¿Por qué hay quien necesita exagerar los datos reales de un modo tan absurdo?
Si alguien me miente en lo que es fácilmente comprobable ¿cómo pretende que le crea en cosas más discutibles?
¿Por qué nos empeñamos en llamar mentirosos a los demás (sobre todo políticos de tendencias ajenas a la nuestra, si nosotros mismos nos engañamos con chorradas de este estilo?
¿Cómo no nos van a engañar otros si somos los primeros en engañarnos a nosotros mismos?
Digan lo que digan (como canta Raphael), la manifa de ayer tuvo un éxito incontestable, me guste o no me guste lo que pregonen sus convocantes. Y no hacen falta millones de personas en la calle para verlo así. La verdad, aunque no sea tan impresionante, es más eficaz que la mentira desbocada y estúpida.
P.D.- No me gustan las manifestaciones porque, en la masa, se pierde un poco lar cordura y nos limitamos a repetir letanías más o menos tontas, pero no me parece mal que, quien así lo desee, lo haga. En cualquier caso, no entiendo que en una manifestación como la de ayer, que se supone que está llena de gente que quiere lo mejor para los españoles, hubiese más banderas griegas que españolas, y lo dice alguien que desprecia cualquier tipo de nacionalismo y que piensa que la nacionalidad de cada uno no es otra cosa que una lotería que nos ha tocado (unas veces buena y otras veces mala).

sábado, 29 de noviembre de 2014

Buena gente


Acabo de darme un magnífico homenaje gastronómico con un menú "Whopper" en Burger King y, al terminar, con las energías recobradas, he acudido a Ahorramás con mi bolsita de rafia (este detalle os lo cuento para que sepáis lo comprometido que estoy con la naturaleza) para comprar viandas con las que deleitar mi selecto paladar durante los días venideros.
En la puerta había un grupo de personas del banco de alimentos de Madrid. Uno estaba en la puerta y, tras saludar a todo el que entraba, le indicaba la posibilidad de ayudar comprando productos no perecederos para entregarlos a la salida a otras dos personas que estaban organizándolos en cajas.

Esto me ha hecho pensar en lo eficaces y útiles que son algunas personas que, para más mérito suyo, no cobran un duro por su trabajo, y lo gravosos, inútiles o, peor aún, contraproducentes, que son otros que, además, cobran sueldos bastante suculentos. Podría pensarse que en este último grupo sólo meto a algunos políticos (no todos son malvados e inútiles), pero no, también incluyo a montones de personas de grandes empresas y de algunas pequeñas.

Pero no quiero hablar de las tontunas que hacen unos sino de las buenas cosas que hacen otros. A hablar de los sinvergüenzas, para hundirlos o hacerles la pelota, ya dedicamos demasiado tiempo.
Hay por ahí gente magnífica que dedica su tiempo libre que, en ocasiones, es todo su tiempo, a intentar hacer la existencia de otros un poquito menos ingrata, y eso merece un aplauso y nuestro reconocimiento.

Casi todas esas personas permanecerán toda su vida en el anonimato y sin que algún rey campechano, algún periodista o algún renombrado artista o deportista se fotografíen con él. Creo que pequeño Nicolás tampoco se hará "selfies" con la gente de esos entornos. Pero supongo que eso importa poco a esas personas, porque lo que hacen, unos lo harán por convicciones religiosas, otros por el gusto de sentir que hacen algo verdaderamente útil y otros... ¡Qué sé yo! El caso es que lo hacen y es bueno, así que ¡qué más da su motivación para ello!
Si contásemos a todos los abuelos que cuidan a sus nietos; a todos los padres dispuestos a acoger a sus hijos de nuevo en casa si las cosas les van mal;  a todos los hijos y nietos que cuidan a sus mayores enfermos; a todos esos grupos de personas que visitan a enfermos solitarios o a chavalines que pasan en los hospitales demasiado tiempo;  a los médicos y enfermeros (estas palabras incluyen también a las mujeres, no me llaméis machista) que van durante sus vacaciones a países que los necesitan; a personas que acuden a ayudar allá donde haya una catástrofe; a la gente que, en el trabajo, ayuda a integrar a los que llegan nuevos a la oficina; a los que siempre tienen una palabra de ánimo o una tontuna en la boca para animar a quien está decaído; a los que saludan sonrientes aunque lo estén pasando mal y a los de devuelven el saludo aunque no conozcan al que, con tanta simpatía los saluda; a los que enseñan al que no sabe; a los que pasan papel higiénico por debajo de la puerta al que se ha quedado sin él; a los que avisan al que tiene la bragueta bajada; a los que son capaces de decir a su jefe de que su propuesta es absurda; a los jefes  capaces de corregir a los empleados indicándoles cómo hacer bien las cosas; a los que mean dentro de la taza y usan la escobilla o secan las gotas que caen fuera; a los que usan los intermitentes cuando conducen su coche y, además, saben cómo actuar en las rotondas; al chavo del ocho... Si contásemos a todos los mencionados, decía, serían tantos que todos los del caso Gürtel, los del caso Malaya, los de los eres, los del caso Bárcenas, los de la trama Púnica y tantos y tantos otros, serían cuatro gatos al lado de la masa de gente decente.

Pero eso sí, que nadie se duerma en los laureles, que todos somos capaces de hacer un favor con una mano y usar la otra para llevarnos lo que no es nuestro. Ni unos son unos demonios integrales ni otros unos santos canonizables en vida.
¡Vaya mierda de conclusión a la que he llegado! ¡Con lo navideño y bonito que me estaba quedando el texto!

sábado, 18 de octubre de 2014

Lo que interesa a la ciudadanía


Es sábado. El sol brilla y hace una grata temperatura. Si no fuese porque Estoy un poco acatarrado y no quiero agravar mi estado, me habría ido a trotar para broncear mi calva y quemar unas cuantas calorías de esas que ingiero a diario. El caso es que, en este estado en el que me encuentro, hacer de escribiente no puede hacerme ningún mal, así que me he puesto a ello y, mientras espero a que me llegue alguna idea sobre la que soltar un rollo, voy haciendo esta introducción.
Parece bastante claro que, cuanto más se habla de algo en los medios, más hablamos nosotros (la gente) de ello. Y, cuando el tema de moda (podría llamarlo "trending topic", pero no me da la gana) cambia, el foco de nuestra preocupación varía igualmente.
No sé si recordáis que, hace un par de meses, la preocupación mundial era todo lo relativo a las decapitaciones de esos salvajes del Estado Islámico. De vez en cuando se repatriaba a algún occidental aquejado de ébola a su país y el foco cambiaba momentáneamente.
Luego el enfermo moría y todo se calmaba hasta que llegaba alguna noticia sobre Pujol. Entonces pensábamos, una vez más, que todos los políticos, de antes y de ahora, son unos sinvergüenzas.

Pasaban unos días y el señor Mas nos contaba sus nuevos planes acerca de la "consulta". Se nos olvidaba lo de Pujol y unos pensábamos que los nacionalistas catalanes son muy pesados mientras otros decían que es muy democrático dejar votar a la gente (al grupo que uno quiera, no a todos) para preguntar cualquier cosa.
Después aparece alguien que estuvo atendiendo a un enfermo de ébola y se infectó. Se nos olvidan las bobadas de Mas, nos asustamos mucho y nos cuentan que lo que hace unas semanas nos dijeron que estaba perfectamente organizado y "protocolizado", resulta que era una chapuza. Nos asustamos aún más y pedimos dimisiones en nuestras reuniones de café diario. Algunos más comprometidos salen a la calle a insultar a la ministra de sanidad y a cualquiera que tenga pinta de ser su amigo.

A los que nos pareció bien repatriar a los españoles enfermos de ébola en su momento, ahora nos parece que fue una decisión inaceptable. Pedimos que no se sacrifique al perro de la enferma porque es una crueldad, pero, eso sí, nos olvidamos de que ese perro está en una vivienda con vecinos que, tal vez, no quieran arriesgarse a tener allí un posible foco de ébola.
Otros piden que se estudie al perro, así no estará suponiendo un peligro para los vecinos y se podrán sacar conclusiones interesantes sobre la enfermedad. Pero los que piden eso no se dan cuenta (o sí) de que el estudio lo tienen que hacer personas que correrán un riesgo y que, para hacer un estudio, antes hay que saber qué estudiar y cómo hacerlo.

Criticamos mucho a los políticos porque toman decisiones apresuradas y sin preparar nada, pero nosotros somos igual de idiotas (aunque nuestra responsabilidad es menor, eso sí) y pensamos que, efectivamente, se pueden poner en marcha cosas complejas  de un instante a otro.
Gracias a Dios, la auxiliar enferma está mejorando, así que lo que interesa hoy es la asamblea constituyente de Podemos.

¿Qué será lo que importe a la ciudadanía mañana? Entre los políticos y los periodistas, nos lo harán saber. Tened paciencia.
P.D.- No he hablado de Gran Hermano porque sé que no os interesa ese gran "estudio sociológico" a casi ninguno, pero, por si hay algún bicho raro leyendo, diré que Lucía fue expulsada y que todo puede pasar entre Paula y Omar. No me digáis que no es emocionante.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Se acaba el verano, pero no las tontunas

 

El verano va terminando y es hora de escribir algo para desentumecer mis dedos tecleando un rato. Yo no he hecho nada reseñable ni de interés, pero nos han contado que en el mundo han pasado cosas que, según parece, son importantes.
Hace unos días murió Emilio Botín, pero su sucesión se tramitó en un ratillo, así que ese tema podemos dejarlo estar porque no ha generado problemas. Eso sí, parece que lo del sistema dinástico no es algo privativo de las monarquías. De hecho ocurre en muchas partes. La frutería de abajo la regenta ahora el bisnieto del que la fundó. El bisabuelo se la legó a su hijo, éste al suyo y, finalmente, llegó al actual propietario.
¿Os lo habéis creído? Pues es mentira porque Valdebernardo no lleva tantos años existiendo, pero como lo he afirmado con rotundidad, la mayoría de vosotros no sabe nada de este bonito barrio y, además, yo os parezco digno de confianza (salvo a algún lector que, con bastante razón, me llamó parásito), os he engañado con gran facilidad.
Hablando de mentiras, de modo misteriosome ha venido a la cabeza la celebración de la Diada Catalana. ¿Qué tendrá que ver eso con las mentiras? -diréis algunos- pues yo diría que mucho, porque en cuestiones históricas es extremadamente fácil falsear las cosas. Hay documentación que avala unas cosas y documentos que demuestran las contrarias, y cada cual se aferra a aquello que le da la razón.
¡Nuevamente os he engañado! No tengo ni idea de historia y, mucho menos, de si existen documentos que dicen una cosa y documentos que cuentan la contraria, pero lo mejor es que en casi cualquier movimiento masivo basado en legitimidades históricas, la mayoría de los seguidores no tienen ni idea de cuál es la verdad sobre lo que se defiende. Se limitan a ser fans de sus carismáticos líderes y les parece bien cualquier cosa que digan, por muy absurda que sea. Da igual que hoy digan blanco y mañana negro, el apoyo se lo darán igual (o se lo daremos, que yo tampoco me escapo de esta actitud tan tontorrona).
Yo, como todos sabéis, soy fan de Belén Esteban, así que, cualquier cosa que ella diga, la defenderé hasta las últimas consecuencias. Lo mismo pasa con los fans de los líderes independentistas o de muchos otros. Les han contado que ahora está todo fatal por culpa del latrocinio del malvado estado español (no lo pongo en mayúscula para no ofender) y se lo han creído. Hay que reconocer que algo de latrocinio (tal vez demasiado) sí que ha habido, y sigue habiendo, por parte de ese estado maligno y opresor, pero me temo que tampoco se han quedado mancos en el "estadito" que algunos quieren crear como medio de llevar la felicidad a sus habitantes.
Hablan a todas horas de eso que se llama "identidad catalana", pero lo cierto es que, en caso de celebrarse la dichosa consulta, votarían los empadronados en Cataluña que, hasta donde yo sé, no tienen por qué ser catalanes. Pero muchos catalanes que no residen allí no podrán decir ni mu.  No sé si buscar un "piso patera" y empadronarme allí junto con doscientas personas más de fuera de Cataluña para poder votar en la famosa consulta. Lo malo es que creo que la mayoría de los que hiciesen eso, votarían sí a la independencia para que dejen de dar el tostón, cosa que no me gustaría porque haríamos un flaco favor a los muchos catalanes que quieren vivir tranquilos y con sus dirigentes dedicados a resolver problemas de verdad en lugar de a crear otros que no tienen sentido.
He llegado a ver algún debate, más bien intercambios orales de tontunas, en los que una gallega afincada en Barcelona defendía la independencia de Cataluña y un catalán de pura cepa reclamaba seguir siendo español. También vi uno de estos días alguna foto de una mujer ataviada con el sayal musulmán llevando de la mano a un niño con la bandera independentista. A la vista de esta pluralidad social me gustaría saber en qué consiste la identidad catalana.
No defenderé yo uniformidades culturales. Me encanta debatir con gente que piensa y hace cosas diferentes a mí. Incluso yo mismo, a veces, pienso cosas diferentes según pasan los días.
Me parece una tontería (perdón si alguien se ofende) buscar elementos de discordia para crear fronteras donde no las hay, pero me parece aún más tonto querer poner una frontera en España y seguir integrados en Europa. En fin, una contradicción de esas que confirman que los independentistas son tan humanos y tontos como lo somos el resto de los mortales.
Comprendo que un grupo de personas quiera dejar de pertenecer a un estado como ese que, desgraciadamente, se ha hecho famoso este verano: el estado islámico de Siria e Irak (aquí paso de poner mayúsculas por razones obvias), pero no veo la utilidad de dejar de estar unidos a España o, en el caso de Escocia, al Reino Unido. Bueno, tal vez sí haya alguien a quien le sea de utilidad: a los fabricantes de artículos comerciales de esas tontadas. He visto camisetas, zapatillas, relojes, calzoncillos, pantalones, etc., decorados con la bandera independentista catalana.
Lo que más me sorprende es que la gente compre esas cosas. Supongo que lo están pasando francamente mal por tener que arrastrar el yugo español sobre sus cervices, así que es admirable que, lo poco que no les roba España, lo usen para comprar esos artículos que, a falta de otra cosa más profunda, sean una muestra externa de su identidad, por eso visten con orgullo una camiseta y unos calzoncillos abanderados (no "Abanderado", que esos los llevo yo).
Si el problema es que se gestiona mal la riqueza de España, habrá que hacer algo (no sé qué) para gestionarla bien y sin saqueos, pero no veo que las secesiones solucionen nada. ¿Hasta qué nivel sería legítimo el "derecho a decidir"? ¿Hasta la comunidad de vecinos? ¿Hasta que cada persona fuese independiente de las demás? ¡Hay demasiadas cosas que no aclaran estos grandes intelectuales!
Se nos llena la boca de palabras bellas como solidaridad, redistribución de riqueza, progreso... Pero al final, somos todos una panda de egoístas que sólo miramos nuestro ombligo (el mío tiene pelotillas de algodón).

 

 

miércoles, 20 de agosto de 2014

Ocio pagado

Saludos a todos, queridos lectores:

Aquí me tenéis, escribiendo desde mi puesto de “trabajo” para entretener el ocio que me acucia desde principios del mes de julio. Menos mal que disfruté de mis vacaciones durante cuatro semanas que, de haber estado por aquí, hubiesen servido para acumular más ocio aún a mi currículum.

Sé que habrá mucha gente que no entienda que a uno le paguen por no hacer nada, pero también habrá otros que se alegren de saber que ellos no son los únicos que viven tan absurda situación. Sí, ya sé que es tonto alegrarse de cosas así, pero reconoced que uno se siente bien cuando sabe que no es el único que sufre.

Es probable que ahora haya quien se pregunte qué hay de malo en que a uno le paguen por no hacer nada, o cómo puede ser eso un sufrimiento.  La verdad es que, así, a bote pronto, reconozco que es mejor lo mío que no recibir sueldo alguno por estar ocioso.

Está claro que, para el que paga, sí debería ser algo malo porque gasta sin recibir nada a cambio, pero en estas grandes empresas, todo se diluye y, a pesar de que se generan todo tipo de informes para intentar saber qué hace cada cual y cómo de bien se cumplen las planificaciones de los distintos proyectos, la realidad es que, en general, hay bastante desbarajuste. Unos trabajan demasiado, otros no hacen (hacemos) nada y, para finalizar, también podemos hacer mención especial a aquellos que, sin hacer nada, no dejan de resoplar en su sitio para que los demás crean que no paran y que están liadísimos. Estos últimos forman parte de la gran masa de ases del paripé que pueblan las empresas (el de la foto que ilustra este artículo tiene un máster en paripé en el que Llongueras colaboró), pero este es otro tema que nos aleja del actual.

Podría pensarse que, si hay algún grupo que anda con ahogos y otro que está lleno de ociosos, podrían pasar éstos últimos a formar parte del primer grupo para darles un respiro, pero el caso es que cada proyecto es un mundo y, aunque todos somos capaces de hacer cualquier cosa, no lo somos de un día para otro. Además de eso, la burocracia requerida para hacer algo así, puede que sea más compleja que seguir con esta tonta situación.

Este tiempo de ocio podría dedicarlo a aprender nuevas cosas (a ratos me entretengo con ello), a leer novelas (es lo que me ocupa últimamente), a chatear con otros ociosos (una de mis actividades favoritas), a dormitar frente a mi pantalla (esto lo hago de modo involuntario y causa gran hilaridad a alguna compañera que me ha inmortalizado en varias fotos con los párpados cerrados y la baba cayendo por la comisura de los labios), etc.

Son, en fin, actividades que popularmente se conocen como “tocarse los huevos” o, en su versión más culta, “masajearse el escroto”. El caso es que tantas semanas haciendo eso me tienen con el saco escrotal en carne viva. ¿Alguien conoce alguna pomada para calmar mis dolores?

domingo, 15 de junio de 2014

Soluciones en 140 caracteres


No sé si antes del advenimiento de las redes sociales y de la posibilidad que ahora tenemos para opinar sobre cualquier cosa, éramos tan "listos" como somos ahora. En Twitter, además de decir tonterías, que es una cosa muy sana que a mí me encanta, hay gente a la que le gusta dar recetas para resolver los problemas del mundo en ciento cuarenta caracteres o, mejor aún, insultar con acritud a cualquiera cuyas ideas se crean inaceptables para el insultador que, por supuesto, es un ser tolerante, demócrata y dialogante.
En cuanto alguien difunde algo negativo de quien nos cae mal, lo publicamos en nuestro muro, "timeline" o comoquiera que se llame el artefacto de la aplicación correspondiente. Si es algo positivo para quien nos cae bien, también lo hacemos. Esto último, sea verdad o mentira, por lo menos no hace mal a nadie (o sí, dependerá del caso).
Muchas veces, con nuestra mejor intención, damos pábulo a cosas que son absolutamente falsas o cuya veracidad no hemos intentado comprobar de ningún modo. Es tan difícil confirmar la veracidad de las cosas que, particularmente, yo me niego a publicar nada que constituya una acusación directa a personas concretas, conocidas o no. ¿Cómo podemos saber que esa foto que nos llega de alguien a quien dicen que se busca por asesino, violador, corrupto, ladrón, etc. no es de una persona normal a la que alguien quiere jugar una mala pasada? ¿Cómo podemos estar seguros de que esa información que habla de la peligrosidad o bondad de cierto producto no es una campaña publicitaria cutre, a favor o en contra de ese producto?

Siguiendo con el tema de la banalización de la opinión, hay mucha gente que está segura de que España recuperaría el bienestar total simplemente con sustituir la monarquía por una república. Particularmente la monarquía me parece una sandez, pero dudo que por poner a un jefe de estado democráticamente elegido de entre los tres o cuatro que dispongan como elegibles, las cosas vayan a cambiar mucho.
Otros piensan que sería magnífico acabar con el modelo democrático actual, en el que sólo votamos para elegir representantes, para sustituirla por la democracia directa, en la que todos (y todas, claro) decidiríamos sobre todo (¿hay que decir aquí también "y toda"?). Lo que nadie dice es quién decidiría qué cosas habría que preguntarnos y qué cosas no. Tal vez tendrían que ser esos representantes que elegiríamos del modo habitual o, como dicen algunos: los más preparados (no sé cómo se identifica a los mejor preparados porque conozco a gente con título bastante necia y a intitulados la mar de avispados).

¿De verdad pensamos que se puede someter todo a referéndum? ¿Con qué criterio podríamos opinar sobre tantas y tantas cosas que hay que decidir en un gobierno?
No digo que los que gobiernan lo hagan bien, pero si todo lo decidiésemos entre todos, me temo que nunca se decidiría nada o, los más listos y poderosos, haciendo uso de los medios de comunicación, convencerían a la mayoría para apoyar lo que ellos decidiesen. ¿Habríamos ganado algo, o seguiríamos igual pero gastando mucho más dinero en tanta consulta?

Muchas cosas están mal y que hay que resolverlas, lo mismo que ha ocurrido en otras épocas. Hay mucha gentuza en muchas partes, pero no todo el mundo es gentuza todo el rato y todos lo somos de vez en cuando. Las cosas son más complejas de lo que parecen y las soluciones de ciento cuarenta caracteres no suelen ser muy eficaces, sobre todo cuando casi todos esos caracteres sirven para insultar. Opinemos, debatamos, y discrepemos, pero con cabeza y sin dar por hecho que los que piensan diferente son una panda de cernícalos (a veces lo serán, pero no siempre) o que todo es muy sencillo de resolver.

sábado, 24 de mayo de 2014

Hablemos de fútbol


En este sábado 24 de mayo, en el que tantos españoles están viendo un partido de fútbol apasionante, yo he decidido ponerme a escribir algo.
De fondo oigo el ruido de la lavadora en lugar de los comentarios de los locutores de radio y televisión narrando las jugadas de los ídolos de tantas y tantas personas. Nunca he sido amante del fútbol y, en general, de ningún deporte como espectáculo. Sí que me gusta practicar algunos, pero no me parece entretenido verlos en la tele o en directo. Reconozco que algunos deportes sí son espectaculares, por ejemplo, el descenso en bicicleta por rampas imposibles, me parece absolutamente impresionante, eso sí, también creo que es una locura hacer lo que hacen. Los vídeos de los hombres pájaro, esos que se lanzan con un traje pintoresco con una especie de alas entre los brazos y el tronco, también me resultan muy entretenidos, pero, nuevamente, pienso que el riesgo es excesivo.

No dudo que el fútbol tiene su arte, su dificultad y, en ocasiones, su belleza, pero nunca he sentido la más mínima atracción por todo lo que lo rodea. Supongo que esta falta de afición es heredada de mis padres. Ni a ellos ni a mis familiares más cercanos los vi jamás enfervorizados con el tema futbolero, y yo diría que la pasión por cosas tan aparentemente tontas como esta, es más fácil heredarla que adquirirla por cuenta propia.
Acaba de marcar un gol el "Atleti". Con esto me doy cuenta de que os he engañado un poco. Dije que no estaba escuchando la radio ni la tele, pero lo cierto es que tengo el "transistor" a mi lado y, de vez en cuando lo enciendo para ver cómo va la cosa. ¿Será que me estoy aficionando al deporte rey?

La verdad es que, con toda la atención mediática que se le da al tema, no parece raro que cada vez haya más futboleros. Soy de los que piensa que con una intensa campaña publicitaria se puede convencer a la gente de consumir o hacer casi cualquier cosa, por absurda que parezca, y el fútbol lo tenemos metido hasta en la sopa, con lo que no es raro que incluso alguien tan lejano a esa afición, pueda acabar enganchado.
Llevamos unos días en los que no dejan de hablar del "trascendental" partido de hoy y yo me pregunto ¿dónde está esa trascendencia? ¿En qué cambiarán nuestras vidas tras este encuentro?

Habrá personas que, cuando su equipo haya ganado, serán felices durante unas horas, a lo sumo hasta mañana cuando, al llegar a Madrid su maravilloso equipo, se integren en la masa de contentos simpatizantes para corear vítores y compartir la alegría con la muchedumbre. A algunos les durará el gozo un poco más, hasta que el lunes, al encontrarse con sus compañeros de trabajo, amigos, familiares, vecinos y cualquier otro conocido cuya adscripción futbolera, contraria a ellos, conozcan.  Les mirarán con una sonrisa maliciosa y les dirán algo así como: "vaya paliza os dimos ayer". Parece una tontuna, pero yo creo que algo tan simple como eso puede hacer que la grisácea jornada de mucha gente se transforme en un día magnífico, así que, si algo tan simple es tan importante para tanta gente, será que no es malo.
Sé que hay unos cuantos, quizá no pocos, que, en lugar de usar estas cosas como medio para alegrarse un par de días, las toman como justificación para cometer tropelías indecentes contra otras personas, pero supongo que el problema no será del fútbol sino de esas personas que siempre encuentran una excusa absurda para comportarse como animales.

Estoy anonadado. Comencé a escribir pensando en hacer una crítica al fútbol como espectáculo absurdo y, al final, he acabado diciendo que es una buena cosa. No me entiendo ni yo mismo, así que creo que ya estoy preparado para fundar un partido político.

Sigue ganando el "Atleti" y me agrada ese resultado. Creo que algo está cambiando en mí.

sábado, 12 de abril de 2014

¿Cómo dar sustancia a lo insustancial?


Muchas veces, mientras voy en el coche oyendo la radio,  o corriendo con la música puesta, cuando charlo con algún compañero de trabajo, o cuando estoy en alguna absurda reunión laboral, se me ocurren cosas sobre las que sería interesante escribir. Pero cuando llego a casa, me pongo a hacer el tonto o a ver el resumen de "Supervivientes", y se me pasa el tiempo sin dar rienda suelta a mi capacidad literaria.
Tengo que reconocer que las reuniones con jefes son las situaciones más fecundas para generar ideas de debate sobre la estupidez humana disfrazada de solemnidad. Recuerdo que cierto político llamó a otro "bobo solemne", creo que no le faltaba razón, aunque no es menos cierto que, actualmente, aquel calificativo se le podría asignar al que lo inventó. Además, pienso que ese apelativo tan simpático sería aplicable a montones de nosotros cuando estamos representando nuestro papel, más bien "papelón", en nuestros pintorescos puestos de trabajo.
No sé cuántas veces habré visto a gente afirmando con rotundidad aquello de desconoce (regla número uno del decálogo del paripé), o comprometiéndose a que otros hagan algo que ellos saben que es imposible, o planificando unas tareas que ignoran en qué consisten, para ser realizadas por personas que no conocen y cuyos conocimientos desconocen (esto lo viví hace un par de días). ¿Cabe mayor cúmulo de despropósitos? La respuesta es sí, absolutamente sí.
Nunca acabaré de sorprenderme de la cantidad de memeces por segundo que pueden acontecer en el mundo laboral, sobre todo en la nebulosa de los "gestores". Pongo entre comillas la palabra porque dudo mucho que muchos de quienes se catalogan como tales, sepan en qué consiste esa actividad.
Mi empresa es una de tantas en las que las labores burocráticas, a pesar de su falta de eficacia y, en muchas ocasiones, su total inutilidad, están mejor vistas que las técnicas (no en vano se paga más a los burócratas que a los técnicos). Últimamente se ha puesto en marcha un concurso en el que se insta a los empleados a que pidan a sus hijos que hagan dibujos relativos al trabajo de sus padres. Ante semejante reto yo me pregunto cómo podrán explicar muchos de mis colegas a sus hijos en qué consiste su labor profesional.

Me voy a atrever a enumerar algunas de las cosas que veo que hacen los "gestores" para explicarme mejor:
-Pasear de una sala de reunión a otra con el portátil bajo el brazo y con cara de ir a resolver algo trascendental.
-Hablar por teléfono con "obreros" rebeldes que se empeñan en no cumplir los plazos que ellos han puesto al tuntún o que sus respectivos jefes (la pila de gestores que soportan los técnicos suele tender al infinito) le han pedido que exija a "su equipo".

-Contar a sus colegas lo tarde que se fueron a casa el día anterior o todo lo que trabajaron en su hogar reenviando correos del cliente a sus pupilos e ignorando los correos de respuesta de sus pupilos pidiendo aclaraciones sobre las peticiones extremadamente abstractas o contradictorias que les han pasado.
-Evaluar la labor de sus subordinados a pesar de que, en ocasiones, no saben ni cómo se llaman. Cuando sí saben ese dato, suelen desconocer qué hacen. Cuando el gestor es bueno y sabe esas dos cosas, es raro que sepa cómo hacen sus tareas. No se puede pedir tanto, lo sé.
-Ir a las empresas de los clientes para mantener reuniones en las que nadie entiende lo que dicen los demás pero todos asienten con cara de intelectuales y utilizan expresiones como "poner en valor", "hoja de ruta", "inteligencia apreciativa", "fechas agresivas" y muchas otras dichas en inglés con acento de "Madriz".
A la vista de estos cometidos, me parece que a los niños que tengan que plasmar en un dibujo tan abstractas, difusas y necias actividades, les espera una compleja labor. Menos mal que los chavales son muy imaginativos y algo se les ocurrirá. Estoy deseando ver esas obras de arte. Nada me emocionaría más que ver cómo alguien es capaz de dar sustancia a tanta insustancialidad. Si no, siempre se puede dibujar algo del estilo de la imagen que ilustra esta parrafada que, sin simbolizar nada, también puede simbolizarlo todo.

domingo, 12 de enero de 2014

Divagaciones a partir de una película


Acabo de regresar de ver en el cine "La vida secreta de Walter Mitty" y, como me ha gustado, os lo cuento. Empezaré diciendo, para que quede constancia de mi carácter de intelectual, que la he visto en versión original subtitulada y que, además, no he pagado un duro porque mi amiga Cristina me ha invitado.
Es una película de trama sencilla, con algunas escenas muy vistosas y un bello mensaje o, por lo menos, eso me ha parecido a mí, porque ya sabemos que el arte lo entiende cada cuál como puede o como le da la gana, que para eso vivimos en un estado de derecho (esto no viene a cuento pero me gusta decirlo para que no olvidéis que soy un intelectual).
Sin ánimo de hacer "spoilers" diré que el señor Mitty aparece como un empleado normalito de la revista Life, de esos que casi nadie sabe que están allí y cuya vida es bastante simple, tanto que en su perfil de una red de contactos, no sabe qué poner para parecer una persona interesante. ¿Cabe mayor tragedia? Con lo bonito que es decir que has viajado a lo ancho y largo de este mundo (como el Capitán Tan, de grata memoria para los cuarentones y cincuentones), que has esquiado a toda velocidad por Chamonix al lado de algún personaje de la realeza, que has estrechado la mano de Sylvester Stallone (es mi ídolo), cantado en un karaoke con el Fary o recibido un beso y un libro dedicado por Belén Esteban.
A veces nos empeñamos en querer ser como otros que alguien ha decidido que son gente de éxito y no nos damos cuenta de que, para que esos brillen tanto como lo hacen, hay montones de personas alumbrándoles con sus focos o elevándolos sobre sus hombros. Personas de las que nadie sabe nada (salvo sus allegados, claro). ¿Alguien sabe quién limpia la casa de Miguel Bosé (dudo que sea él) para que sus niños crezcan felices y saludables? ¿Se habla del preparador físico que consigue que Cristiano Ronaldo tenga ese torso que tantas damas ansían abrazar? ¿Sabemos quién saca brillo a la corona de Don Juan Carlos para que luzca con elegancia en su regia cabeza? ¿Quién será el que hace las fotos a Miley Cyrus para conseguir que parezca tan chabacana y darle la fama que ahora tiene?
Seguro que todos, o casi todos (que no es bueno generalizar), contribuimos con nuestro trabajo, por cutre que parezca, a que alguien particular, o un grupo, tenga éxito (merecida o inmerecidamente), pero no deberíamos sentirnos mal por no ser nosotros los que ocupamos en centro de atención. Vale más el abrazo de un amigo que el de un fan, la charla sincera y distendida con un familiar que el debate en algún foro de renombre internacional, tirarse un cuesco en casa con los tuyos que en una cena con Su Majestad.
No sé lo que pensaréis vosotros pero, aunque agradezco los aplausos cada vez que canto en un karaoke, prefiero conocer a los que me conocen que ser conocido por todo el mundo. En cuanto al éxito en la vida, cada uno sabrá en qué consiste para él, pero a mí me parece que es tontería medirlo por el número de amigos en Facebook, los consejos de administración a los que pertenecemos, las vueltas al mundo que hemos dado, los kilómetros que hemos corrido o los millones que hemos amasado. Yo creo que los mejores logros son aquellos que nos pasan desapercibidos porque ocurren sin pensarlo y son aquellos que tienen que ver con hacer sentirse bien a otros.
Queda pretencioso decir que uno ha hecho sentirse bien a alguien, pero queda muy bien cuando es al revés, cuando se lo dices al que te ha hecho sentir bien, así que hoy le diré a mi amiga Cristina que he pasado una grata tarde gracias a su compañía y a la de Walter Mitty.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Jobs

Hoy me apetece escribir algo, pero no se me ocurre sobre qué.  Comenzaré contando que ayer vi la película "Jobs", esa que trata sobre parte de la vida profesional de Steve Jobs, el fundador de Apple. Me pareció una película entretenida en la que se pinta a Jobs como un tipo con unas ansias exageradas de hacer algo grande, no sé si con el  ánimo de facilitar la vida a la gente o con el de conseguir hacer algo grande por lo que ser recordado eternamente. Tal vez eran las dos cosas las que rondaban su cabeza.

En cualquier caso me quedó la sensación de que Jobs era una especie de ideólogo que técnicamente no aportaba nada. No sé si la realidad tendría algo que ver con lo que yo saqué en claro de la película, pero el Jobs que yo vi en la pantalla no me gustó. Era una persona simpática si sintonizabas con él, y tremendamente desagradable si pensaba que no lo hacías. Lo malo es que para sintonizar con él había que tener ganas de cambiar el mundo a toda costa y a cualquier precio. Parecía de esos que no entienden que alguien tenga prioridades en la vida ajenas al éxito profesional y a dejar una huella en la historia.

Insisto en que eso es lo que yo percibí de la película, pero tal vez la realidad de ese caballero fuese totalmente distinta a la que nos han mostrado en la película.
Todo esto me sirve para comentar la sensación que tengo de que, desde hace algún tiempo, se sobrevalora eso que se ha dado en llamar "la carrera profesional" y no se entiende a los que pensamos en el trabajo como un medio de ganarnos la vida y no como una meta absoluta de ella.

Yo no envidio a los a los CEO's, a los CIO's, a los presidentes, a los consejeros ni a los múltiples ejecutivos que ganan un montón de dinero a cambio de ceder todo tu tiempo a la causa de la empresa. Si eso es lo que quieren hacer y les gusta, me parece muy bien que lo hagan, pero me encantaría que comprendiesen que algunos de los que sacamos adelante, o intentamos hacerlo, sus proyectos e ideas, no tenemos su grado de compromiso porque no nos da la gana, porque no se nos paga para ello y porque, además, no hay hueco en la cúspide para que todos lleguemos a ocupar esos cargos que tanto adornan al ponerlos en las tarjetas de visita aunque casi nadie entiende en qué consisten.

sábado, 7 de septiembre de 2013

"Value creator", la nueva profesión de los "paripeitors"

Creo que todos los que trabajen, o hayan trabajado,  en alguna empresa grande (iba a decir "gran empresa", pero eso tiene un sentido positivo que me cuesta atribuir a algunas empresas grandes) algún tiempo, habrán visto que la burocracia crece día a día a la par que la ineficiencia. A pesar de todo,  los resultados económicos de muchas de ellas suelen variar de buenos a excelentes. Excelencia que no solemos percibir los que estamos en la base de tan egregias compañías salvo por el hecho de ver cómo cambia la web de los empleados para ser cada vez más colorista y cómo se gastan ingentes cantidades de dinero para renovar las aplicaciones en las que tenemos que registrar las horas trabajadas para los que subcontratan nuestros servicios.
Puestos a elegir, yo diría que los candidatos a un puesto de trabajo solemos tender a seleccionar una empresa grande o muy grande (de 500 o más empleados) sobre una más pequeña o diminuta. Pensamos que la posibilidad de progreso profesional será mayor en un mastodonte empresarial que en una empresa familiar. Y no nos falta razón, La pirámide jerárquica de las compañías grandes suele constar de una multitud de puestos existentes entre el vértice del poder presidencial y la base en la que se extiende la capa mindundi (de la que yo me siento un feliz miembro). Y todos esos puestos tienen que estar ocupados por alguien que, si nos empeñamos, podemos ser nosotros.
El caso es que, con los 21 años que yo llevo trabajando en empresas grandes, subcontratado (o resubcontratado) por otras empresas también grandes, nunca me ha parecido deseable ninguno de esos puestos en los que uno puede (o debe) olvidarse de las capacidades técnicas adquiridas durante sus estudios para dedicarse a "gestionar". Bonita palabra que, como tantas otras, de tanto usarla erróneamente, ha perdido todo su sentido para pasar a significar cosas como las siguientes:
- Hacer el paripé simulando tener todo bajo control.
-Afirmar con rotundidad aquello que se desconoce.
-Comprometerse a que otros (los subordinados) hagan cosas que uno no sabe hacer y, por tanto ignora si pueden hacerse en los plazos a los que se compromete.
-Culpar a "su equipo" (el equipo es lo que supuestamente se gestiona) de los fracasos cosechados a pesar de haberlo gestionado con brillantez.
-Escribir documentos y mensajes llenos de faltas ortográficas e imposibles de comprender y rellenar hojas Excel con datos falsos pero que sirven para cumplir con la norma ISO 9012.
Está claro que no todos los gestores son tan lerdos como el prototipo que yo he descrito, pero para reírnos un rato es mejor hablar de éstos y no de los buenos (no tengo claro de qué tipo hay más, encargaré un estudio a la Universidad de Wichita en cuanto me devuelvan el importe de mis sellos de Afinsa).
Todo esto viene a cuento de que, hace unos días, cotilleando en LinkedIn, esa gran red de contactos profesionales, vimos el perfil de alguien que indicaba que era "value creator". Tras la carcajada compartida con el amigo que lo descubrió,  me planteé la cantidad de imaginación que hay que echar para poder definir la todas esas tareas completamente inútiles que tantas y tantas personas desarrollamos en las empresas grandes. Este tipo ha sido listo. Como ahora está de moda "poner en valor" o "aportar valor añadido" a las cosas, él se ha declarado experto (otra palabra que detesto) en hacerlo. Si, además, lo pone en inglés, ya tiene ganados unos puntos más.
Por los comentarios que ponen quienes conocen a nuestro amigo el "value creator", parece ser un tipo majete con el que da gusto trabajar. Si es cierto eso, todas las tontunas que pueda poner en su perfil me parecerán bien porque creo que una de las cosas más importantes en el entorno laboral es eso,  ser buena persona.
Ahora recuerdo otro de esos cargos simpáticos que me comentaron hace unos meses: "facilitador". Supongo que es al que le pides lápices, grapas, clips y folios, en su versión de menor rango y, los de más larga trayectoria, serán los que ayudan a los grandes profesionales a conseguir sus hitos en la dura tarea de llevar a buen puerto los ambiciosos proyectos en los que se embarcan durante la travesía del ascenso en su carrera (esta frase es totalmente lideral).
La burbuja inmobiliaria estalló hace unos años, pero la burbuja de la memez empresarial sigue hinchándose día a día gracias a gente que, sin saber hacer la o con un canuto, inventa nuevas "positions", como les gusta a ellos denominarlas, desde las que llevan a "sus equipos" hacia abismos de fracaso.  Eso sí, antes de que todos se despeñen, ellos suelen tener la habilidad de saltar a otra gran empresa con algún premio que los avala como excelentes ejecutivos, y allí comienzan de nuevo su tarea de guiar a la gente con la venda que tapa sus ojos.
P.D.- Esto no viene a cuento, pero me apetece ponerlo: me importa un pepino que Madrid sea capital olímpica o no. Es que me cansa ese discurso de que "todos y todas" queremos las olimpiadas en Madrid. ¿Cómo lo saben? ¿A quién han preguntado?

sábado, 3 de noviembre de 2012

Todo está bajo control


Desde que ocurrió la desgracia en el fiestorro del Madrid Arena la pasada noche del día 31 de Octubre, no deja de hablarse de lo que pudo fallar y lo que habría que hacer para evitar que algo parecido pueda volver a ocurrir. Hay gente que parece extrañada de que, habiéndose cumplido todas las normas de seguridad, pudiese pasar lo que pasó. A mí lo que me extraña es que siga habiendo tanta gente en el mundo que piense que unas pocas decenas o centenas de personas puedan controlar a una masa de miles, por muchas normas de seguridad y por muchos controles que se pretenda hacer de la gente que entra y de lo que se introduce en el recinto del  evento (festivo, deportivo, político, religioso o del tipo que sea).
Está muy bien dictar normas para que la gente procure no generar situaciones de peligro y dotar a los recintos destinados a reuniones sociales del máximo número de dispositivos de seguridad, pero ante una estampida provocada por la estupidez de alguien (un petardo o unos gritos) o por el salvajismo de algún otro (unos tiros o una bomba) no hay nada que pueda hacerse. Miles de personas no pueden salir a la vez por ninguna puerta, por grande que sea, y si muchos de ellos llevan una cogorza de campeonato, la situación será aún más inmanejable.

Seguro que hubo montones de normas que no se cumplieron, es probable que el Ayuntamiento tenga alguna culpa, que los organizadores tengan su parte de responsabilidad y que algunos de los asistentes que se empeñaron en aglomerarse en la parte baja del recinto para vivir con más intensidad las vibraciones de la fiesta y mezclar su sudor con el de los demás, sean también causantes del desastre.

Ahora se seguirá hablando de esto (como lo hago yo), se cambiará alguna norma, se hará alguna prohibición y, para que la economía no se resienta, se seguirán haciendo fiestas masivas porque, lo queramos o no, parece que sin apreturas, alcohol y ruido, hay gente que no sabe divertirse (yo me permito dudar que eso sea divertido, pero soy un tío raro, así que seguramente esté equivocado).  Eso sí, la culpa siempre será de los poderes públicos que, como todos sabemos, deberían garantizar nuestra seguridad a toda costa. ¡Qué bien se vive sabiendo que nada malo puede pasarnos!
Lo único que queda claro de todo esto es que cuatro chicas han muerto y sus familias se han quedado sin ellas. Quizá acabe alguien en la cárcel o pagando una buena indemnización por su responsabilidad en el desastre, pero lo cierto es que estas cosas seguirán ocurriendo por más que nos “garanticen” que todo está bajo control.

domingo, 16 de septiembre de 2012

El poder de la masa



Hoy, mientras pedaleaba con mi bicicleta de carretera por el maravilloso carril que discurre anexo a la carretera de Colmenar Viejo, me he topado, como tantas otras veces, con un pelotón de ciclistas (serían unos quince o veinte) que ocupaban toda la zona derecha y parte de la izquierda. Iban despacio, tanto que cualquiera podría adelantarlos de no ser porque apenas quedaba hueco para hacerlo y, además, la visibilidad para comprobar si venía algún ser humano pedaleante de frente, era nula. Iban hablando unos con otros y sin plantearse que pudieran estar incordiando a otros que, como ellos hubiesen salido a disfrutar del placer de rodar en este maravilloso día. Eran muchos, así que podían ir como les diese la gana.

Hemos llegado a una recta amplia y, arriesgando el pellejo, me he desplazado al borde izquierdo del carril para comprobar que no venía nadie de frente. He lanzado uno de mis habituales gritos de adelantamiento, “¡VOY!”, y, acelerando al máximo, he avanzado cual hilo atravesando el ojo de una aguja por el resquicio que ese gran grupo dejaba libre. ¡Por fin!, he pensado al ver que podía correr al límite que mis poderosas piernas me permitían.

Esta tonta anécdota me ha hecho pensar sobre las múltiples manifestaciones que tuvieron lugar ayer en Madrid y la más masiva que aconteció en Barcelona hace unos días. La gente sale a la calle a reclamar algo (independencia, anular recortes, subir sueldos, creación de puestos de trabajo, acabar con la corrupción, traer a Madonna a las fiestas San Cucufate, etc.) y, como se juntan muchos, ya creen que los gobernantes tienen que hacer lo que ellos dicen.

Una vez metido en la masa, uno se siente fuerte y se cree cargado de razones o, mejor dicho, se cree en posesión de la verdad, la única posible. Parece imposible que haya alguien fuera de la masa, no se ve el límite y, además, lo que se pide (según pensará cada cual) es tan sensato que nadie puede estar en contra. “Nos tienen que hacer caso”, “el gobierno no se puede quedar de brazos cruzados”, “nunca había habido un clamor popular tan inmenso”, “esto marca un punto de inflexión, un antes y un después”, “la ciudadanía ha hablado y las cosas no pueden seguir igual”, “hay que refundar el capitalismo”, “todos tenemos derecho a un i-Phone 5 subvencionado”. Todas esas frases se oyen día a día (algunas expresiones, como la del “punto de inflexión” y la del “un antes y después” son expresiones que ya resultan tan cargantes como las famosas “hojas de ruta”).

Está claro que la cosa está malita (como diría Chiquito de la Calzada), pero también parece evidente que el desbarajuste imperante no se arregla de un día para otro. No sé cuál es el origen del caos, pero parte de él se debe al derroche salvaje en el que han incurrido las administraciones públicas en los años precedentes (desgraciadamente parece que siguen en ello). Otros que contribuyeron a este caos fueron las entidades financieras que concedieron créditos a personas y empresas cuyo riesgo de impago era inmenso. Y, por supuesto, también las personas y empresas que pedían préstamos salvajes sin necesidad (concedidos estúpidamente por sus entidades bancarias) tampoco pueden creerse libres de culpa.

Para arreglar esto habrá que comenzar por que cada cual intente ser un poco más responsable. No gastar lo que no se tiene, no ser corrupto, no ser un jeta, ser legal en lo grande y en lo pequeño, etc.

Tendemos a pensar que la corrupción es únicamente cosa de los que mandan y manejan los grandes capitales, que nosotros, pobres diablos trabajadores (nunca he sabido a partir de qué sueldo uno deja de ser trabajador para ser… realmente no sé lo que son los que ganan más que esa cantidad indefinida), pero las cosas se construyen desde abajo.
 
Conozco a gente que, cuando es mindundi, se queja de la falta de escrúpulos de sus jefes, que explotan sin rubor a sus subordinados y les exigen más de lo debido. Pasado el tiempo, cuando consiguen elevar su estatus, algunos, en lugar de comportarse con sus pupilos como les hubiese gustado que se portaran con ellos, repiten los mismos errores, y no por despiste, sino porque les mola. Hay gente que se queja de que los ricos (tampoco tengo claro a partir de qué patrimonio uno es considerado rico) defraudan al fisco y, cuando no lo hacen, no pagan los suficientes impuestos. Algunos de ellos, probablemente no paguen el IVA a los pintores que han dejado su casa preciosa o al fisioterapeuta que les ha apañado el codo dolorido.

La culpa siempre es de otro, nunca nuestra. Mis pecadillos son eso, pecadillos, pero los de los demás son actos intolerables. La solución de los problemas pasa porque sean otros los que dejen de hacer sinvergonzonerías, lo mío es una gota en el océano. Está claro que, según la entidad del acto, cada cual tendrá mayor o menor responsabilidad, pero lo que no vale es lavarse las manos porque haya otros cuyo desfalco sea inmensamente mayor.

A altos niveles se han cometido abusos (y se siguen cometiendo) que sería bueno que dejasen de cometerse, pero no perdamos de vista que los que están en esos puestos de responsabilidad son tan humanos como nosotros (comen, cagan y duermen como todos), personas que, tal vez, cuando no estaban tan encumbrados, se acostumbraron a hacer su santa voluntad a costa de otros y que, cuando han subido de categoría, se limitan a hacer aquello a lo que se acostumbraron, pero adaptado a la nueva escala de su entorno. Comencemos cada cual por intentar ser decentes y, tal vez, algún día la decencia llegue a los puestos de responsabilidad (a los que los desempeñen), mientras tanto, por más que nos juntemos en la calle a gritar cosas tan sesudas como “un bote, dos botes, socialista (o pepero) el que no bote”, no solucionaremos nada.

La unión hace la fuerza, pero si esos que se unen no tienen ningún plan alternativo a lo que ahora existe (un plan sensato que no sea derrumbar lo que hay y esperar a que, de entre la masa, salga un genio que lo reconstruya todo), lo único que se conseguirá es pasar unas tardes muy entretenidas cantando (en el mejor de los casos) o desencadenar una batalla campal con pedradas, roturas de escaparates, y quemas de cualquier cosa que arda (en la peor de las situaciones).

domingo, 2 de septiembre de 2012

El final del verano


Siempre que llegan estas fechas me acuerdo de esa canción del Dúo Dinámico que servía de despedida de Verano Azul, esa gran serie televisiva de los años ochenta. Los veraneantes iban abandonando Nerja y el pobre Pancho se quedaba sin sus amigos veraniegos.

Este año he tenido más vacaciones que nunca (y aún que quedan unas cuantas que no sé cuándo disfrutaré) gracias al mes y medio de baja laboral que me ha proporcionado mi rotura ósea y a las dos semanas que he encadenado a ese mes y medio para seguir fortaleciendo mi deteriorado brazo. Durante estos calurosos días ha habido incendios, subidas y bajadas de la bolsa y de la prima de riesgo, asaltos a supermercados y entidades bancarias de nos nuevos salvadores de la patria capitaneados por Sánchez-Gordillo y, lo más importante, una restauración, dejada a medias, del Cristo de Borja. Ésta, sin duda, ha sido la noticia más interesante del verano. Doña Cecilia ha cautivado a mucha gente y ha escandalizado a algún que otro panoli que aplaudiría restauraciones más cutres y caras si las hubiese hecho algún artista consagrado como, por ejemplo, el señor Mariscal, creador de esa caca llamada Cobi. También ha conseguido, sin pretenderlo, llevar a su pueblo y a su humilde ermita a lo más alto de la popularidad mundial. Según parece, ella misma dijo que le habían comunicado que el hecho había sido “tremending topic” en Twitter. Aprovecho esta tribuna para saludar con afecto a dona Cecilia.

Una vez más comienza a refrescar por las noches, la gente regresa de sus lugares de veraneo y comienzan las quejas de lo caros que están los libros, las medicinas, la comida, la luz, el gas y el teléfono. Lo de siempre, aunque esta vez la cosa es más evidente. Mucha gente habrá pasado el verano comentando, mientras tomaba unas cervecitas, chateaba con su smart-phone y se dirigía a su coche para ir de una a otra terracita nocturna, lo que cuesta llegar a fin de mes y lo mal que está la cosa. Otros se habrán quedado en su casita tan tranquilos, disfrutando de la piscina del barrio y paseando por los tranquilos parques madrileños y, al llegar a casa,  de la maravillosa programación de Telecinco (Mujeres y Hombres y Viceversa ha estado interesantísimo).

Ahora, los que podamos, volveremos a trabajar (o a ir al trabajo, que no siempre es lo mismo) y comenzaremos nuevamente con la rutina laboral una vez terminada esta otra rutina vacacional. Comentaremos lo cortas que nos han parecido las vacaciones, lo duro que se nos hace el regreso a nuestras tareas, lo que ha subido la gasolina, lo bien que lo hemos pasado en los lugares que hemos visitado, lo morenos que nos hemos puesto y, si se tercia, regalaremos a alguno de nuestros compañeros una taza de esas en las que se puede leer algo como “Estuve en Borja y me acordé de ti” decorada con la sensación del verano: la obra de Doña Cecilia.

A pesar de que todo cambia, la vida sigue igual (como decía el gran Julio Iglesias). Disfrutad de vuestro reencuentro con la rutina otoñal y con la moda otoño-invierno que la Pasarela Mercedes-Benz Fashion Week trae hasta nosotros (todo muy “ponible” y a precios anti-crisis).