
Ya terminan los actos de la JMJ. Queda alguna cosilla para esta tarde antes de que el Papa regrese a Roma, pero creo que, como buen intelectual que soy, ya puedo hacer un balance de lo ocurrido estos días.
El blog en el que la sandez y la pedantería se dan la mano, donde la bizarría y erudición discurren parejas. El rincón en el que ZP y Rajoy comparten protagonismo con Pajares y Esteso. Esto es Libertad Diodenal. Pasen y comenten lo que les plazca, que nadie censurará sus aportaciones.

Ya terminan los actos de la JMJ. Queda alguna cosilla para esta tarde antes de que el Papa regrese a Roma, pero creo que, como buen intelectual que soy, ya puedo hacer un balance de lo ocurrido estos días.
Cuanto más cerca está la visita del Papa a Madrid, más se habla del tema. Unos se quejan del dinero que se gastará en el evento, otros dicen que, económicamente, será beneficioso para España (sobre todo para Madrid). También hay quienes creen que la Iglesia Católica tiene trato de favor con respecto a otras instituciones (religiosas o no). En fin, hay opiniones de todos los gustos pero, básicamente, podríamos decir que, como sucede con casi todo, la gente se alinea a favor o en contra del evento religioso-turístico.
Particularmente creo que la visita será (lo está siendo) beneficiosa económicamente para España. Está claro que cuesta dinero, pero con tanta gente como ha venido, seguro que se recupera lo gastado. Además, parte del dinero que haya habido que poner de antemano, lo han puesto las empresas patrocinadoras. Seguro que el Ayuntamiento de Madrid y la comunidad del mismo nombre también han tenido que soltar dinero, pero no es menos cierto que los visitantes consumirán cosas (comidas, chorradillas que compren, etc.) que llevan su IVA incluido y que acabará volviendo a las arcas públicas.
En resumen, si nos olvidamos de nuestros afectos por los convocantes y tomamos esto como un evento cualquiera (como unas olimpiadas, una exposición universal, unos mundiales, un concierto de Shakira o Lady Gaga o cualquier otra cosa por el estilo) no veo razón alguna para estar en contra de ello y a favor del resto de cosas.
El problema está en que somos humanos y nos encanta el enfrentamiento. Como ya he dicho en más ocasiones, primero preguntamos quién dice algo y, si ese alguien nos cae bien, diga lo que diga y haga lo que haga, le apoyamos, pero si ese alguien no cuenta con nuestra simpatía, nos da igual lo que haga, que nos parecerá mal. Está claro que no todo el mundo es así, pero me temo que hay una masa grande de personas que se ajustan a esta descripción (yo mismo, con lo tolerante y progresista que soy, a veces peco de ello).
Tras esta extensa introducción pasaré a exponer lo que yo pienso. Yo fui bautizado, hice la Primera Comunión, fui confirmado, he acudido a misa con regularidad todos los domingos y fiestas de guardar de gran parte de mi vida y he recibido en el colegio y en el instituto las correspondientes clases de religión. Digo esto para que todo el mundo sepa que, si digo que creo que el mensaje de la Iglesia Católica me parece bueno, lo digo con algo de conocimiento (no excesivo, eso sí). No creo que lo que vaya a decir el Papa en Cuatro Vientos sea pernicioso para los que le escuchen sino todo lo contrario. Lo peor que puede pasar (y creo que pasará) es que algunas de las personas que allí se reúnan, no escucharán al Papa (no me refiero a que no le oigan por problemas técnicos, sino a que no prestarán atención a lo que diga). Unos ignorarán su mensaje porque les parecerá aburrido, otros porque, tal vez, sea demasiado elevado como para entenderlo, y otros, sencillamente, porque habrán ido a pasar el rato con sus amigos y estarán tan emocionados de ver cerca a su ídolo (sí, el Papa también tiene sus fans, tan tontos como algunos de los fans de Bisbal o Bustamante ¡qué le vamos a hacer!) que sólo se preocuparán de ver en qué momento pueden gritar “¡VIVA EL PAPA!” y ser secundados por tan ingente masa de fieles. Pero también habrá gente que escuche con atención y que saque provecho de las palabras de Su Santidad.
Comprendo que la Iglesia Católica organice eventos de este tipo porque, sin duda, con ellos se consigue que el mundo entero esté pendiente del Papa y de lo que diga, y eso es una publicidad impresionante que siempre viene bien. Con la Jornada Mundial de la Juventud la Iglesia es capaz de movilizar a cientos de miles de personas (dicen que más de un millón vendrán de fuera de España) capaces de gastar bastante dinero para venir a ver al Papa (algunos vienen de países tan lejanos como Filipinas). Si se puede movilizar a la gente para esto ¿no sería posible utilizar ese poder de convocatoria para otras cosas?
Aquí llegamos a lo de siempre: habiendo gente que se muere de hambre en el mundo ¿no queda un poco feo ver cómo hay tantos que gastan su dinero en ir a ver al Papa en directo para orar por los pobres y por la paz en el mundo? No digo que esté mal orar por ambas cosas, pero alguien dijo, no sin razón: “a Dios rogando y con el mazo dando”.
Las cosas no son tan sencillas como pueden parecer cuando nos ponemos a hacer críticas sentados frente a nuestro ordenador o alrededor de la mesa con los amigos, lo sé, pero reconozco que estos derroches dinerarios (aunque sean beneficiosos para España) quedan feos cuando se hacen por parte de una institución en la que muchos de sus miembros trabajan por los pobres (y trabajan mucho, la verdad).
Me pregunto si no sería mejor aprovechar el grandísimo poder de convocatoria que tienen los Papas (por lo menos desde Juan Pablo II) para incitar a los fieles católicos (y a cualquier simpatizante) a donar nuestro dinero y/o tiempo para ayudar a tantas y tantas personas que lo necesitan más que nosotros. Después de todo, el mensaje del Papa (el de la Iglesia Católica) se puede escuchar en la tele o leer en Internet, pero los que no tienen qué llevarse a la boca jamás podrán agradecernos que hayamos orado por ellos junto con un millón de personas en Cuatro Vientos, básicamente porque probablemente mueran antes de enterarse de que hemos gastado millones de euros para hacerlo.
Me doy cuenta de que he sido excesivamente optimista, no por pensar que la Iglesia pueda convocarnos para ayudar a los necesitados (realmente eso lo hace constantemente), sino por creer que los destinatarios de esa propuesta vayamos a hacerle caso. Mayoritariamente preferimos orar a donar, sale más barato y es más cómodo.
Esta mañana pensaba haber ido a dar una larga vuelta en bicicleta, pero al asomarme a la ventana he percibido una excesiva intensidad ventosa (atmosférica, no intestinal) y me he acobardado, así que aprovecharé el tiempo para escribir algo mientras oigo el ulular del viento.
Parece que el “notición” del día es que en la NASA han “demostrado” que una siesta de 26 minutos es una práctica maravillosa para llevar una vida sana y equilibrada. Este resumen lo he hecho yo a mi antojo a partir de lo que he leído que, a su vez, habrá sido redactado al antojo del que ha escrito el artículo en cuestión. El meollo de la cuestión es que en la NASA alguien ha hecho un estudio (nunca he sabido cómo se hacen esos estudios) concienzudo sobre la siesta y ha llegado a conclusiones que dejan a esa práctica en un excelente lugar.
No dudo de los beneficios de la siesta porque yo los experimento cada vez que me quedo traspuesto en el sofá o en mi puesto de trabajo. Estas siestas lectivas son un tanto embarazosas pero hay ocasiones en las que no puedo evitar cabecear mientras leo algunos tostones que no me interesan nada. No obstante lo peor no es quedarse dormido mirando la pantalla del ordenador, es mucho más embarazoso ver cómo se te caen los párpados mientras alguien te está hablando, y eso también me ha pasado unas cuantas veces.
No era esto lo que pretendía contar, mi reflexión de hoy tiene que ver con el hecho de que esos estudios que se hacen sobre todo tipo de cosas (algunas aparentemente intrascendentes o absurdas) suelen resumirse en ciertas pautas de comportamiento que, supuestamente, son válidas para todos y cada uno de los miembros de la raza humana o, por lo menos, en los breves artículos periodísticos que hacen los resúmenes, eso es lo que nos cuentan.
Yo me resisto a creer que una siesta de 26 minutos tenga el mismo efecto en un tipo que pasa el día sentado en el sofá sin hacer nada que en una persona que anda de aquí para allá doce horas al día. Tampoco creo que esos 26 minutos sean igual de aprovechados en un chavalín de cinco años que en un anciano de noventa. Somos todos tan distintos a pesar de nuestras grandes similitudes, que dudo mucho que cualquier estudio que concluya con una receta tan simplona como “la siesta modélica es la que dura veintiséis minutos”, tenga alguna validez.
Esto me lleva pensar que pueden ocurrir las cosas siguientes (una de ellas o las dos):
1-Los estudios con los que rellenan espacio en periódicos e informativos diversos cada día son completamente absurdos e inútiles (salvo para los que ganan dinero haciéndolos).
2-La forma de comunicar los resultados de esos estudios es tan mala que se tergiversa todo al intentar resumir conclusiones amplias y complejas de estudios igualmente amplios y complejos.
Se acabó esta insulsa reflexión de hoy. Voy a ver si investigo algo importante de verdad como las razones de la ruptura de Jennifer López y Marc Anthony.
Llevo ya una semana de vacaciones y creo que es hora de escribir algo. Aún no sé sobre qué voy a hablar pero, como decía alguien: comer y cantar, todo es empezar (¿o no era así?).
Las seis semanas previas a mi periodo vacacional las pasé trabajando en un proyecto (así se suele llamar a las chapuzas informáticas que hacemos para que parezcan cosas serias y bien planificadas) en el que, quien más y quien menos, extendían su jornada laboral más de la cuenta. Unos lo hacían para sacar trabajo adelante y otros para aparentar ser grandes profesionales. Como podéis imaginar, los más valorados por los jefes eran los que más tarde se iban (si se quedaban más allá de las doce de la noche y cenaban pizzas en su sitio, mejor que mejor).
Yo, como vi el percal el mismo día que me incorporé a ese grupo, me limité a cumplir con mi horario y, cosas raras que tiene la vida, nadie me dijo ni media al respecto, ni mis compañeros ni los jefes. Los compañeros con los que trabé más amistad pensaban que hacía bien, y con los jefes no tenía trato alguno, así que no sé lo que pensaban, pero me lo puedo imaginar.
La situación era un tanto absurda porque se suponía que yo fui allí para ayudarles a sacar trabajo adelante, pero con esos disparatados horarios que tenían algunos, no fueron pocas las jornadas en que, a pesar de que quienes me tenían que dar trabajo sabían de mi afición a llegar temprano y siempre a la misma hora (soy demasiado predecible), no se les ocurría enviarme algún correo nocturno, entre bocado y bocado de pizza, para decirme qué cosas podría hacer al llegar para aligerar tu “tremenda carga laboral”, con lo que mis horas mañaneras se desperdiciaban con total alegría. Ellos solían llegar a partir de las 9:30 (eso era muy temprano), pero no parecía que comenzasen a trabajar hasta bien pasadas las dos de la tarde. A veces daba la impresión de que la actividad laboral de algunos (otros sí que trabajaban intensamente) sólo comenzaba una vez que yo me había marchado.
Aquello ya terminó para mí. Cuando regrese de mis vacaciones ya no estaré en ese grupo. Reconozco que a algunos los echaré de menos, y a otros no tanto, pero tengo que decir que de todos he aprendido algo: la capacidad de aguante de unos y las técnicas de paripé de otros. Es un aprendizaje que no creo que aplique. No me interesa tener tanto aguante y me daría un poco de vergüenza aplicar ciertas tácticas “paripeísticas”, pero ha sido una interesante experiencia.
Al final mi relato no ha tenido nada que ver con la cuestión veraniega (chiringuitos, playa, montaña, viajes y todas esas cosas), pero no me parece adecuado comenzar a soltar otro rollo después de tantos párrafos. Dejaremos esas cosas para otro día.
P.D.- En atención al Dr.Flatulencias he cambiado el color rojo de los títulos por otro más grato a los ojos (por lo menos a los míos, que son un tanto cegatos).
Pues sí, pues sí… Parece que hace buena tarde.
Creo que he empezado mal. Una conversación de ascensor no será capaz de mantener la atención de mis sufridos lectores. Ya sólo me falta contaros el chaparrón que ha caído en Madrid esta tarde. Ahora que lo pienso, ¿se habrán producido goteras en las “jaimas” de los acampados de la Puerta del Sol? Creo que es el momento de hacer un llamamiento a la solidaridad de todos y todas los que estáis leyendo estas líneas: acudid con chubasqueros, mantas, sopita caliente y, por supuesto, guitarras y cánticos libertarios, para aliviar este duro trance por el que pasan nuestros luchadores.
Como no consigo captar vuestra atención, intentaré provocaros sueño. Allá voy.
Ayer vi en Telemadrid (soy un progresista que acepta opiniones de la derechona cavernaria porque de ella provengo) a un portavoz de no sé qué grupo de los que han florecido en el centro de Madrid. Melchor Miralles le hizo un par de preguntas que no recuerdo cuáles fueron (lo siento) y el joven portavoz dijo que él no podía dar su opinión, que estaba allí en calidad de portavoz y sólo haría declaraciones relacionadas con lo que se hubiese tratado en las asambleas de los días previos. Todo esto lo dijo con el gesto más serio que podáis imaginar, así que no creo que estuviese de broma.
Está claro que una sola persona no es representativa de un grupo de varios cientos, pero como ese es el que salió en la tele, será de él del que hable. Me pareció un pobre diablo que, probablemente con la mejor intención, estaba jugando a ser político. Estaba allí para quejarse de los políticos y ya estaba ejercitándose en el arte de hablar sin decir nada aprendido de ellos. No me extrañaría que en breve haya un servicio de bicicletas oficiales para los portavoces de los distintos grupos acampados (les gustaría más un coche, pero la bici parece más “sostenible”, sobre todo si tiene pata de cabra).
Viendo a ese chaval, que no superaría los veinticuatro años, pensé en las cosas parecidas que veo a diario en mi entorno laboral: jovenzuelos con uno o dos años de experiencia técnica que están ávidos de “progresar” en el escalafón. Cursaron estudios técnicos y sólo sueñan con dedicarse a rellenar hojas Excel y a asistir a reuniones de seguimiento y a comités de cualquier tipo (vamos, que quieren ser políticos como algunos de la Puerta del Sol). Hay gente cuyo más acariciado sueño es poder decir que “gestiona un grupo de varias personas”.
Particularmente no tengo ambición de dirigir nada que no sean mis pasos cuando salgo a correr. Las pocas veces que he tenido una mínima responsabilidad sobre un grupo de personas, más mínimo aún, mi labor ha sido absolutamente prescindible (eso cuando no ha constituido un lastre). En mi descargo diré que, en esas ocasiones (sólo dos), por lo menos conseguía entretener a mis compañeros mientras ellos trabajaban para sacar adelante el trabajo productivo que, para ser realistas, era una basura infecta.
Hay quien no comprende que una persona no quiera “progresar” del modo comúnmente aceptado. Para mí sería una tortura subir en el escalafón. Yo no quiero tratar con gente que se pasa el día metida en un despacho y que sólo sabe hablar de rollos financieros y económicos. A mí me gusta hablar de pedos, de Mazinger Z, de Supervivientes, de Belén Esteban, e incluso de política y religión. ¿Alguien conoce a un grupo de “progresados” que sea capaz de mantener una conversación de cualquiera de esas cosas (sin estar borrachos, claro)?
No habría ningún problema en ser una persona simpática y sensata y subir en el escalafón, pero lo que yo veo a mi alrededor, salvo alguna honrosa excepción, es que se promociona a la gente desagradable, a los que sólo saben ganarse el respeto de los demás por la vía del miedo, a los que acaban creyéndose las absurdas mentiras que cuentan a sus subordinados para justificar su incompetencia. Eso sí, todos han recibido cursos de gestión de grupos, de aprovechamiento de sinergias, de resolución de conflictos… Hay cursos estúpidos para aburrir, y mucha gente con la acreditación correspondiente (todos listísimos) pero que no saben lo básico: tratar a la gente con educación y, ¿por qué no?, con cariño. Tampoco hace falta besar a todos cada día, a veces bastaría con decir alegremente “buenos días”.
Ya me he cansado de escribir, así que aquí termino mi sinsentido de hoy.
Tengo que reconocer que no he seguido muy de cerca todo esto de las acampadas en algunas plazas de distintas ciudades de nuestra querida nación de naciones, pero acabo de ver un lote de fotografías del poblado que han montado en la Puerta del Sol de Madrid y, sin ver más ni leer ninguno de los manifiestos que supongo que han redactado los que lideran este extraño movimiento, me atrevo a aventurar que todo esto es una sandez. Insisto en que mi base para este discurso es casi nula, pero esa es la impresión que me da.
Estoy convencido de que hay mucha gente harta de ver cómo los encargados de controlar las cosas (políticos y grandes organismos y entidades financieras) parecen no tener ni idea de qué hacer para salir del atolladero en el que estamos. Hemos gastado más de lo que teníamos y ahora, para intentar solucionarlo, sólo se les ocurre seguir gastando lo que no tenemos ¿Cabe mayor desatino?
Ciertamente es como para estar indignado (palabra muy de moda en estos días), pero mi indignación no me llevará nunca (por lo menos no lo hará de momento) a ir a ocupar la vía pública con unos centenares de personas. No me parece bien defender no sé qué causa molestando a otros que, para más recochineo, no son los culpables de eso contra lo que se clama. ¿Qué culpa tienen los vecinos de la Puerta del Sol de la pútrida situación que vivimos? ¿Por qué tienen que aguantar que al lado de sus casas y comercios haya un poblado chabolista que les impide vivir con tranquilidad?
¡Que se vayan a acampar a los jardines de la Moncloa!
En cuanto se reúnen más de cuatro personas para hacer alguna reivindicación, lo más habitual es que tres no sepan lo que han ido a defender o qué es eso de lo que se quejan. Se pide democracia real ¿Alguien sabe lo que es eso? Yo diría que es una utopía que sólo podría alcanzarse si todos y cada uno de los votantes tuviésemos el suficiente criterio como para saber qué es lo que queremos y, además, existiese alguien, que se presentase a las elecciones, dispuesto a trabajar para conseguirlo. Pero no con ánimo de lucro sino con verdadero sentido de servicio (he dicho que era una utopía ¿verdad?).
¿Qué es lo que tenemos? Un montón de votantes ignorantes (yo soy uno de ellos) y tres o cuatro partidos políticos poblados de gente que no sabe lo que defiende o, peor aún, que defiende una cosa y la contraria, predica algo y hace lo opuesto. Eso es lo que hay, y es una mierda (con perdón), pero me temo que conseguir lo otro (gente que sepa lo que quiere y gente que esté dispuesta a trabajar para llevarlo a cabo) es imposible. Entonces ¿qué quiere esta panda de campistas?
Me temo que muchos de los que han decidido hacer de estas plazas su hogar, no saben lo que quieren pero, como nos pasa a muchos, les mola ser el centro de atención de los noticieros y ver cómo los políticos contra los que claman, ahora dicen compartir las quejas de estos revolucionarios campistas. ¡Qué bonito es ver al criticado siendo comprensivo con el crítico!
Confío en que la tontería no vaya a más y no les dé a nuestros salvadores por ponerse a quemar mobiliario urbano, coches y escaparates que suelen pertenecer a gente humilde de esa a la que estos solidarios profesionales siempre dicen defender.
Para terminar haré un ruego a estos abnegados defensores de la democracia real y la libertad absoluta: Dejadnos tranquilos y volved a vuestras casas. Desde allí, escribid cartas de queja a quien queráis, redactad alegatos a favor y en contra de lo que creáis oportuno, trabajad con ahínco para crear un partido político que pueda desbancar a estos que tenemos. Cualquier cosa parece más útil que llenar de putrefacción las calles de nuestras ciudades.
La climatología adversa ha hecho que hoy aproveche mi reclusión hogareña para volver a escribir alguna majadería. Podría hablar de esa sentencia del Tribunal Constitucional que, cuando quiere, toma decisiones a toda velocidad, pero como no me da la gana hacer publicidad gratuita a algunos necios (a otros sí), no hablaré de eso y, en su lugar, os contaré una simpática anécdota que protagonicé el jueves pasado y que presenció como testigo principal un simpático amigo.
Desde mi traslado a la sede central de mi empresa en calidad de ocioso, casi todos los días como en compañía de un antiguo amigo al que conocí hace años en otra de las firmas (llamar así a las empresas queda tan elegante como llamarse consultor en lugar de cualquier otra cosa) por las que pasé. Unos días vamos en modo marginal los dos solos, y otros nos acompaña algún otro abnegado compañero que, tras soportar una sobremesa con nosotros, no suele repetir.
El jueves fuimos a degustar sendos menús a ese restaurante tan denostado y que a mí tanto me gusta: Burger King. Como teníamos vales de descuento, aprovechamos para tomarnos dos hamburguesas cada uno. Este restaurante tiene la particularidad de que hay barra libre de refrescos. Te dan el vaso y tú lo rellenas cuantas veces quieres en unos expendedores situados en la zona del público.
No había mucha gente y pudimos sentarnos en una mesa bastante aislada. La única persona cercana era un hombre que, por el oscurísimo tono de su piel, supongo que sería del África subsahariana. Allí estaba él sin sospechar lo que estaba a punto de presenciar.
Comenzamos a comer con fruición nuestras hamburguesas mientras departíamos cordialmente sobre temas variados, entremezclando la política con críticas a nuestra empresa y comentando cualquier sandez que nos viniera a la cabeza. Mi primera dosis de Cocacola fue ingerida rápidamente y, dejando a mi compañero de mesa con la palabra en la boca (yo soy así de educado), me levanté a rellenar el vaso nuevamente aprovechando el privilegio que nos brinda ese establecimiento.
El paseo hasta el dispensador de bebidas hizo que los gases que se acumulaban en mi intestino se recolocasen adecuada y ordenadamente en la recta de salida (más bien “el recto”). Yo, que soy un demócrata de toda la vida y detesto la represión de cualquier tipo, decidí que aquella tensión debía ser liberada a toda costa. Tracé un plan o, como dicen los modernos, una “hoja de ruta” para llevar a cabo la operación flatulenta. Miré a un lado y a otro y me di cuenta de que mi acción no provocaría daños colaterales porque no había nadie en la zona de influencia de la andanada que pretendía soltar. Llegué a mi sitio y, para no comportarme de un modo traicionero con mi fiel amigo, deposité el vaso de Cocacola en la mesa a la vez que dije: “voy a peerme”. En ese momento algo hizo que presionase los gases con mis músculos abdominales (que son de un tamaño y vigor desmesurado) pero olvidase relajar el esfínter anal. Esto, como sabe cualquier aficionado a la “pedorrística”, es lo que genera el sonido trompetero que tanta risa provoca a unos y tanto desagrado a otros, por lo que mi acción, que pretendía ser secreta, se llevó a cabo con ostentosa sonoridad.
Mi error de cálculo provocó un cornetazo de tal nivel que, de haber estado por allí la policía municipal, hubiese sido multado por incumplir las normas en cuanto a contaminación acústica.
Me quedé petrificado en una pose un tanto cómica, a medio camino de aposentarme en la silla. Mi compañero de mesa, que masticaba con alegría un sabroso bocado de hamburguesa, no pudo evitar reírse y lanzar algunas partículas de comida hacia mi necia persona. Tras ese ataque involuntario, cerró la boca como pudo y enmudeció para mirarme con cara de sorpresa.
Yo comencé a carcajearme en silencio al darme cuenta de que, al evaluar los posibles daños colaterales, no había contado con nuestro vecino africano que, por estar sentado en la esquina de su cubil, había pasado desapercibido a mis “radares”. No me atreví a mirar hacia él, pero mi querido amigo me dijo más tarde que también había pasado un rato hilarante al presenciar tan poco habitual espectáculo. Tal vez en su país de origen sean más tolerantes que en España con estas manifestaciones “diodenales”.
Gracias a Dios, las únicas víctimas de mi pútrida acción se tomaron con alegría el ataque, así que no tuve que asumir ninguna responsabilidad ni pedir disculpas a nadie (no hubiese podido aguantar la risa al pedirlas).
Cuando conseguimos calmar nuestro ataque de hilaridad, terminamos de comer y regresamos con renovado espíritu (en mi caso también renové mis entrañas) a nuestros puestos de trabajo. Para que luego digan que peerse es algo inaceptable.