viernes, 14 de febrero de 2014

Modas lingüísticas


Sé que soy un pedante y un plomazo con las cuestiones gramaticales, pero es que hace tiempo que detecté algo que ya es una invasión mayor aún que el queísmo, y es el uso erróneo del pronombre le en singular cuando debería ir en plural o, mucho más fácil, sencillamente eliminarse.
Me refiero a frases del tipo de "le he trasladado a los ciudadanos mi agradecimiento por los esfuerzos realizados" (poner tono de Rajoy), en lugar de la forma correcta "les he trasladado a los ciudadanos...".

En esta excelente web de la Fundéu BBVAse indica que eso es incorrecto y se dan explicaciones al respecto, así os ahorro un poco de mi densa prosa.

He aprovechado para deslizar en la frase de Rajoy, además del error de poner le en lugar de les, la memez de usar el verbo trasladar en lugar de otros más apropiados como comunicar, dar, decir, contar, etc.
Como originalidad no está mal, pero cuando todo el mundo usa la misma "originalidad", la cosa deja de serlo para convertirse en paletada flagrante. Y, encadenando con otra paletez, ¿qué me decís del "sí o sí"? Es otra expresión simpática que a alguien se le ocurrió en su día y ahora hay gente que parece no saber que esa tontuna se puede sustituir por expresiones decentes como, por ejemplo, necesariamente, sin remisión, obligatoriamente, sin excusas, ineludiblemente. Hasta soy capaz de aceptar como más elegante la popular expresión de "por narices" (o por cualquier otro atributo colgandero o saliente de nuestra anatomía).

Ya metidos en harina, me atrevo a hablar también de otra cosa que, aunque no tengo claro que sea errónea, cuando la oigo, me desespero. Me refiero a eso de comenzar una frase con un infinitivo. Aquí tenéis un ejemplo:
-"Deciros que, según las cifras que nos ha trasladado la gerencia de la empresa, este año, sí o sí, tendremos que cumplir con los retos  que se nos han planteado. Para ello tendremos que crear un clima de compromiso y proactividad, así como de trabajo en grupo, de lo que es la plantilla en su conjunto."

¿Qué es eso de "deciros que"? Particularmente me siento como si fuera Tarzán el que habla conmigo.
Yo propongo comenzar la frase de alguna de las maneras que se ven a continuación:

-Quiero deciros que...
-Me muero por deciros que...
-Soy feliz al deciros que...
-He decidido deciros que...
O, si lo que se quiere es ahorrar palabras, sobra el "deciros que", la frase queda perfecta sin esa bobada precediéndola.

En la frase ejemplo de arriba he incluido otra expresión de las favoritas de todos los que hablan en la radio y en la tele. Me refiero al famoso "lo que es". Yo diría que esto se popularizó, en su formato de "lo que viene siendo", por Fiti (1), el novio de la Juani, esos dos personajes de la serie Médico de familia y ahora lo dice todo el mundo sin venir a cuento y pensando que es algo elegante.
Creo que ya es suficiente por hoy. Deciros que me ha encantado trasladaros mis inquietudes en el terreno gramatical y esperar que estas enseñanzas os sirvan para que, sí o sí, consigáis expresaros de un modo apropiado en lo que es la vida diaria.

(1)- Me acabo de dar cuenta de que he confundido "al Poli" de "Médico de Familia" con "el Fiti" de "Los Serrano", pero creo que ambos usaban esa expresión tan popular que ahora usa la gente que se cree importante.

domingo, 12 de enero de 2014

Divagaciones a partir de una película


Acabo de regresar de ver en el cine "La vida secreta de Walter Mitty" y, como me ha gustado, os lo cuento. Empezaré diciendo, para que quede constancia de mi carácter de intelectual, que la he visto en versión original subtitulada y que, además, no he pagado un duro porque mi amiga Cristina me ha invitado.
Es una película de trama sencilla, con algunas escenas muy vistosas y un bello mensaje o, por lo menos, eso me ha parecido a mí, porque ya sabemos que el arte lo entiende cada cuál como puede o como le da la gana, que para eso vivimos en un estado de derecho (esto no viene a cuento pero me gusta decirlo para que no olvidéis que soy un intelectual).
Sin ánimo de hacer "spoilers" diré que el señor Mitty aparece como un empleado normalito de la revista Life, de esos que casi nadie sabe que están allí y cuya vida es bastante simple, tanto que en su perfil de una red de contactos, no sabe qué poner para parecer una persona interesante. ¿Cabe mayor tragedia? Con lo bonito que es decir que has viajado a lo ancho y largo de este mundo (como el Capitán Tan, de grata memoria para los cuarentones y cincuentones), que has esquiado a toda velocidad por Chamonix al lado de algún personaje de la realeza, que has estrechado la mano de Sylvester Stallone (es mi ídolo), cantado en un karaoke con el Fary o recibido un beso y un libro dedicado por Belén Esteban.
A veces nos empeñamos en querer ser como otros que alguien ha decidido que son gente de éxito y no nos damos cuenta de que, para que esos brillen tanto como lo hacen, hay montones de personas alumbrándoles con sus focos o elevándolos sobre sus hombros. Personas de las que nadie sabe nada (salvo sus allegados, claro). ¿Alguien sabe quién limpia la casa de Miguel Bosé (dudo que sea él) para que sus niños crezcan felices y saludables? ¿Se habla del preparador físico que consigue que Cristiano Ronaldo tenga ese torso que tantas damas ansían abrazar? ¿Sabemos quién saca brillo a la corona de Don Juan Carlos para que luzca con elegancia en su regia cabeza? ¿Quién será el que hace las fotos a Miley Cyrus para conseguir que parezca tan chabacana y darle la fama que ahora tiene?
Seguro que todos, o casi todos (que no es bueno generalizar), contribuimos con nuestro trabajo, por cutre que parezca, a que alguien particular, o un grupo, tenga éxito (merecida o inmerecidamente), pero no deberíamos sentirnos mal por no ser nosotros los que ocupamos en centro de atención. Vale más el abrazo de un amigo que el de un fan, la charla sincera y distendida con un familiar que el debate en algún foro de renombre internacional, tirarse un cuesco en casa con los tuyos que en una cena con Su Majestad.
No sé lo que pensaréis vosotros pero, aunque agradezco los aplausos cada vez que canto en un karaoke, prefiero conocer a los que me conocen que ser conocido por todo el mundo. En cuanto al éxito en la vida, cada uno sabrá en qué consiste para él, pero a mí me parece que es tontería medirlo por el número de amigos en Facebook, los consejos de administración a los que pertenecemos, las vueltas al mundo que hemos dado, los kilómetros que hemos corrido o los millones que hemos amasado. Yo creo que los mejores logros son aquellos que nos pasan desapercibidos porque ocurren sin pensarlo y son aquellos que tienen que ver con hacer sentirse bien a otros.
Queda pretencioso decir que uno ha hecho sentirse bien a alguien, pero queda muy bien cuando es al revés, cuando se lo dices al que te ha hecho sentir bien, así que hoy le diré a mi amiga Cristina que he pasado una grata tarde gracias a su compañía y a la de Walter Mitty.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Homenaje a Don Antonio

Siempre que hablo con mi amigo Antonio nos interpelamos respectivamente acerca de nuestros queridos "papa y mama" respectivos. Como nosotros ya vamos siendo mayores, "papa y mama" ya han llegado a la vejez y no es raro que tengamos que referir alguna incidencia en su salud a la vez que nos contamos nuestros achaques, que ya se van acumulando (mi colección va en aumento a pasos agigantados).

Siempre decíamos que su "papa" y mi "papa" podrían ser buenos amigos a pesar de su aparente divergencia en la tendencia política: uno se confiesa progresista pero es capaz de reconocer que Franco hizo alguna cosa buena (la Seguridad Social y los pantanos), y el otro es de tendencia conservadora pero admirador fervientemente de Marcelino Camacho (un comunista consecuente con sus ideas). Hablando de uno y otro progenitor averiguamos su punto de coincidencia: a ambos les cae extremadamente bien el gran Walker, Texas Ranger, encarnado por Chuck Norris. Los dos detestan la maldad gratuita y admiran a quien administra la ley para castigar al malvado y proteger al inocente.

Tantas veces habíamos hablado de tontunas como esta y otras semejantes protagonizadas por nuestros padres que yo, sin conocerlo, tenía un gran afecto por Don Antonio y estaba convencido de que era una excelente persona. Un personaje que merecería uno de esos grandes premios de la paz o de la concordia -el Nobel o el Príncipe de Asturias- que suelen dar a gente de renombre que, en ocasiones, no se sabe por qué razón lo ha ganado.
A Don Antonio le hicieron una compleja operación hace unos días y, a pesar de que la cosa salió bien, ayer, de madrugada, mientras dormía plácidamente, se nos fue. Pero dejó huella incluso en personas, como yo, que sólo lo conocimos por lo que nos contaron otros.

Me decía ayer su mujer -otra gran persona- que era un hombre tan bueno que, en el hospital, daba las gracias incluso cuando le insertaban las molestas vías con sus respectivas agujas durante su convalecencia. Gente así es la que merece monumentos, y no reyes o políticos liantes. Vivimos en un mundo en el que se enaltecen la fama y el poder y se infravaloran la humildad y la bondad. El mundo funciona porque, a pesar de todos los males que nos aquejan, hay infinidad de personas buenas, como Don Antonio, que son capaces de sonreír y tratar bien a cualquiera que se cruce con ellos.
Voy a dejar de enrollarme para despedirme sonriente de ese gran hombre que se nos ha ido y desearle, no que descanse en paz, sino que siga esforzándose, allá donde esté, por difundir su buen talante entre los que aún andamos dando vueltas por este mundo.

domingo, 13 de octubre de 2013

Sinceridad sobrevenida

Una tarde de la semana que ahora concluye, cuando me preparaba para salir a trotar un rato por las calles de mi barrio, sonó el teléfono. Lo cogí y me saludó una agradable dama que me contó las ventajas de una maravillosa Visa Oro de cierto banco (no diré el nombre porque no estoy seguro de cuál era). No había que pagar gastos de mantenimiento ni de renovación ni de nada, y tampoco había que abrir cuenta en esa entidad bancaria. La tarjeta iba acompañada de los habituales seguros de todo tipo y muchas cosas más que  me hicieron quedar como un completo necio al rehusar tan ventajosa oferta.

Mi interlocutora, fiel a su misión de endosar tarjetas a tantas personas como fuese posible, insistió y me preguntó si tenía ya tarjeta Visa. Le dije que sí y que, además, me cobran unos cuantos euros de mantenimiento y renovación. Se lo dije para que se diese cuenta de que soy tonto y no me importa pagar por cosas que otros dan gratuitamente. Pero estas pistas sobre mi cerrazón al cambio no hicieron desistir a la abnegada trabajadora que, en un desesperado intento de captar algún cliente esa tarde, preguntó si vivían más personas en mi casa. Yo, un poco cansado de tanto rollo, le dije que no, que estaba más solo que la una, a lo que la simpática mujer repuso, tal vez de modo instintivo: "no me extraña".

Yo, en ese momento, no me di cuenta de lo que acababa de decir y, con ganas de zanjar la cuestión, me despedí de ella dándole las buenas tardes y pidiéndole perdón por haberle hecho perder el tiempo. Ella también se despidió y, cuando  colgué el aparato, la frase "no me extraña [que esté usted más solo que la una]", resonó en mi cabeza. Primero me hizo gracia, después me indignó y, finalmente, me hizo pensar en que tal vez sea cierto que soy un cabezota insoportable.

Sea como fuere,  tengo que reconocer que, tras esta anécdota, me entraron ganas de conocer en persona a esa simpática dama que fue capaz de expresar sus sentimientos con total libertad una vez que se percató de que conmigo no podría hacer negocio ni ahora ni nunca. Tener negocios con alguien es la mejor manera de no poder conocerse mutuamente nunca. Cuando hay intereses de por medio, la mentira suele acomodarse entre las personas.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Jobs

Hoy me apetece escribir algo, pero no se me ocurre sobre qué.  Comenzaré contando que ayer vi la película "Jobs", esa que trata sobre parte de la vida profesional de Steve Jobs, el fundador de Apple. Me pareció una película entretenida en la que se pinta a Jobs como un tipo con unas ansias exageradas de hacer algo grande, no sé si con el  ánimo de facilitar la vida a la gente o con el de conseguir hacer algo grande por lo que ser recordado eternamente. Tal vez eran las dos cosas las que rondaban su cabeza.

En cualquier caso me quedó la sensación de que Jobs era una especie de ideólogo que técnicamente no aportaba nada. No sé si la realidad tendría algo que ver con lo que yo saqué en claro de la película, pero el Jobs que yo vi en la pantalla no me gustó. Era una persona simpática si sintonizabas con él, y tremendamente desagradable si pensaba que no lo hacías. Lo malo es que para sintonizar con él había que tener ganas de cambiar el mundo a toda costa y a cualquier precio. Parecía de esos que no entienden que alguien tenga prioridades en la vida ajenas al éxito profesional y a dejar una huella en la historia.

Insisto en que eso es lo que yo percibí de la película, pero tal vez la realidad de ese caballero fuese totalmente distinta a la que nos han mostrado en la película.
Todo esto me sirve para comentar la sensación que tengo de que, desde hace algún tiempo, se sobrevalora eso que se ha dado en llamar "la carrera profesional" y no se entiende a los que pensamos en el trabajo como un medio de ganarnos la vida y no como una meta absoluta de ella.

Yo no envidio a los a los CEO's, a los CIO's, a los presidentes, a los consejeros ni a los múltiples ejecutivos que ganan un montón de dinero a cambio de ceder todo tu tiempo a la causa de la empresa. Si eso es lo que quieren hacer y les gusta, me parece muy bien que lo hagan, pero me encantaría que comprendiesen que algunos de los que sacamos adelante, o intentamos hacerlo, sus proyectos e ideas, no tenemos su grado de compromiso porque no nos da la gana, porque no se nos paga para ello y porque, además, no hay hueco en la cúspide para que todos lleguemos a ocupar esos cargos que tanto adornan al ponerlos en las tarjetas de visita aunque casi nadie entiende en qué consisten.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Defensa de la creadora del "relaxing cup of café con leche"


Desde el sábado por la noche no se habla de otra cosa que del discurso de Ana Botella ante el COI en Buenos Aires. Será raro encontrar a alguien que no se haya reído de eso del "relaxing cup of café con leche in the Plaza Mayor". Yo también lo he hecho y, sobre todo, con un arreglo musical que no sé si ha hecho D.J. Pastis o D.J. Buenri y que mola mazo. Siento no encontrar un enlace para que podáis escucharlo.
Reconozco que la frase en cuestión, la del café con leche, puede resultar graciosa, ridícula o incluso las dos cosas a la vez, pero lo que no entiendo es que, a partir de ella, sin oír nada más del breve discurso de Ana Botella, haya tanta gente que se aventure a decir que es una paleta, que no tiene ni idea de inglés, que su pronunciación es una mierda, etc., etc.

Aquí tenéis el discurso. Todos los que penséis que habla fatal y que su inglés es peor que el de cualquier otro español, os ruego que lo escuchéis entero:


 
¿Con qué cara podemos reprochar nada al inglés de la alcaldesa la mayoría de los españoles? ¿Acaso hay muchos que hablen inglés mejor que ella? Decidme qué problemas sintácticos o gramaticales tiene su discurso. Lo de intercalar esas cuatro palabras españolas no lo veo tan terrorífico. Se limitó a introducir unas pinceladas hispanas en su mensaje con mayor o menor fortuna (eso depende del receptor del mismo).
Ya sé que se nota en su acento que ella no es inglesa, estadounidense o canadiense. Pero todos los que la ponen a caldo ¿sabrían decirme cuál es el acento inglés que debe tener alguien para que se diga que su pronunciación es perfecta? ¿Tal vez el de Wisconsin? ¿Mejor el del west-end de Londres? ¿O será mejor el del east-end? ¿Podría ser que haya quien prefiera el acento de Texas?(a Chuck Norris le encanta) La verdad es que no lo sé ¡Hay tantos que uno no sabe por cuál decantarse!

No le tengo especial aprecio a Ana Botella, no me agrada el modo que ha tenido de llegar a la alcaldía o, antes de ello, al Ayuntamiento de Madrid. Hay muchas cosas que detesto de nuestros políticos y de tantos personajes que pueblan nuestras instituciones. Pero a pesar de lo bien o mal que me pueda caer una persona como la alcaldesa, me parece ridículo criticar su nivel de inglés a partir de un discurso que, insisto, a mí me parece correctamente construido y aceptablemente pronunciado.
Critiquemos la oportunidad, o no, de presentar la candidatura olímpica; la necesidad, o no, de llevar a tanta gente a actos absurdos como el del sábado en Buenos Aires; el beneficio o perjuicio de organizar las olimpiadas; lo bueno o malo que es el deporte profesional contrapuesto al de los deportistas normales, los que hacen ejercicio para estar sanos y no para ser máquinas. Se pueden debatir montones de cosas, pero criticar el nivel de inglés de alguien que, por haber nacido donde nació (España) no domina ese idioma como los Duques de Windsor, me parece una ridiculez.

Somos una panda de memos a la que le encanta escudarnos en la masa para linchar a gente famosa por "defectos" que nosotros mismos también tenemos.
Sería muy bonito que los políticos que requieren relacionarse con gente de otros países supieran inglés, pero lo cierto es que no hay ninguna ley que les obligue a ello, así que, si no lo saben, no cometen ningún delito y, además, la alcaldesa de Madrid no es la Ministra de Asuntos Exteriores, así que su necesidad de ser plurilingüe se reduce a escasas ocasiones. Bastante ha hecho que ha sido capaz de soltar su pequeño discurso con bastante propiedad (aunque a muchos les parezca lo contrario).

Ahí queda mi alegato en contra del linchamiento de Ana Botella y a favor de reírnos de la ocurrencia del "relaxing cup of café con leche" sin necesidad de machacar a su ocurrente autora.
P.D.- Me encantaría saber cuántos de los que ponen en su currículum que su nivel de inglés es alto (hablado y escrito) serían capaces de leer el discurso de Ana Botella con un acento la mitad de comprensible que el de ella, tan criticado por los puristas.

sábado, 7 de septiembre de 2013

"Value creator", la nueva profesión de los "paripeitors"

Creo que todos los que trabajen, o hayan trabajado,  en alguna empresa grande (iba a decir "gran empresa", pero eso tiene un sentido positivo que me cuesta atribuir a algunas empresas grandes) algún tiempo, habrán visto que la burocracia crece día a día a la par que la ineficiencia. A pesar de todo,  los resultados económicos de muchas de ellas suelen variar de buenos a excelentes. Excelencia que no solemos percibir los que estamos en la base de tan egregias compañías salvo por el hecho de ver cómo cambia la web de los empleados para ser cada vez más colorista y cómo se gastan ingentes cantidades de dinero para renovar las aplicaciones en las que tenemos que registrar las horas trabajadas para los que subcontratan nuestros servicios.
Puestos a elegir, yo diría que los candidatos a un puesto de trabajo solemos tender a seleccionar una empresa grande o muy grande (de 500 o más empleados) sobre una más pequeña o diminuta. Pensamos que la posibilidad de progreso profesional será mayor en un mastodonte empresarial que en una empresa familiar. Y no nos falta razón, La pirámide jerárquica de las compañías grandes suele constar de una multitud de puestos existentes entre el vértice del poder presidencial y la base en la que se extiende la capa mindundi (de la que yo me siento un feliz miembro). Y todos esos puestos tienen que estar ocupados por alguien que, si nos empeñamos, podemos ser nosotros.
El caso es que, con los 21 años que yo llevo trabajando en empresas grandes, subcontratado (o resubcontratado) por otras empresas también grandes, nunca me ha parecido deseable ninguno de esos puestos en los que uno puede (o debe) olvidarse de las capacidades técnicas adquiridas durante sus estudios para dedicarse a "gestionar". Bonita palabra que, como tantas otras, de tanto usarla erróneamente, ha perdido todo su sentido para pasar a significar cosas como las siguientes:
- Hacer el paripé simulando tener todo bajo control.
-Afirmar con rotundidad aquello que se desconoce.
-Comprometerse a que otros (los subordinados) hagan cosas que uno no sabe hacer y, por tanto ignora si pueden hacerse en los plazos a los que se compromete.
-Culpar a "su equipo" (el equipo es lo que supuestamente se gestiona) de los fracasos cosechados a pesar de haberlo gestionado con brillantez.
-Escribir documentos y mensajes llenos de faltas ortográficas e imposibles de comprender y rellenar hojas Excel con datos falsos pero que sirven para cumplir con la norma ISO 9012.
Está claro que no todos los gestores son tan lerdos como el prototipo que yo he descrito, pero para reírnos un rato es mejor hablar de éstos y no de los buenos (no tengo claro de qué tipo hay más, encargaré un estudio a la Universidad de Wichita en cuanto me devuelvan el importe de mis sellos de Afinsa).
Todo esto viene a cuento de que, hace unos días, cotilleando en LinkedIn, esa gran red de contactos profesionales, vimos el perfil de alguien que indicaba que era "value creator". Tras la carcajada compartida con el amigo que lo descubrió,  me planteé la cantidad de imaginación que hay que echar para poder definir la todas esas tareas completamente inútiles que tantas y tantas personas desarrollamos en las empresas grandes. Este tipo ha sido listo. Como ahora está de moda "poner en valor" o "aportar valor añadido" a las cosas, él se ha declarado experto (otra palabra que detesto) en hacerlo. Si, además, lo pone en inglés, ya tiene ganados unos puntos más.
Por los comentarios que ponen quienes conocen a nuestro amigo el "value creator", parece ser un tipo majete con el que da gusto trabajar. Si es cierto eso, todas las tontunas que pueda poner en su perfil me parecerán bien porque creo que una de las cosas más importantes en el entorno laboral es eso,  ser buena persona.
Ahora recuerdo otro de esos cargos simpáticos que me comentaron hace unos meses: "facilitador". Supongo que es al que le pides lápices, grapas, clips y folios, en su versión de menor rango y, los de más larga trayectoria, serán los que ayudan a los grandes profesionales a conseguir sus hitos en la dura tarea de llevar a buen puerto los ambiciosos proyectos en los que se embarcan durante la travesía del ascenso en su carrera (esta frase es totalmente lideral).
La burbuja inmobiliaria estalló hace unos años, pero la burbuja de la memez empresarial sigue hinchándose día a día gracias a gente que, sin saber hacer la o con un canuto, inventa nuevas "positions", como les gusta a ellos denominarlas, desde las que llevan a "sus equipos" hacia abismos de fracaso.  Eso sí, antes de que todos se despeñen, ellos suelen tener la habilidad de saltar a otra gran empresa con algún premio que los avala como excelentes ejecutivos, y allí comienzan de nuevo su tarea de guiar a la gente con la venda que tapa sus ojos.
P.D.- Esto no viene a cuento, pero me apetece ponerlo: me importa un pepino que Madrid sea capital olímpica o no. Es que me cansa ese discurso de que "todos y todas" queremos las olimpiadas en Madrid. ¿Cómo lo saben? ¿A quién han preguntado?