Hoy ha sido un día para meditar sobre el sufrimiento. Por la mañana he salido a correr y me he encontrado con los esforzados corredores de una carrera pedestre de 100 Km (¡qué burrada!). Tenían que dar diez vueltas a un circuito de 10 Km. Y, como yo no tenía una ruta prevista, me he puesto a correr con ellos (que llevaban trotando dos horas y media cuando yo he comenzado). Sólo he dado dos vueltas (más o menos) y he acabado un tanto cansado de tanta subida y bajada, así que no quiero ni pensar el sufrimiento que habrán tenido que afrontar los que hayan culminado las 10 vueltas.
Ese es el primer sufrimiento del día, el sufrimiento voluntario.
Pasemos al segundo. He ido a comer a casa de mis padres (soy un gorrón impenitente, como ya sabéis los que me conocéis) y, cuando aún no estaba la mesa puesta, ha llamado un amigo de mi hermano (de uno de ellos) para comunicarnos que se había caído de la bicicleta y se lo había llevado el SAMUR a La Paz (un hospital madrileño, para el que no sea de aquí).
Aquí tenemos dos tipos de sufrimiento, el del amigo que, sabiendo que mi hermano estaba bastante mal, ha tenido que pasar el trago de decírselo a mis padres y el de mi hermano que, a causa de su caída estaba, y está, bastante dolorido.
Cuando el amigo de mi hermano ha llamado, como se ha puesto mi madre, no se ha atrevido a contar cómo estaba la cosa (cómo había visto él a mi hermano) y le ha dicho que no se preocupase, que no estaba muy mal. Con esa información esperanzadora he comido yo a toda velocidad (creo que en diez minutos he comido sopa, albóndigas y fresas) y me he ido al hospital. Allí, mientras buscaba quien me informase del estado de mi hermano, providencialmente me ha escuchado el enfermero del SAMUR que lo había atendido y me ha dicho que le estaban haciendo un escáner para ver si tenía algún problema en la espalda, porque mi hermano se quejaba de tener fuertes dolores en ella, pero no me ha dado más información. De hecho yo he pensado que la cosa no debía de ser muy seria, porque no me ha dicho que se hubiese roto piernas, brazos o cualquier otra cosa.
He ido de ventanilla a ventanilla para saber si podía ver al enfermo pero lo único que he conseguido ha sido la indicación de que esperase en una sala de espera atestada de gente esperando a ser atendida y los familiares de esa gente (¡algunos iban acompañados de nada menos que cinco personas!). Allí he estado unas cuatro horas esperando a que me llamasen. Sólo me he ausentado de la sala un par de minutos, uno para sacar un bote de agua de la máquina y otro para coger un Phoskito (hacía mucho que no comía uno) para merendar. El caso es que, finalmente la que me ha llamado ha sido mi madre. Me ha comunicado que habían recibido una llamada del hospital preguntando si no había nadie por allí para acompañar al accidentado. ¡En fin! Con tanta gente en la sala de espera, no me extrañaría que me hubiesen llamado y no les hubiera oído, pero tampoco me resultaría raro que me hubiesen estado llamando en otro lugar distinto del que me dijeron o que, sencillamente, nadie me hubiese llamado. ¡Un desastre! Desastre comprensible porque lo cierto es que había mucha gente.
Nuevo sufrimiento, el mío esperando durante cuatro horas a que alguien me dijese algo de mi hermano.
Finalmente he conseguido llegar a donde estaba el accidentado, la sala de reanimación de traumatología, y me he llevado una ingrata sorpresa, estaba tumbado en la camilla, inmóvil y con la cara bastante raspada. La cosa parecía bastante peor de lo que yo había pensado. Pensé encontrar a mi hermano con ese típico camisón hospitalario con el que se te ve la espalda y el culo si te pones de pie, pero no ha sido así. Otro tipo de sufrimiento más, el de la decepción de encontrarte una realidad peor de la que te esperas.
Luego han llegado unos amigos de mi hermano para visitarle: Su acompañante de peripecias bicicleteras y, hoy por hoy, su salvador, junto con otros cuantos buenos amigos. He subido con uno de ellos a la sala de reanimación y allí hemos estado diciendo algunas tonterías con el encamillado hasta que ha salido la doctora a contarnos la situación del paciente.
Al saber que tenía unas cuantas vértebras machacadas, el hueso del pómulo con fractura y algo de sangre en los pulmones no he podido evitar sentir un mareo que me ha obligado a sentarme. Es de agradecer que la doctora fuera simpática y animosa y haya restado importancia a esta situación al contarnos que el gran Jesulín de Ubrique, cuando tuvo aquel accidente de coche hace unos años, estuvo muchísimo peor que mi hermano y ahora está como una rosa. Gracias a eso ya no sufro tanto.