sábado, 8 de enero de 2011

Delación y victimismo

Hace unos días experimenté el tremendo placer de tomar unas tapitas en un pequeño bar de barrio de esos que, hasta hace una semana, siempre estaban llenos de humo. Era el día de Reyes y éramos seis o siete los que allí estábamos, así que el gozo fue doble porque pudimos respirar y hablar sin humos ni ruidos circundantes.

Esta mañana he estado escuchando en Radio Nacional una tertulia en la que se hablaba sobre “los chivatos”. El tema, que pretendía tocarse de modo genérico, se ha centrado particularmente en chivarse de quien incumpla la nueva ley antitabaco. Yo pensaba que la posibilidad de denunciar cualquier cosa que uno estime que va contra la ley, ya existía, pero parece ser que uno sólo es un chivato cuando denuncia a quien incumple (según el criterio del denunciante) la nueva norma sobre el consumo del tabaco.

Durante estos días he llegado a oír comparaciones de la situación actual con la de las delaciones de algunos alemanes a sus conciudadanos judíos en la época de Hitler. Sé que la manera más eficaz de hacerse notar es la de exagerar (yo lo hago con frecuencia), pero ésta parece un tanto extrema. El victimismo me parece exagerado en una afirmación como esa.

No seré yo quien llame a la policía para denunciar a alguien que está fumando a menos de cien metros de un parque infantil ni, probablemente, a quien lo haga en un bar (tal vez le diga que no lo haga si es que me llega su humo, paso de meterme en más líos), pero si lo hace alguien a quien eso le parezca mal, estará en su derecho.

Hay quien defiende la capacidad de la sociedad de autoregularse (algunos de esos que se proclaman liberales), pero esa libertad, en el ámbito tabaquil, ya la tuvimos durante muchos, muchísimos años. ¿Y cómo se autoreguló la sociedad? Yo os lo diré:

1-Se fumaba en los institutos y en las universidades.

2-Se fumaba en los hospitales (incluso en las habitaciones de los enfermos).

3-Se fumaba en los cines, en los aviones, en los autobuses, en el Metro….

¿Dónde estaban los fumadores por la tolerancia en aquellos tiempos? ¿Quién se preocupaba de los que sólo queríamos vivir sin tener la ropa apestando a un humo que no era nuestro y nuestra bella cabellera limpia (yo tenía pelo por entonces)?

Lo más gracioso de todo es que, probablemente, la dictadura del tabaco la imponía una minoría humeante sobre una mayoría no fumadora. No tengo datos al respecto, pero yo diría que los fumadores, aunque numerosos, nunca han llegado al 50% de la población.

Con la ley anterior yo ya estaba contento. Eso sí, mis visitas a los bares eran escasas y, en ocasiones, dada la exagerada densidad de humo del local, mi entrada y mi salida del establecimiento ocurrían en el mismo minuto.

Hasta ahora los no fumadores que, como es bien sabido, somos mayoritariamente unos intolerantes de tomo y lomo (cuando no unos fascistas), acudíamos a los bares con nuestros amigos fumadores, y pasábamos allí buenos ratos de charleta con ellos sin recriminarles su humeante afición, o recriminándosela sin que, en general, tuviesen el detalle de apagar su cigarro ¡Total, el ambiente ya estaba tan cargado que un cigarro más no marcaría diferencia alguna!

Ahora son nuestros amigos fumadores los que tienen que aguantar sin fumar para poder tener un rato de amena charla. ¿Es peor esto que aquello? Es obvio que para mí es mejor, pero comprendo que para ellos sea peor. ¿Somos peores nosotros ahora que ellos antes? Yo diría que no, pero algunos han decidido que se les somete a una terrible persecución. Hace veinte años los no fumadores no éramos perseguidos, sencillamente estábamos rodeados ¿Era eso más aceptable?

Necesitamos normas que regulen nuestro comportamiento público porque, por muy civilizados que nos creamos, la realidad es que, básicamente, somos unos egoístas y lo que nos parece bien a nosotros, pensamos que a los demás tendría que parecerles igualmente acertado.

En ausencia de normas siempre hay quien sabe comportarse educada y correctamente con los demás, privándose de llevar a cabo comportamientos que puedan molestar a otros (ir a 100 Km/h por una calle de Madrid, mear en un portal, fumar o expeler ventosidades en un lugar cerrado en el que hay más gente, gritar en público, incordiar con tonterías a quien está trabajando…), pero otros no somos tan majetes y necesitamos de la amenaza de una multa para comportarnos adecuadamente. Es una pena que así tenga que ser, pero me temo que no queda más remedio de vez en cuando.

Algunos dicen que esta es una ley anti-fumadores, pero realmente es una ley de defensa del no fumador. Hay cosas que es mejor poner en positivo. Yo no tengo inconveniente en que la gente fume si quiere, sólo pido que lo hagan lejos de mí ¿Es eso tan grave?

Sé que parece ridículo incitar a la gente a no fumar y seguir llenando las arcas estatales con los impuestos del tabaco que gestiona ese mismo estado, pero a pesar de la contradicción y flagrante hipocresía yo estoy contento porque ahora no me dará tanta pereza quedar con alguien para comer o pasar un rato en un bar o restaurante.

¡VIVA LEIRE PAJÍN!

domingo, 2 de enero de 2011

Comenzamos el año

Me llena de orgullo y satisfacción dirigirme a todos vosotros en este primer domingo del año 2011. Atrás quedan doce meses en los que la crisis ha sido la reina, los controladores aéreos los malos, la selección española de fútbol la heroína y los hosteleros las víctimas de esa “terrible” ley antitabaco.

Unos hemos vivido con normalidad, otros con excesos y otros con apreturas. Básicamente ha sido un año como otro cualquiera, con desgraciados y agraciados, y cuando se acaba, como ocurre siempre, muchos deciden poner en práctica sus propósitos para mejorar su salud, su estado físico, su mente, su espíritu, su formación o, lo más elegante, su carrera profesional. También hay quien, como Roberto Carlos, quiere conseguir tener un millón de amigos en el nuevo año (por lo menos en el Facebook). Al final casi todo se queda en agua de borrajas, pero lo bien que lo hemos pasado haciendo planes, no nos lo quita nadie.

Yo no suelo hacer planes para el nuevo año porque creo que, cuando uno decide que quiere cambiar algo en su vida, lo mejor que puede hacer, es poner manos a la obra en cuanto le llega la inspiración, sin poner fechas. Si hay que esperar a que comience un año nuevo, me temo que será porque uno no está muy convencido de querer ese cambio.

En cuanto a la ausencia de planes de mejora en mi vida, tal vez todo se deba a que mi salud, a pesar del paso de los años, se mantiene lo suficientemente fuerte como para haber faltado al trabajo un único día durante el pasado año por motivos de enfermedad. Mi estado físico es más que aceptable para un vejete de mi edad. De vez en cuando tengo alguna molestia en mis rodillas, pero son cosas pasajeras y siguen sin chirriar demasiado.

Mi espíritu, aunque no tengo claro cuál es su esencia, creo que se mantiene aceptablemente tranquilo desde que he dejado de intentar convencerme de lo que no estoy convencido, y desde que acepto que dudar no es malo y tenerlo todo claro es peligroso. Algún día (tal vez no en esta vida) acabaremos entendiendo todo o aceptando que no podemos entenderlo.

En cuanto a mi formación, hace tiempo que dejé de preocuparme por no haber hecho el proyecto de fin de carrera que me hubiese servido para culminar mis años universitarios con el glorioso premio de una cartulina firmada por Su Majestad el Rey Don Juan Carlos con la que decorar el cuarto en el que ahora me hallo. En mi empresa se requiere llevar a cabo dos o tres cursos cada año para que puedan certificar que se preocupan por el avance intelectual de sus empleados, pero yo, que sé que esos cursos suelen ser un camelo en el mejor de los casos y, habitualmente, una pérdida de tiempo, cancelé mi asistencia a los tres que tenía asignados. De este modo ahorré dinero a mi departamento y, lo más importante, no perdí mi tiempo en asistir a absurdas charlas sobre cómo gestionar mi tiempo (un curso versaba sobre técnicas para hacer eso) o cómo utilizar ciertas herramientas que probablemente no tenga que utilizar nunca. Aprender cosas nuevas no siempre requiere hacer cursos o meterse en líos académicos. Muchas veces basta con leer alguna cosa o escuchar a quien sabe. Con eso no se obtienen títulos, pero satisface tanto o más que lo otro.

Mi carrera profesional está gozosamente estancada desde el año 1992 (año en el que comencé a cobrar por hacer las tonterías que hago). Rara vez he podido decir eso que mola tanto de “gestiono un equipo de x personas”. Ser “mindundi senior” tiene sus ventajas porque con la edad uno deja de sentir ese miedo reverencial por quien ostenta más altas responsabilidades. A estas alturas ya sé que los jefecillos, jefes y gerifaltes cagan y miccionan igual que yo (o con más esfuerzo), así que me limito a tratarlos con respeto y sabiendo que no son deidades dignas de alabanza y temor.

Lo de hacer más amigos puede estar bien, pero creo que es una cosa que es mejor no proponerse. Los amigos llegan sin hacer planes. Conoces a alguien y, poco a poco, con el trato continuado o esporádico, y sin necesidad de que un notario certifique nada, la amistad va surgiendo. Es necesario hacer ver que los amigos del Facebook no son necesariamente amigos de verdad (o sí, que cada cual tendrá su criterio).

Y tras estos desvaríos me despido hasta la próxima intervención. Que ustedes sean felices en el nuevo año.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Reunión de pastores...

Cada vez me prodigo menos por estos lares (perdonad la pedantería), pero aquí estoy nuevamente dispuesto a romper el silencio.

Han pasado más de dos meses desde mi última intervención, y lo único que ha ocurrido es que la crisis se ha agudizado (no sé si sigue habiendo calentamiento global o si hay alguna otra pandemia con la que entretenernos este año). Yo sigo sin notarla en mis carnes, pero cada vez hay más gente cercana que sí la está catando. Menos mal que ahora mismo está ZP reunido con un montón de grandes empresarios y, entre todos, van a resolver los problemas que nos acucian. Seguro que ahora estamos todos y todas más tranquilos y tranquilas.

¡Vaya camelo que es esto de la economía! (y tantas otras cosas). Yo, como todos sabéis, soy un ignorante senior (llevo siéndolo más de cuatro décadas), pero me doy cuenta de que si uno gasta más de lo que se ingresa, es porque alguien le ha dado un crédito y se supone que el crédito, como su nombre indica, se da porque se cree en la capacidad del deudor para devolver la deuda. Lo malo es que la gente y las entidades no hacen otra cosa que pedir un crédito para pagar otro así que ¿qué credibilidad pueden tener? ¿De dónde se puede sacar esa confianza de la que tanto se habla y que parece tan importante para convencer a los inversores de dejar su dinero en un sitio y no en otro? Yo no me fiaría ni un pelo de alguien que, teniendo deudas conmigo, me pide más dinero. Y me fiaría menos aún si, estando en esa situación deudora, viese como despilfarra ese dinero que realmente no es suyo (aunque me haya dicho que me lo devolverá).

Los lumbreras que andan hablando por aquí y por allá (como lo hago yo ahora mismo, que soy casi igual de lerdo), también hablan de la necesidad de mejorar la productividad. Eso es algo que queda muy bien cuando se dice, pero llevarlo a la práctica es complicado en múltiples empresas en las que se ha hecho un montaje tan absurdo que, no es que sea imposible ser productivo, es que sobra más de la mitad de la gente porque se han ideado infinidad de tareas superfluas o, peor aún, que sólo sirven para que lo que se podría sacar adelante en un día, se retrase semanas o meses porque hace falta que veinte o treinta burócratas envíen sus mensajes de aquí para allá y den su visto bueno a cosas que no entienden ni tienen interés alguno en entender.

Muchos de los que hablan de la necesidad de incrementar la productividad en sus empresas, deberían comenzar por dimitir (renunciando a cobrar su millonaria indemnización, claro) porque, con gran seguridad, sus puestos son de los que más contribuyen a la reducción de esa productividad que reclaman.

Yo, como muchas personas, creo que el exceso de gasto se podría atajar con sencillez dejando de hacer cosas inútiles y caras en las empresas (públicas y privadas), en los partidos políticos, en las instituciones (políticas, benéficas, culturales e incluso en la Fundación para la Ley y el Orden de Michael Knight). Pero, cuando pienso un poco más, me doy cuenta que si se dejasen de hacer esas cosas tan caras e inútiles, se quedarían sin trabajo un montón de personas (probablemente yo sería uno de ellos), con lo que la supuesta solución desembocaría en la agudización de otro grave problema: el paro.

Pero, si sigo pensando, me doy cuenta de que cuando uno va por un camino que le lleva directamente al precipicio, por mucho trecho que lleve avanzado, la mejor solución es dar la vuelta. Seguir adelante es un suicidio. Volver atrás, cuando se está cansado por la dureza del camino recorrido, es probable que haga a muchos desfallecer y rendirse, pero alguien habrá que consiga encontrar la ruta adecuada para no despeñarse. Mejor será que se salven unos cuantos a que se vayan a pique todos ¿o no?

Nuestros gobernantes (me refiero a los de gran parte del mundo), a lo largo de unos cuantos años han estado llevándonos por un bello camino (por lo menos para algunos) de enriquecimiento más o menos fácil, de comodidades maravillosas, de avances estupendos y, sobre todo, de exceso de confianza en que las cosas sólo podían mejorar. Ahora estamos viendo que ese camino tan bonito nos lleva a una meta desastrosa porque todo estaba basado en un camelo: aumentar la riqueza a base de aumentar las deudas del enriquecido.

Algunos han comenzado a echar el freno, pero seguimos caminando hacia la misma meta (el precipicio), aunque sea más lentamente. No tengo ni idea de qué rumbo habrá que tomar, pero hay que pegar un frenazo y hacer un trompo para ir hacia otro lado, si no, como siempre digo, acabaremos viviendo en un mundo al estilo Mad Max (a lo mejor es divertido). Lo que espero es que los "pastores" que nos guíen de ahora en adelante no sean la panda de lerdos (bienintencionados en muchas ocasiones) que nos han guiado hasta donde estamos.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La huelga (de las narices)

Llevamos ya varios meses con el rollo de la huelga general. Supongo que se avisó con tanto tiempo porque los convocantes tenían sospechas de que no sería secundada con docilidad por tanta gente como a ellos les gustaría, así que, cuanto más tiempo tuviesen para dar el tostón, ellos y los medios de comunicación, más calaría la cosa y mejor podrían ir sembrando la duda sobre la posibilidad de ir a trabajar el día 29 de septiembre en caso de querer hacerlo.

Particularmente detesto cualquier acto de tipo masivo y generalizado porque, con gran probabilidad, dañará a algún inocente. Si hay una manifestación, está claro que, cuanto más masiva, mejor para el convocante en términos de capacidad de convocatoria y renombre adquirido, pero peor para los vecinos de la zona que quedan atrapados en su casa o sin poder llegar a ella a causa del sacrosanto derecho de la gente a manifestarse.

Si hay huelga general, supuestamente en contra de las medidas gubernamentales, se hace una faena a montones de pequeños empresarios que no tienen ninguna culpa (la mayoría no creo que la tengan) de las leyes que dicta el poder ejecutivo. También se fastidia a grandes empresarios, pero a esos niveles no creo que el daño sea excesivo (soy un ignorante, así que es probable que esté equivocado). Otros inocentes damnificados serán los que, queriendo ir a trabajar, no puedan hacerlo porque no puedan dejar a los niños en el cole o porque no haya modo de llegar a su lugar de trabajo. En consecuencia perderán el sueldo de un día y, para más inri, serán contabilizados como huelguistas convencidos por los jetas de los convocantes.

En fin, que veo demasiados inocentes castigados y no tengo claro que ese paro generalizado vaya a surtir algún efecto.

Congelar pensiones, alargar la vida laboral, abaratar el despido y todas esas medidas (no sé cuáles más hay) del nuevo decreto de ZP, son cosas no gratas para quienes estamos afectados por ellas. No tengo claro si servirán para que se cree empleo, pero sí servirán para ahorrar dinero. No me parece bien es que se ahorre dinero por ese lado y se siga despilfarrando en montones de gilipolleces como viajecitos a Nueva York a decir memeces, campañas electorales para ver si Trini o Tomás serán candidatos a presidir la comunidad de Madrid o muchas otras estupideces carísimas que se hacen porque, según dicen, su coste es mínimo comparado con lo que se necesita para acabar con el déficit. Pues será mínimo, pero muchos mínimos sumados constituyen una suma considerable y, sobre todo, sirven para dar ejemplo de austeridad.

En cualquier caso, aunque ZP y su troupe me parezan una panda de impresentables, no me da la gana hacer huelga, así que iré a trabajar (tengo suerte de poder ir en coche) y si me encuentro a algún piquete “informativo”, a lo mejor tenemos que “informarnos” mutuamente con mucho “cariño”.

Ayer hablaba con una amiga sobre esto de la huelga y me decía que ella la haría si viese que fuese a tener más seguimiento. Se quejaba de que la gente no se moviliza, que no nos unimos para evitar que nos quiten derechos. Me parece una forma de pensar tan respetable como otra cualquiera, pero no acabo de entender eso de que “la gente no se moviliza”. Parece que estamos esperando a que alguien (siempre otro que no seamos nosotros mismos) nos organice para salir en masa a la calle, para hacer huelga o para ir a hacer botellón (cualquier cosa masiva me vale). “La gente” o “la sociedad” siempre son las culpables de todo. Que si no se movilizan, que si no son solidarios, que si van a su bola… ¡Porras! El que quiera peces, que se moje el culo. ¿Queremos que “la gente” se movilice? ¡Pues convoquemos a la gente! ¿Queremos que la gente sea solidaria? ¡Pues convenzámosles de lo bonito que es serlo!

Ya sé que eso es fácil de decir y difícil de hacer, pero igual que es difícil para nosotros, lo es para otros, así que no pidamos que otros hagan lo que nosotros no somos capaces de hacer.

Tal vez la demanda es para que sean nuestros “representantes” políticos y laborales (se supone que estos últimos son los sindicalistas) hagan esas cosas. Es probable que así sea pero, entonces, si nos convocan y mayoritariamente no les hacemos caso, será que no nos convencen sus argumentos o, sencillamente, que estamos muy bien como estamos. Que me dejen de solidaridades baratas y de actos de protesta que me perjudican a mí más que a aquel contra el que protesto. Quiero hacer lo que me dé la gana (sin molestar) y que me dejen tranquilo ¿tan malo es eso? Paso de alinearme con nadie, estoy harto de bandos y de grupos que sólo buscan ser multitudinarios para, a falta de argumentos, poner sobre la mesa mayorías. Desgraciadamente parece que convence más una muchedumbre vociferante (o educada, que de todo hay), que unos argumentos adecuadamente hilvanados.

Dentro de la masa, arropados por el grupo, las personas más necias se crecen y son capaces de cometer las más grandes injusticias. Sin renegar de los grupos a los que pertenezco (mi familia, mis amigos, los calvos, los corredores, los pedorros, los blogueros) pregono a los cuatro vientos mi derecho a discrepar y a no secundar lo que no me dé la gana.

Y ahora que cada cual haga lo que le plazca.

P.D.- Tengo que decir que, en el fondo, me apetece que llegue el día de la huelga. Será divertido ver qué pasa. Incluso me gustaría encontrarme con algún piquete para dialogar con él y convencerle de ir a trabajar (tal vez yo acabe huyendo, que para eso me entreno a diario con la carrera pedestre).

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Malos humos en el coche

Ya tenemos una nueva polémica a costa del tabaco. No diré que me parezca bien que las administraciones públicas se metan en la vida particular de la gente, pero en esto del tabaco hay gente que no se da cuenta de que su pasión privada (fumar) puede influir negativamente en la pasión privada de otros que tienen cerca (respirar).

Ya he dicho más de una vez que estoy agradecidísimo a la “injerencia” estatal en las vidas de tantos y tantos fumadores, todos educadísimos, que fumaban sin pudor en sus puestos de trabajo por la sencilla razón de que no había norma alguna que se lo impidiera (la educación la dejaban atrás después de decir “buenos días” cada mañana). Yo, como tantos otros, tenía que aguantar día a día que algunas personas encendiesen sus cigarros para poder trabajar relajadamente mientras los que había a su alrededor tenían que aguantarse sin rechistar (o rechistando ¡para lo que valía!).

Hoy en día puedo acudir al trabajo sabiendo que mi ropa no apestará al llegar a casa (salvo que me dé por sudar como un gorrino). Aún tengo problemas para encontrar un bar en el que esté prohibido fumar, pero puedo pasarme sin ir a esos lugares, así que no me quejaré. Sí diré, no obstante, que los que trabajan en bares, restaurantes y disco-pubs, parecen no tiner el mismo derecho que tengo yo a un ambiente laboral libre de humos. ¡Todo sea por respetar el derecho a echar humo que tienen esos pobres seres a los que se prohíbe echarlo durante sus horas lectivas!

Ahora van a prohibir en el País Vasco que se fume en los coches en los que haya menores. Ya hay gente escandalizada porque los gobiernos no hacen otra cosa que imponer normas sobre cómo debemos vivir. ¡Vaya sorpresa! ¿Para qué sirven los gobiernos si no? ¿Hacen algo que no sea dictar normas que afectan a nuestras vidas?

Seguramente haya gente que diga que los fumadores son suficientemente sensatos como para no fumar dentro del coche con sus hijos. Conozco a gente que, efectivamente, jamás haría eso, pero también conozco a otros que lo hacen sin pudor. El que no lo hace no tiene que temer la nueva norma, y el que lo hace es probable que siga haciéndolo a pesar de la norma, pero si se consigue que algún bobo deje de maltratar la salud de sus hijos por miedo a la multa, me parece buena cosa.

No sé si está penado gritar a un niño en público o darle una bofetada (probablemente sí). Tal vez esa prohibición no le parezca mal a nadie, pero cuando se ve a ciertos padres que acarrean a su prole a bares inundados de humo y que viajan en sus coches con la atmósfera cargada de putrefacción tabaquil, parece que nadie se escandaliza (yo sí).

Como siempre pasa, cada uno vemos mal lo que nos molesta y bien lo que nos satisface. Nos cuesta mucho aceptar que ciertas cosas que nos gustan puedan molestar o ser perjudiciales para otros. Por eso, desgraciadamente, a veces necesitamos que los gobernantes (que en muchas ocasiones son unos golfos y unos cretinos) dicten normas para salvaguardar los derechos de unos de ser pisoteados por otros (muchas veces sin malicia y sin darse cuenta, eso sí).

Está claro que hay muchas normas que entran en contradicción con otras: ¿para qué prohibir fumar si se sigue vendiendo tabaco?, ¿para qué vender coches de alta cilindrada si no se puede correr?, ¿para qué se recortan los sueldos de los funcionarios si luego se gasta dinero en chorradas inútiles?, etc.

Pero esas contradicciones no evitan que algunas de las cosas que se hacen tengan algo de sentido y realmente defiendan a quien debe ser defendido o, más bien, lo intenten, porque nadie está a salvo de nada por el hecho de que exista una ley que “garantice” sus derechos. Para eso están, o estamos, los delincuentes que nos encargamos de contravenir las normas cuando nos place.

martes, 31 de agosto de 2010

Meteduras de pata


Como habréis comprobado los pocos que pasáis por aquí de vez en cuando, mi capacidad creativa en el ámbito literario está de capa caída. Pero eso no quiere decir que haya renegado de mi afición escritora, sino que he sucumbido a la tentación de la pereza. Procuraré enmendarme, pero no creo que lo consiga. Entretanto seguiré sorprendiéndoos de vez en cuando con alguna inopinada aparición por estos lares.

Vamos al grano. El tema de hoy, las meteduras de pata, viene a cuento de una simpática anécdota que me ha contado mi amiga Jenny (¡qué de cosas le ocurren a la Jenny!).

Estaba nuestra protagonista reunida con varios amigos jugando a “tabú”, ese juego que consiste en que uno (o varios) tiene que describir a otro (u otros) un concepto, cosa, acción, o lo que sea, pero sin utilizar ciertas palabras (incluida la que es objeto de definición).

Jenny estaba emocionada porque era su turno de adivinar lo que intentasen explicar un par de simpáticos personajes a los que acababa de conocer (hombre y mujer). Ambos revisaron la tarjetita en la que aparecía la palabra que tenían que intentar que Jenny adivinase. La leyeron, se miraron el uno a la otra y la otra al uno, pusieron cara de póker y, como única explicación se les ocurrió decir: “Es lo que somos nosotros dos”.

La emocionada sonrisa de Jenny se tornó sombría, y su brillante mirada se nubló.

-¡Vaya mierda de pista! –pensó Jenny-
-Aparte de gordos, no sé qué pueden ser estos dos” –caviló ella al constatar la evidencia de su sobrepeso-
-Pero no puedo decir eso, a lo mejor les molesta.
-Vamos a ver ¿qué otra cosa pueden ser estos dos gordos? Calvos no, porque eso lo es él nada más. Elegantes tampoco, porque él ha venido con un chándal de los Escolapios y ella con unas mallas que no consiguen atrapar sus lorzas abdominales. ¿Guapos? ¡No! Ni de coña. ¿Feos? Un poco, pero es más duro decir “feos” que “gordos”.
-Es que sólo les veo unidos por la gordura. Tiene que ser eso.
-Pues nada, esa debe ser la palabra que se oculta tras su escueta pista, pero debo decirlo del modo más educado posible.
-A ver cómo lo digo. ¿Obesos? No, que eso implica demasiada gordura. ¿Gorditos? Tampoco, que queda demasiado ridículo.

¡Ya lo tengo!

Jenny, tras esa larga meditación interna, se decidió y espetó: ¡Gruesos!

Los dos amigos se quedaron patidifusos. La chica se quedó callada y un tanto azorada, y el chico dijo: ¡Te has pasado Jenny!

La palabra que intentaron explicar, con nulo éxito, era “solteros”. ¡Ambos eran solteros! ¡Cómo pudo Jenny no caer en ello!

¡Vaya cagada! Jenny no sabía dónde meterse ¡qué vergüenza pasó la pobre! Ni siquiera las risas del resto de los congregados alrededor de aquel tablero de juego sirvieron para aplacar el rubor que se concentraba en sus mejillas y las ganas de ser tragada por la tierra.

Jenny nunca ha vuelto a ver a esos dos amigos. ¿Le guardarán rencor por aquello? ¡Quién sabe! De todos modos, para contrarrestar el mal trago que pasó nuestra amiga, desde aquí quiero hacerle llegar todo mi apoyo y, si me lo permitís, el de esta inmensa familia de Libertad Diodenal.

Ahora, si aún hay alguien por ahí, os ruego que os animéis a contar alguna metedura de pata simpática de la que hayáis sido protagonistas o, mejor aún, víctimas.

martes, 27 de julio de 2010

Se acaban las vacaciones

Se van terminando mis vacaciones y no he hecho ni caso al blog. Si os digo que no he tenido tiempo de hacerlo no os lo creeréis, así que mejor no os lo digo. El caso es que, a pesar de no haber abandonado mi hogar (cada noche he dormido en mi camita) las vacaciones han resultado gratas: he pedaleado, corrido y nadado con prodigalidad; he paseado algún día por el monte y he tenido tiempo de volver a ver a alguna que otra persona de esas a las que veo de higos a brevas. También he visto esa gran serie televisiva llamada “The Pacific” y la cuarta temprada de “Heroes”. ¡Incluso me ha dado tiempo a leer una bellísima novela (“Juntos, nada más” de Anna Gavalda). ¿Qué más se puede pedir para unas vacaciones? ¡Y todo sin abandonar mi residencia habitual!

Aprovecharé que he cogido carrerilla para contar una cosa sin interés (como es habitual). El domingo pasado fui a pedalear al monte con un grupo de ciclistas (éramos doce y sólo conocía a dos de ellos) y yo era el único que no llevaba casco. Unos cuantos de los asistentes se preocuparon por mí y me instaron a llevarlo para evitar quedarme tieso, o tonto (aún no saben que esto último ya no lo puedo evitar) en una caída. Yo les dije que me parece excelente que quien quiera use el casco, rodilleras, traje de motorista y airbag (también los hay para motoristas, así que se podrán usar en una bicicleta), pero que, de momento, yo no veía la necesidad de usarlo. Sí, soy un inconsciente, tanto como lo éramos todos hace diez años.

Ahora veo a gente que sale a dar una vuelta por su jardín que se pone el casco. También hay quien saca a los niños de cuatro años con su “correpasillos” y les pone casco (un tanto volandero). Me parece bien que la gente sea tan cuidadosa con estas cosas. Yo creo que exageran un poco, pero no pasa nada por exagerar, no hacen mal a nadie y pueden ahorrarse algún susto.

Lo que no entiendo es que algunos, como los que estaban preocupados por mi integridad física, tras el periplo se tomaran un par de jarras de medio litro de cerveza (con alcohol) y, acto seguido, cogieran el coche para regresar a sus hogares. Cierto es que no les ocurrió nada. No sé si con un litro de cerveza en el cuerpo el nivel de alcoholemia es suficientemente elevado como para no deber conducir (creo que sí), pero me llama la atención el extraño criterio que tenemos sobre lo que es peligroso y lo que no lo es.

Yo, por no llevar el casco, me pongo en peligro a mí, pero a nadie más. El que bebe más de la cuenta y se pone a conducir, pone en peligro a otros (además de a sí mismo). Creo que, a pesar de que soy un necio inconsciente, mi actitud es menos estulta que la de los que usan el casco incluso para cagar y luego conducen tras haber ingerido un litro de cerveza.

También tengo que añadir que yo, en las bajadas por caminos o carreteras de monte, donde nunca sabes cuándo puede aparecer un bache, desciendo con cuidadito para evitar pegarme un trompazo. Nuestros prudentes amigos del casco se dejaban caer a velocidades que superaron los 70 Km/h. No pasó nada, pero me temo que un casco no les hubiese salvado de quedarse hechos una mierda, o de viajar a la quinta dimensión, en caso de pillar un socavón o, peor aún, encontrarse de frente con algún otro grupo de esforzados ciclistas subiendo por la cuesta que bajaban como alma que lleva el diablo.

Bueno, ya me he justificado para seguir sin llevar casco en los lugares en los que la ley no lo exige. Ahora aprovecharé para hacer publicidad de un dispositivo que vende uno de mis hermanos. Es un cigarrillo electrónico que sirve para fumar sin hacerse daño y, lo que es más importante, sin molestar a los demás. Son unos cigarros de plastiquete con un dispositivo eléctrónico que se carga mediante un conector USB. Aportan nicotina al que la quiera o, sencillamente, permiten inhalar un vapor aromático que no es perjudicial y que sirve para perfumar el ambiente y la bocaza.

No cuento nada más porque seguro que digo alguna cosa que no es cierta. Es mejor que echéis un vistazo a la web y que recomendéis este maravilloso producto a todo aquel que esté cerca de vosotros echando humo sin parar.