domingo, 15 de junio de 2014

Soluciones en 140 caracteres


No sé si antes del advenimiento de las redes sociales y de la posibilidad que ahora tenemos para opinar sobre cualquier cosa, éramos tan "listos" como somos ahora. En Twitter, además de decir tonterías, que es una cosa muy sana que a mí me encanta, hay gente a la que le gusta dar recetas para resolver los problemas del mundo en ciento cuarenta caracteres o, mejor aún, insultar con acritud a cualquiera cuyas ideas se crean inaceptables para el insultador que, por supuesto, es un ser tolerante, demócrata y dialogante.
En cuanto alguien difunde algo negativo de quien nos cae mal, lo publicamos en nuestro muro, "timeline" o comoquiera que se llame el artefacto de la aplicación correspondiente. Si es algo positivo para quien nos cae bien, también lo hacemos. Esto último, sea verdad o mentira, por lo menos no hace mal a nadie (o sí, dependerá del caso).
Muchas veces, con nuestra mejor intención, damos pábulo a cosas que son absolutamente falsas o cuya veracidad no hemos intentado comprobar de ningún modo. Es tan difícil confirmar la veracidad de las cosas que, particularmente, yo me niego a publicar nada que constituya una acusación directa a personas concretas, conocidas o no. ¿Cómo podemos saber que esa foto que nos llega de alguien a quien dicen que se busca por asesino, violador, corrupto, ladrón, etc. no es de una persona normal a la que alguien quiere jugar una mala pasada? ¿Cómo podemos estar seguros de que esa información que habla de la peligrosidad o bondad de cierto producto no es una campaña publicitaria cutre, a favor o en contra de ese producto?

Siguiendo con el tema de la banalización de la opinión, hay mucha gente que está segura de que España recuperaría el bienestar total simplemente con sustituir la monarquía por una república. Particularmente la monarquía me parece una sandez, pero dudo que por poner a un jefe de estado democráticamente elegido de entre los tres o cuatro que dispongan como elegibles, las cosas vayan a cambiar mucho.
Otros piensan que sería magnífico acabar con el modelo democrático actual, en el que sólo votamos para elegir representantes, para sustituirla por la democracia directa, en la que todos (y todas, claro) decidiríamos sobre todo (¿hay que decir aquí también "y toda"?). Lo que nadie dice es quién decidiría qué cosas habría que preguntarnos y qué cosas no. Tal vez tendrían que ser esos representantes que elegiríamos del modo habitual o, como dicen algunos: los más preparados (no sé cómo se identifica a los mejor preparados porque conozco a gente con título bastante necia y a intitulados la mar de avispados).

¿De verdad pensamos que se puede someter todo a referéndum? ¿Con qué criterio podríamos opinar sobre tantas y tantas cosas que hay que decidir en un gobierno?
No digo que los que gobiernan lo hagan bien, pero si todo lo decidiésemos entre todos, me temo que nunca se decidiría nada o, los más listos y poderosos, haciendo uso de los medios de comunicación, convencerían a la mayoría para apoyar lo que ellos decidiesen. ¿Habríamos ganado algo, o seguiríamos igual pero gastando mucho más dinero en tanta consulta?

Muchas cosas están mal y que hay que resolverlas, lo mismo que ha ocurrido en otras épocas. Hay mucha gentuza en muchas partes, pero no todo el mundo es gentuza todo el rato y todos lo somos de vez en cuando. Las cosas son más complejas de lo que parecen y las soluciones de ciento cuarenta caracteres no suelen ser muy eficaces, sobre todo cuando casi todos esos caracteres sirven para insultar. Opinemos, debatamos, y discrepemos, pero con cabeza y sin dar por hecho que los que piensan diferente son una panda de cernícalos (a veces lo serán, pero no siempre) o que todo es muy sencillo de resolver.

sábado, 24 de mayo de 2014

Hablemos de fútbol


En este sábado 24 de mayo, en el que tantos españoles están viendo un partido de fútbol apasionante, yo he decidido ponerme a escribir algo.
De fondo oigo el ruido de la lavadora en lugar de los comentarios de los locutores de radio y televisión narrando las jugadas de los ídolos de tantas y tantas personas. Nunca he sido amante del fútbol y, en general, de ningún deporte como espectáculo. Sí que me gusta practicar algunos, pero no me parece entretenido verlos en la tele o en directo. Reconozco que algunos deportes sí son espectaculares, por ejemplo, el descenso en bicicleta por rampas imposibles, me parece absolutamente impresionante, eso sí, también creo que es una locura hacer lo que hacen. Los vídeos de los hombres pájaro, esos que se lanzan con un traje pintoresco con una especie de alas entre los brazos y el tronco, también me resultan muy entretenidos, pero, nuevamente, pienso que el riesgo es excesivo.

No dudo que el fútbol tiene su arte, su dificultad y, en ocasiones, su belleza, pero nunca he sentido la más mínima atracción por todo lo que lo rodea. Supongo que esta falta de afición es heredada de mis padres. Ni a ellos ni a mis familiares más cercanos los vi jamás enfervorizados con el tema futbolero, y yo diría que la pasión por cosas tan aparentemente tontas como esta, es más fácil heredarla que adquirirla por cuenta propia.
Acaba de marcar un gol el "Atleti". Con esto me doy cuenta de que os he engañado un poco. Dije que no estaba escuchando la radio ni la tele, pero lo cierto es que tengo el "transistor" a mi lado y, de vez en cuando lo enciendo para ver cómo va la cosa. ¿Será que me estoy aficionando al deporte rey?

La verdad es que, con toda la atención mediática que se le da al tema, no parece raro que cada vez haya más futboleros. Soy de los que piensa que con una intensa campaña publicitaria se puede convencer a la gente de consumir o hacer casi cualquier cosa, por absurda que parezca, y el fútbol lo tenemos metido hasta en la sopa, con lo que no es raro que incluso alguien tan lejano a esa afición, pueda acabar enganchado.
Llevamos unos días en los que no dejan de hablar del "trascendental" partido de hoy y yo me pregunto ¿dónde está esa trascendencia? ¿En qué cambiarán nuestras vidas tras este encuentro?

Habrá personas que, cuando su equipo haya ganado, serán felices durante unas horas, a lo sumo hasta mañana cuando, al llegar a Madrid su maravilloso equipo, se integren en la masa de contentos simpatizantes para corear vítores y compartir la alegría con la muchedumbre. A algunos les durará el gozo un poco más, hasta que el lunes, al encontrarse con sus compañeros de trabajo, amigos, familiares, vecinos y cualquier otro conocido cuya adscripción futbolera, contraria a ellos, conozcan.  Les mirarán con una sonrisa maliciosa y les dirán algo así como: "vaya paliza os dimos ayer". Parece una tontuna, pero yo creo que algo tan simple como eso puede hacer que la grisácea jornada de mucha gente se transforme en un día magnífico, así que, si algo tan simple es tan importante para tanta gente, será que no es malo.
Sé que hay unos cuantos, quizá no pocos, que, en lugar de usar estas cosas como medio para alegrarse un par de días, las toman como justificación para cometer tropelías indecentes contra otras personas, pero supongo que el problema no será del fútbol sino de esas personas que siempre encuentran una excusa absurda para comportarse como animales.

Estoy anonadado. Comencé a escribir pensando en hacer una crítica al fútbol como espectáculo absurdo y, al final, he acabado diciendo que es una buena cosa. No me entiendo ni yo mismo, así que creo que ya estoy preparado para fundar un partido político.

Sigue ganando el "Atleti" y me agrada ese resultado. Creo que algo está cambiando en mí.

sábado, 12 de abril de 2014

¿Cómo dar sustancia a lo insustancial?


Muchas veces, mientras voy en el coche oyendo la radio,  o corriendo con la música puesta, cuando charlo con algún compañero de trabajo, o cuando estoy en alguna absurda reunión laboral, se me ocurren cosas sobre las que sería interesante escribir. Pero cuando llego a casa, me pongo a hacer el tonto o a ver el resumen de "Supervivientes", y se me pasa el tiempo sin dar rienda suelta a mi capacidad literaria.
Tengo que reconocer que las reuniones con jefes son las situaciones más fecundas para generar ideas de debate sobre la estupidez humana disfrazada de solemnidad. Recuerdo que cierto político llamó a otro "bobo solemne", creo que no le faltaba razón, aunque no es menos cierto que, actualmente, aquel calificativo se le podría asignar al que lo inventó. Además, pienso que ese apelativo tan simpático sería aplicable a montones de nosotros cuando estamos representando nuestro papel, más bien "papelón", en nuestros pintorescos puestos de trabajo.
No sé cuántas veces habré visto a gente afirmando con rotundidad aquello de desconoce (regla número uno del decálogo del paripé), o comprometiéndose a que otros hagan algo que ellos saben que es imposible, o planificando unas tareas que ignoran en qué consisten, para ser realizadas por personas que no conocen y cuyos conocimientos desconocen (esto lo viví hace un par de días). ¿Cabe mayor cúmulo de despropósitos? La respuesta es sí, absolutamente sí.
Nunca acabaré de sorprenderme de la cantidad de memeces por segundo que pueden acontecer en el mundo laboral, sobre todo en la nebulosa de los "gestores". Pongo entre comillas la palabra porque dudo mucho que muchos de quienes se catalogan como tales, sepan en qué consiste esa actividad.
Mi empresa es una de tantas en las que las labores burocráticas, a pesar de su falta de eficacia y, en muchas ocasiones, su total inutilidad, están mejor vistas que las técnicas (no en vano se paga más a los burócratas que a los técnicos). Últimamente se ha puesto en marcha un concurso en el que se insta a los empleados a que pidan a sus hijos que hagan dibujos relativos al trabajo de sus padres. Ante semejante reto yo me pregunto cómo podrán explicar muchos de mis colegas a sus hijos en qué consiste su labor profesional.

Me voy a atrever a enumerar algunas de las cosas que veo que hacen los "gestores" para explicarme mejor:
-Pasear de una sala de reunión a otra con el portátil bajo el brazo y con cara de ir a resolver algo trascendental.
-Hablar por teléfono con "obreros" rebeldes que se empeñan en no cumplir los plazos que ellos han puesto al tuntún o que sus respectivos jefes (la pila de gestores que soportan los técnicos suele tender al infinito) le han pedido que exija a "su equipo".

-Contar a sus colegas lo tarde que se fueron a casa el día anterior o todo lo que trabajaron en su hogar reenviando correos del cliente a sus pupilos e ignorando los correos de respuesta de sus pupilos pidiendo aclaraciones sobre las peticiones extremadamente abstractas o contradictorias que les han pasado.
-Evaluar la labor de sus subordinados a pesar de que, en ocasiones, no saben ni cómo se llaman. Cuando sí saben ese dato, suelen desconocer qué hacen. Cuando el gestor es bueno y sabe esas dos cosas, es raro que sepa cómo hacen sus tareas. No se puede pedir tanto, lo sé.
-Ir a las empresas de los clientes para mantener reuniones en las que nadie entiende lo que dicen los demás pero todos asienten con cara de intelectuales y utilizan expresiones como "poner en valor", "hoja de ruta", "inteligencia apreciativa", "fechas agresivas" y muchas otras dichas en inglés con acento de "Madriz".
A la vista de estos cometidos, me parece que a los niños que tengan que plasmar en un dibujo tan abstractas, difusas y necias actividades, les espera una compleja labor. Menos mal que los chavales son muy imaginativos y algo se les ocurrirá. Estoy deseando ver esas obras de arte. Nada me emocionaría más que ver cómo alguien es capaz de dar sustancia a tanta insustancialidad. Si no, siempre se puede dibujar algo del estilo de la imagen que ilustra esta parrafada que, sin simbolizar nada, también puede simbolizarlo todo.

viernes, 14 de febrero de 2014

Modas lingüísticas


Sé que soy un pedante y un plomazo con las cuestiones gramaticales, pero es que hace tiempo que detecté algo que ya es una invasión mayor aún que el queísmo, y es el uso erróneo del pronombre le en singular cuando debería ir en plural o, mucho más fácil, sencillamente eliminarse.
Me refiero a frases del tipo de "le he trasladado a los ciudadanos mi agradecimiento por los esfuerzos realizados" (poner tono de Rajoy), en lugar de la forma correcta "les he trasladado a los ciudadanos...".

En esta excelente web de la Fundéu BBVAse indica que eso es incorrecto y se dan explicaciones al respecto, así os ahorro un poco de mi densa prosa.

He aprovechado para deslizar en la frase de Rajoy, además del error de poner le en lugar de les, la memez de usar el verbo trasladar en lugar de otros más apropiados como comunicar, dar, decir, contar, etc.
Como originalidad no está mal, pero cuando todo el mundo usa la misma "originalidad", la cosa deja de serlo para convertirse en paletada flagrante. Y, encadenando con otra paletez, ¿qué me decís del "sí o sí"? Es otra expresión simpática que a alguien se le ocurrió en su día y ahora hay gente que parece no saber que esa tontuna se puede sustituir por expresiones decentes como, por ejemplo, necesariamente, sin remisión, obligatoriamente, sin excusas, ineludiblemente. Hasta soy capaz de aceptar como más elegante la popular expresión de "por narices" (o por cualquier otro atributo colgandero o saliente de nuestra anatomía).

Ya metidos en harina, me atrevo a hablar también de otra cosa que, aunque no tengo claro que sea errónea, cuando la oigo, me desespero. Me refiero a eso de comenzar una frase con un infinitivo. Aquí tenéis un ejemplo:
-"Deciros que, según las cifras que nos ha trasladado la gerencia de la empresa, este año, sí o sí, tendremos que cumplir con los retos  que se nos han planteado. Para ello tendremos que crear un clima de compromiso y proactividad, así como de trabajo en grupo, de lo que es la plantilla en su conjunto."

¿Qué es eso de "deciros que"? Particularmente me siento como si fuera Tarzán el que habla conmigo.
Yo propongo comenzar la frase de alguna de las maneras que se ven a continuación:

-Quiero deciros que...
-Me muero por deciros que...
-Soy feliz al deciros que...
-He decidido deciros que...
O, si lo que se quiere es ahorrar palabras, sobra el "deciros que", la frase queda perfecta sin esa bobada precediéndola.

En la frase ejemplo de arriba he incluido otra expresión de las favoritas de todos los que hablan en la radio y en la tele. Me refiero al famoso "lo que es". Yo diría que esto se popularizó, en su formato de "lo que viene siendo", por Fiti (1), el novio de la Juani, esos dos personajes de la serie Médico de familia y ahora lo dice todo el mundo sin venir a cuento y pensando que es algo elegante.
Creo que ya es suficiente por hoy. Deciros que me ha encantado trasladaros mis inquietudes en el terreno gramatical y esperar que estas enseñanzas os sirvan para que, sí o sí, consigáis expresaros de un modo apropiado en lo que es la vida diaria.

(1)- Me acabo de dar cuenta de que he confundido "al Poli" de "Médico de Familia" con "el Fiti" de "Los Serrano", pero creo que ambos usaban esa expresión tan popular que ahora usa la gente que se cree importante.

domingo, 12 de enero de 2014

Divagaciones a partir de una película


Acabo de regresar de ver en el cine "La vida secreta de Walter Mitty" y, como me ha gustado, os lo cuento. Empezaré diciendo, para que quede constancia de mi carácter de intelectual, que la he visto en versión original subtitulada y que, además, no he pagado un duro porque mi amiga Cristina me ha invitado.
Es una película de trama sencilla, con algunas escenas muy vistosas y un bello mensaje o, por lo menos, eso me ha parecido a mí, porque ya sabemos que el arte lo entiende cada cuál como puede o como le da la gana, que para eso vivimos en un estado de derecho (esto no viene a cuento pero me gusta decirlo para que no olvidéis que soy un intelectual).
Sin ánimo de hacer "spoilers" diré que el señor Mitty aparece como un empleado normalito de la revista Life, de esos que casi nadie sabe que están allí y cuya vida es bastante simple, tanto que en su perfil de una red de contactos, no sabe qué poner para parecer una persona interesante. ¿Cabe mayor tragedia? Con lo bonito que es decir que has viajado a lo ancho y largo de este mundo (como el Capitán Tan, de grata memoria para los cuarentones y cincuentones), que has esquiado a toda velocidad por Chamonix al lado de algún personaje de la realeza, que has estrechado la mano de Sylvester Stallone (es mi ídolo), cantado en un karaoke con el Fary o recibido un beso y un libro dedicado por Belén Esteban.
A veces nos empeñamos en querer ser como otros que alguien ha decidido que son gente de éxito y no nos damos cuenta de que, para que esos brillen tanto como lo hacen, hay montones de personas alumbrándoles con sus focos o elevándolos sobre sus hombros. Personas de las que nadie sabe nada (salvo sus allegados, claro). ¿Alguien sabe quién limpia la casa de Miguel Bosé (dudo que sea él) para que sus niños crezcan felices y saludables? ¿Se habla del preparador físico que consigue que Cristiano Ronaldo tenga ese torso que tantas damas ansían abrazar? ¿Sabemos quién saca brillo a la corona de Don Juan Carlos para que luzca con elegancia en su regia cabeza? ¿Quién será el que hace las fotos a Miley Cyrus para conseguir que parezca tan chabacana y darle la fama que ahora tiene?
Seguro que todos, o casi todos (que no es bueno generalizar), contribuimos con nuestro trabajo, por cutre que parezca, a que alguien particular, o un grupo, tenga éxito (merecida o inmerecidamente), pero no deberíamos sentirnos mal por no ser nosotros los que ocupamos en centro de atención. Vale más el abrazo de un amigo que el de un fan, la charla sincera y distendida con un familiar que el debate en algún foro de renombre internacional, tirarse un cuesco en casa con los tuyos que en una cena con Su Majestad.
No sé lo que pensaréis vosotros pero, aunque agradezco los aplausos cada vez que canto en un karaoke, prefiero conocer a los que me conocen que ser conocido por todo el mundo. En cuanto al éxito en la vida, cada uno sabrá en qué consiste para él, pero a mí me parece que es tontería medirlo por el número de amigos en Facebook, los consejos de administración a los que pertenecemos, las vueltas al mundo que hemos dado, los kilómetros que hemos corrido o los millones que hemos amasado. Yo creo que los mejores logros son aquellos que nos pasan desapercibidos porque ocurren sin pensarlo y son aquellos que tienen que ver con hacer sentirse bien a otros.
Queda pretencioso decir que uno ha hecho sentirse bien a alguien, pero queda muy bien cuando es al revés, cuando se lo dices al que te ha hecho sentir bien, así que hoy le diré a mi amiga Cristina que he pasado una grata tarde gracias a su compañía y a la de Walter Mitty.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Homenaje a Don Antonio

Siempre que hablo con mi amigo Antonio nos interpelamos respectivamente acerca de nuestros queridos "papa y mama" respectivos. Como nosotros ya vamos siendo mayores, "papa y mama" ya han llegado a la vejez y no es raro que tengamos que referir alguna incidencia en su salud a la vez que nos contamos nuestros achaques, que ya se van acumulando (mi colección va en aumento a pasos agigantados).

Siempre decíamos que su "papa" y mi "papa" podrían ser buenos amigos a pesar de su aparente divergencia en la tendencia política: uno se confiesa progresista pero es capaz de reconocer que Franco hizo alguna cosa buena (la Seguridad Social y los pantanos), y el otro es de tendencia conservadora pero admirador fervientemente de Marcelino Camacho (un comunista consecuente con sus ideas). Hablando de uno y otro progenitor averiguamos su punto de coincidencia: a ambos les cae extremadamente bien el gran Walker, Texas Ranger, encarnado por Chuck Norris. Los dos detestan la maldad gratuita y admiran a quien administra la ley para castigar al malvado y proteger al inocente.

Tantas veces habíamos hablado de tontunas como esta y otras semejantes protagonizadas por nuestros padres que yo, sin conocerlo, tenía un gran afecto por Don Antonio y estaba convencido de que era una excelente persona. Un personaje que merecería uno de esos grandes premios de la paz o de la concordia -el Nobel o el Príncipe de Asturias- que suelen dar a gente de renombre que, en ocasiones, no se sabe por qué razón lo ha ganado.
A Don Antonio le hicieron una compleja operación hace unos días y, a pesar de que la cosa salió bien, ayer, de madrugada, mientras dormía plácidamente, se nos fue. Pero dejó huella incluso en personas, como yo, que sólo lo conocimos por lo que nos contaron otros.

Me decía ayer su mujer -otra gran persona- que era un hombre tan bueno que, en el hospital, daba las gracias incluso cuando le insertaban las molestas vías con sus respectivas agujas durante su convalecencia. Gente así es la que merece monumentos, y no reyes o políticos liantes. Vivimos en un mundo en el que se enaltecen la fama y el poder y se infravaloran la humildad y la bondad. El mundo funciona porque, a pesar de todos los males que nos aquejan, hay infinidad de personas buenas, como Don Antonio, que son capaces de sonreír y tratar bien a cualquiera que se cruce con ellos.
Voy a dejar de enrollarme para despedirme sonriente de ese gran hombre que se nos ha ido y desearle, no que descanse en paz, sino que siga esforzándose, allá donde esté, por difundir su buen talante entre los que aún andamos dando vueltas por este mundo.

domingo, 13 de octubre de 2013

Sinceridad sobrevenida

Una tarde de la semana que ahora concluye, cuando me preparaba para salir a trotar un rato por las calles de mi barrio, sonó el teléfono. Lo cogí y me saludó una agradable dama que me contó las ventajas de una maravillosa Visa Oro de cierto banco (no diré el nombre porque no estoy seguro de cuál era). No había que pagar gastos de mantenimiento ni de renovación ni de nada, y tampoco había que abrir cuenta en esa entidad bancaria. La tarjeta iba acompañada de los habituales seguros de todo tipo y muchas cosas más que  me hicieron quedar como un completo necio al rehusar tan ventajosa oferta.

Mi interlocutora, fiel a su misión de endosar tarjetas a tantas personas como fuese posible, insistió y me preguntó si tenía ya tarjeta Visa. Le dije que sí y que, además, me cobran unos cuantos euros de mantenimiento y renovación. Se lo dije para que se diese cuenta de que soy tonto y no me importa pagar por cosas que otros dan gratuitamente. Pero estas pistas sobre mi cerrazón al cambio no hicieron desistir a la abnegada trabajadora que, en un desesperado intento de captar algún cliente esa tarde, preguntó si vivían más personas en mi casa. Yo, un poco cansado de tanto rollo, le dije que no, que estaba más solo que la una, a lo que la simpática mujer repuso, tal vez de modo instintivo: "no me extraña".

Yo, en ese momento, no me di cuenta de lo que acababa de decir y, con ganas de zanjar la cuestión, me despedí de ella dándole las buenas tardes y pidiéndole perdón por haberle hecho perder el tiempo. Ella también se despidió y, cuando  colgué el aparato, la frase "no me extraña [que esté usted más solo que la una]", resonó en mi cabeza. Primero me hizo gracia, después me indignó y, finalmente, me hizo pensar en que tal vez sea cierto que soy un cabezota insoportable.

Sea como fuere,  tengo que reconocer que, tras esta anécdota, me entraron ganas de conocer en persona a esa simpática dama que fue capaz de expresar sus sentimientos con total libertad una vez que se percató de que conmigo no podría hacer negocio ni ahora ni nunca. Tener negocios con alguien es la mejor manera de no poder conocerse mutuamente nunca. Cuando hay intereses de por medio, la mentira suele acomodarse entre las personas.