Libertad Diodenal
El blog en el que la sandez y la pedantería se dan la mano, donde la bizarría y erudición discurren parejas. El rincón en el que ZP y Rajoy comparten protagonismo con Pajares y Esteso. Esto es Libertad Diodenal. Pasen y comenten lo que les plazca, que nadie censurará sus aportaciones.
sábado 3 de marzo de 2012
Sacralización de lo laico
domingo 12 de febrero de 2012
Contador y el orgullo patrio
martes 6 de diciembre de 2011
Los polémicos puentes
sábado 5 de noviembre de 2011
Se acerca el gran día
Se acerca el gran día de la “fiesta de la democracia” en el que todos y todas hablaremos en las urnas y, según dicen, decidiremos el futuro de España. Esto, como bien sabéis, es una patochada. Sólo decidiremos, y ya me parece una afirmación excesiva, qué partido formará gobierno. Lo del futuro se irá decidiendo sobre la marcha. Dudo que nadie tenga una idea ni remotamente cercana de los efectos que tendrá cualquiera de las políticas que se vayan a aplicar.
Muchos nos reímos de la eficacia predictiva de Rappel y todos los que se dedican a esa profesión adivinatoria, pero lo cierto es que hay otros muchos que, aunque no se pongan túnicas ni se hagan colas de caballo alrededor de la calva, juegan todos los días a lo mismo que nuestro adivino de la “jet set” (¡hay que ver lo poco que se usa ya este término!).
No hay día en que falte una predicción de cómo van a reaccionar los mercados (hoy en día mucho más famosos que Belén Esteban o el propio Rappel) después de alguna de las estúpidas cumbres o reuniones a las que nos tienen acostumbrados los que “dirigen” el mundo (lo de dirigir lo he puesto entre comillas porque dudo mucho que sepan hacia donde llevan esto). Cada mes alguien augura cuándo terminará la crisis y, casualmente, suele dar una fecha que coincide con la que otro “experto” da como comienzo de una nueva recesión.
Lo único que vemos es que la deuda de todos los países en crisis aumenta sin medida, pero siempre hay alguien que la compra. Lo de comprar deuda es un eufemismo para evitar decir que lo que se hace es dar dinero al derrochador. Los países “desarrollados” son derrochadores netos, es decir, que aunque haya mucha gente que ingresa más de lo que gasta, son mayoría los que gastan más de lo que ingresan. Habría que ver también si es la gente normalita la que, como media, gasta más de lo que ingresa o si este desequilibrio se crea sobre todo por la ingente cantidad de gastos estúpidos que acometen nuestros democráticamente elegidos mandatarios: viajes a reuniones inútiles, multitud de administraciones redundantes o prescindibles, actos para reafirmar nuestro sentimiento patrio (nacional o autonómico), etc.
Veo que ya he hecho recaer el peso del derroche en la administración pública. De vez en cuando olvido que yo he trabajado siempre en empresas privadas y he visto como el derroche no es ajeno a ellas. La grandiosidad y el gasto absurdo no son privativos de la cosa pública, la memez está instaurada en todas partes así que, como parece que es una tendencia mayoritaria, habrá que gritar democráticamente: ¡VIVA LA MEMEZ!
Para hacer honor a la verdad, tengo que reconocer que las cosas no son tan sencillas como recortar por aquí y por allá. Echar a la calle a todos los que hacemos trabajos prescindibles (en la empresa pública o la privada) dejaría con el culo al aire a más de la mitad de la población en un instante (he hecho un estudio que avala esta grave conclusión), pero si no se hace, a lo mejor conseguimos que no se salve nadie. Es cierto que la desgracia compartida masivamente es más llevadera, así que tal vez lo mejor sea seguir mareando la perdiz y continuar generando euros y dólares a partir de nada para que sigamos pareciendo los más ricos del mundo (me refiero a los países occidentales) aunque no lo seamos.
Y ahora id a leer los programas electorales, que seguro que son muy clarificadores.
miércoles 19 de octubre de 2011
El misterio del mingitorio
Hoy he decidido compartir con vosotros un misterio que ha acontecido en el edificio al que acudo a diario a pasar el día y ganarme mi sustento (con mayor o menor éxito). Sólo llevo en este lugar cuatro semanas, pero ya noté algo raro el primer o segundo día de mi estancia allí.
Tengo la costumbre, como muchas otras personas, de tener una botella de agua en mi mesa. Reconozco que soy de poco beber, pero me pareció una buena idea lo de beber más líquido del que mi cuerpo demanda, así doy trabajo a mis riñones y, de paso, consigo tener una excusa aceptable para levantarme de mi sitio cada vez que mi vejiga me comunica que está al límite.
En una de estas escapadas, mientras gestionaba la salida a la luz de mi aparato miccionador, algo llamó mi atención. En la parte alta del mingitorio, junto a la fina tubería que da paso al agua que cae cuando se presiona el pulsador, había un pelo. Yo, como calvo experimentado, pensé que sería un cabello craneal, pero como el acto excretor se alargaba y no tenía a mano nada que leer (en los servicios públicos no suele haber paquetes de detergente o botes de champú), presté más atención al pelo y me di cuenta de que era grueso y retorcido, de unos cuatro centímetros. Parecía evidente que era un pelo escrotal. Doy por hecho que era de un ser humano de sexo masculino porque las mujeres tienen vetada la entrada allí.
Vosotros diréis que no es nada raro encontrar un capilar de esta naturaleza en una sala de micción, y yo os diré que tenéis razón. Pero analicemos la situación con detenimiento atendiendo a los siguientes puntos:
1-La parte superior del urinario queda muy por encima del escroto de cualquier ser humano (por lo menos de los que yo he visto en mi entorno laboral).
2-Los pelos que quedan desconectados de su folículo tienden a caer por acción de la gravedad en ausencia de corrientes de aire o mecanismos que lo transporten hacia zonas más elevadas.
Según estas proposiciones, el pelo que yo vi, o bien era un pelo nasal de longitud descomunal, o bien había sido puesto por su dueño en ese lugar para ser exhibido con una finalidad que no alcanzo a comprender.
Todo esto no tendría mayor trascendencia de no ser porque, pasados unos días… ¡Volví a ver otro pelo escrotal en el mismo lugar!
Os cedo la palabra para que aventuréis alguna hipótesis que pueda explicar este extraño fenómeno.
viernes 16 de septiembre de 2011
La curva de aprendizaje
Ayer tuve una entrevista con un gerente de mi empresa (la empresa que me paga, que propietario de ella no soy) para ver si me aceptaban para trabajar en un proyecto que van a comenzar dentro de la entidad financieda para la que he trabajado estos últimos años.
Requieren unos conocimientos que yo no tengo pero que, como les dije, adquiriré conforme vaya trabajando con esas cosas, como he hecho siempre en mi cutre vida profesional. El gerente, muy seriamente, me preguntó por "la curva de aprendizaje". Quería que yo le dijese cuánto tiempo estimaba que tardaría en aprender por mi cuenta algo que desconozco (y que él desconoce aún más). ¿Cabe mayor despropósito? ¿Puede haber mayor estupidez?
Con esa forma extraña de formular su estúpida pregunta, intentaba disfrazar de sensato algo que es totalmente absurdo. ¿Cómo voy a saber yo lo que tardaré en aprender algo de lo que no sé nada? Eso, en el mejor de los casos, podrá estimarlo alguien que ya ha pasado por el proceso de aprenderlo con resultado exitoso. Cualquier persona sabría esto, pero este pobre diablo (era una persona agradable y educada, eso no lo puedo negar), con el fin de disimular la inmensa inseguridad que tiene por dirigir algo para lo que no está preparado, suelta frases hechas y formula preguntas grandilocuentes que esconden tremendas contradicciones y absurdos.
Lo malo de esto es que entrevistarán a más gente que, probablemente, sepa tan poco del tema como yo pero que no tendrá ningún reparo en afirmar con rotundidad que en una semana aprenderá todo lo que se requiera (sin saber qué se requiere), y a esos los cogerán.
El problema no está en que la gente mienta, sino en que, sabiendo unos y otros que nos estamos contando mentiras, actuamos como si creyésemos lo que nos dicen y como si creyésemos que nuestras trolas son creídas por los demás.
sábado 10 de septiembre de 2011
De algo hay que hablar
Aquí estamos de nuevo (mi ordenador y yo, no vayáis a creer que he comenzado a ser un ser social). Acabo de terminar de ver una película de esas de llorar. Se titulaba “The lost Valentine” y la verdad es que he segregado abundante líquido lacrimal. Mi intención era ver una de las que tengo en el disco duro, pero en muchas ocasiones me ocurre que, al encender la tele, zapeo verbo incluido en el Diccionario de la RAE) un rato y me quedo enganchado con algo de gran interés (habitualmente algún discurso de Kiko Matamoros). Hoy estaba sintonizada Televisión Española HD y, como la película se veía con gran detalle y, además, era protagonizada por Jennifer Love Hewitt, que me parece muy mona, me he quedado viéndola.
¿Y a qué viene este rollo? –pensaréis-. Pues no lo sé, pero ya que lo habéis leído ¿qué más os da?
Y mientras digo estas bobadas, la economía sigue tambaleándose ¡Qué falta de sentido de estado por mi parte! Menos mal que nuestros políticos están haciendo todo lo que está en sus manos para solucionar este desaguisado. Estoy convencido de que con la reforma de la Constitución (espero que os hayáis puesto en pie al leer esta sagrada palabra) que han consensuado los dos grandes partidos políticos (lo de grandes es por el tamaño, no por nada más trascendente que eso) saldremos del atolladero. Mi confianza creció un cuarenta por ciento el día que dieron la noticia.
Percibo con mi sexto sentido que hay algún lector que quiere saber cómo he calculado el incremento de mi confianza con tanta precisión. Prometo detallar el algoritmo de cálculo tan pronto como la universidad de Wisonsin y todas las instituciones dedicadas a hacer estudios diversos, nos digan cómo llegan a esas conclusiones, tan precisas como la mía, con las que nos deleitan cada día en los telediarios.
Otra gran noticia de estos últimos días es el estreno de la nueva película de Almodóvar. Espero que todos y todas hayáis ido ya a disfrutar de su nueva obra de arte cinematográfico. Creo que algún crítico envidioso de su éxito y de su mata de pelo, se ha cebado con él. Me parece inaceptable tratar así de mal a uno de nuestros grandes artistas. Para contribuir a la mejora de las finanzas de nuestra querida España, tenemos que decir que todo lo que se hace aquí es una maravilla, aunque nos parezca un cagarro. Yo, para ser un patriota de pro, me he convertido en aficionado a los toros, adicto a la cata de vinos y forofo de la moda de Ágata Ruiz de la Prada (tendríais que ver el modelito que llevo puesto ahora, lleva flores por todas partes, es ideal). Incluso digo a todo el mundo que me encantan las obras de arte expuestas en el museo Reina Sofía. Y, hablando de la Familia Real, comento a todo el mundo lo guapísima que está la Infanta Doña Elena. ¡A ver si vais aprendiendo!
Ya sólo me queda despedirme hasta la siguiente ocasión en que me dé por volver a aparecer por aquí. En breve tendrá lugar la esperada boda de la Duquesa de Alba (estoy ofendido porque no me ha invitado) así que, como muy tarde, tras ese gran acontecimiento, tendréis noticias mías.
