miércoles, 13 de agosto de 2008

Holganza veraniega

Mis vacaciones terminaron hace casi dos semanas y, como siempre me pasa, paso revista a lo que he hecho durante ellas y la actividad que más tiempo me ha ocupado, con diferencia, es la de perderlo (el tiempo).

He pedaleado bastante, he ido al monte a pasear más de lo habitual, he nadado en la piscina, he corrido poco, he leído menos y no he viajado nada, bueno, casi nada. Durante el resto del año suelo pensar que, cuando llegue el verano, quedaré con algún amigo de esos a los que veo de higos a brevas pero, salvo raras excepciones, acabo sin cumplir con las expectativas. Al final la pereza suele salir vencedora.

Tengo que reconocer que la reincorporación a mis labores profesionales me ha resultado grata. No sé si será porque en agosto está todo muy relajado, tanto que alguno de estos días he vuelto a tener uno de esos ataques de sueño que en otras épocas tenía a diario a causa de lo poco que tenía que hacer o de lo muy inútil que era mi trabajo. El hecho de que haya un montón de gente de vacaciones, incluida la compañera con la que más cotorreo, también influye en que la somnolencia haga acto de presencia. Tendré que tener cuidado porque ahora estoy a escasos metros del despacho de “Don Antonio”, que cada mañana pasa a mi lado, y al de unas cuantas personas más, sin dar el habitual (para otros) saludo matutino.

¡Pobre Don Antonio! Sigue sin sonreír. Si se sentase a mi lado no sé si acabaría riéndose, pero es probable que hubiese muerto de asfixia, pero no por mi culpa como estaréis pensando casi todos (ya sabemos el famoso refrán: “Cría fama y échate a dormir”). Según mis suposiciones el generador de las letales y silenciosas flatulencias que han estado a punto de hacer que estallase de risa en un par de ocasiones, es un compañero que se sienta junto a mí.

El otro día estaba tratando temas laborales con otra persona y, de repente, comenzó a oler fatal, pero mal, mal. Era un olor totalmente cuesquil, de pedo pútrido. Yo traté de mantener el tipo evitando reírme (estas cosas me provocan risa en lugar de ahogo ¡qué le vamos a hacer!). No sé lo que pensaría mi interlocutor (me conoce poco y mi fama de ventoseador le es ajena), pero estoy convencido de que también tubo que detectar la pestilencia. En aquel momento éramos cuatro los sujetos sospechosos, pero teniendo en cuenta que al día siguiente volvió a hacer acto de presencia el mismo hedor y que, al instante, mi sospechoso número uno, se ausentó al servicio, yo diría que la cosa está bastante clara. No he hablado casi nada con mi nuevo vecino de mesa, pero ahora siento una amistad casi fraternal hacia él. ¡Hay que ver lo que une un sencillo y pestilente pedo!

Pues así, como quien no quiere la cosa, ya he escrito un buen lote de líneas, todas insulsas, pero servirán para que os entretengáis un rato en vuestro destino vacacional o en vuestro puesto de trabajo.

4 comentarios:

Jajaja dijo...

Hermanos en el pedo... Esta es tu gran oportunidad, Meteorismo. Tras ser rechazado por la Sociedad por tu flatulencia, puedes crear una suerte de hermandad secreta, tipo masónico, de seres gaseosos, cuyo fin será remodelar el Mundo (el planeta, no el periódico) según los principios de la aerofagia y la necedad. Ya tenéis saludo secreto y todo.

Antares dijo...

Acabo de llegar de pasar una semana de vacaciones en Asturias y me congratula ver que estoy de nuevo en casa, entro en tu necio blog y que es lo que leo, pues un "pos" dedicado a una de nuestras más gloriosas artes, el cuesco..
P.D. Por cierto, en Asturias he depuesto bastantes salchichillas, ¿acaso el esfínter es inteligente y "detezta" el entorno para ofrecernos un "output"(como diría mi admirado Punset) acorde con la comunidad autónoma en la que deponemos?..

Israel dijo...

Te recomiendo que le cuentes a tu nuevo y flatulento compañero la historia de tu muela.

Dicha historia, unida a vuestra gaseosa afición, forjará en tre vosotros una amistad inquebrantable.

Meteorismo galáctico dijo...

Vuestras propuestas de intentar socializarme forjando una nueva amistad fundamentada en los pedos (mi amistad con Antares tiene esos sólidos cimientos) son interesantes, pero de momento no ha habido ocasiones adecuadas para poder entablar alguna conversación de trascendencia diodenal que pudiera servir para sincerarnos el uno con el otro. En fin, todo se andará.

Lo de contarle la historia de la muela me parece excesivo, amigo Isra. Cuando nuestra amistad sea más fuerte, me arriesgaré a narrarle tan emocionantes peripecias.