Dentro de un rato partiré rumbo al hogar paterno (y materno) para compartir la cena de Nochebuena con quien haya por allí. Ahora que lo pienso, realmente no voy a compartir nada sino a gorronearlo todo ¡Cómo soy!
Mientras llega el momento de marchar, como estoy harto de ver la tele, he decidido escribir algo y, de paso, felicitaros las Navidades. No soy muy “felicitón” pero, puestos a escribir, no me cuesta nada unirme a la masa de felicitadores que pulula por el mundo en estas fechas.
Hoy, además del hecho que se conmemora, el nacimiento de Jesús, ocurrirá algo que, al parecer, también es trascendental: El mensaje de su Majestad el Rey Don Juan Carlos se retransmitirá por Euskal Telebista.Como diría el difunto Joaquín Luqui: ¡Guau! ¡Total! ¡Alucinante! ¡Lo más! Particularmente me importa un pito ese detalle, pero supongo que es un signo más de que algo está cambiando en aquella comunidad autónoma (para bien).
Pero eso no es todo, la escenografía se renovará y todo será mucho más bonito. ¿Saldrá Felipe Juan Froilán de todos los Santos junto a su abuelo? ¿Aparecerá nuestro monarca en un escenario virtual de estilo galáctico flotando en medio del universo? Ardo en deseos de ver qué sorpresas nos han preparado.
El mensaje me importa poco porque, sea sensato o absurdo, no servirá para nada que no sea llenar páginas de los periódicos y minutos de radio y televisión para comentarlo. Si se quisiera que “los ciudadanos y las ciudadanas” hiciesen caso de algún mensaje, debería ser Belén Esteban la que lo diese. Ella sí que llega a la gente. Nuestra musa, a pesar de ganar un dineral (cada vez más), sigue mezclándose con el pueblo llano. Usa “tasis” y va al Carrefour con su carrito, al contrario de lo que hace la mayoría de nuestros políticos. Ellos andan todo el día hablando de lo que necesita la “ciudadanía” cuando hace tiempo que no saben cómo vive uno de esos ciudadanos con los que llenan su bocaza a todas horas.
Y si los políticos no saben casi nada de cómo vive la gente normal, mucho menos lo sabe el Rey a pesar de su proverbial campechanía, así que no trae cuenta atender a su mensaje. Aprovechad para apagar la tele un rato y así ahorráis energía que, según parece, es buena cosa, o tal vez no. ¡Uno ya no sabe qué hacer!
Corto el rollo. Feliz Navidad a todos (y todas) y, por favor, dejad de preocuparos de si habréis acertado, o no, con los regalos que vais a hacer a vuestros múltiples familiares. Para otro año haced lo mismo que yo: No regaléis nada… Salvo amistad y amor.
¿A que os he hecho derramar unas lágrimas de emoción?
Para finalizar dedicaré un afectuoso saludo al simpático timador japonés, Kashuma. Esta semana ha actuado en Burgos (con éxito), así que estoy contento porque sé que pasará una excelente Nochebuena gracias a los “donativos” de las buenas gentes que pululan por esas frías tierras castellanas.
P.D.- No pongo la imagen de un Nacimiento para no ofender a los laicos, ya sabéis que me he vuelto progresista y detesto ese tipo de agresión "intelectual".
El blog en el que la sandez y la pedantería se dan la mano, donde la bizarría y erudición discurren parejas. El rincón en el que ZP y Rajoy comparten protagonismo con Pajares y Esteso. Esto es Libertad Diodenal. Pasen y comenten lo que les plazca, que nadie censurará sus aportaciones.
jueves, 24 de diciembre de 2009
martes, 15 de diciembre de 2009
Menos humos para el 2010
Parece ser que a partir del año que viene dejará de permitirse fumar en los locales públicos en los que aún se fuma. Me alegro de ello aunque algunos fumadores (no todos) estén ya haciéndose las víctimas por esa supuesta persecución a la que se les somete. También se unen a las críticas personas que, sin ser fumadoras, se sienten solidarias con aquellos que no pueden prescindir del cigarro en la sobremesa o mientras están apostados en la barra de un bar. Me encanta que la gente sea solidaria con causas nobles, pero esta me temo que no lo es. ¿Por qué no se solidarizan con el camarero que tiene que aguantar los humos de sus educadísimos clientes durante su larga jornada laboral? ¿Por qué no se unen al padecimiento de quien no tiene más remedio que comer en un restaurante en el que, a pesar de la normativa actual, nadie respeta la zona libre de humos?Hace unas semanas estuve dando un paseo por la sierra madrileña y, al terminar, nos metimos en un bar del puerto de Navacerrada. Es un bar grande que tiene un recinto cerrado (aunque su puerta estaba abierta) para que el que quiera fumar lo haga con gozo y, además, tragándose el humo de los demás que allí se congregan (creo que eso les encanta a algunos). Pues bien, en la zona libre de humos, señalizada con carteles bastante visibles, había tres o cuatro personas fumando con total libertad a pesar de lo “perseguidos” que están por los malvados gobernantes y, por supuesto, por esos cavernícolas que somos los que no fumamos y detestamos el humo tabaquil (y muchos otros humos que, de momento, no podemos evitar).
El viernes pasado quedamos a cenar un grupo de diez personas (y “personos”) de los cuales sólo había un fumador. El restaurante era de tipo árabe y el suelo estaba cubierto por alfombras, lo que parecía sugerir que no era un lugar apto para fumar. Estábamos todos muy contentos hablando unos con otros hasta que la fumadora decidió que quería encender un cigarro. ¿Creéis que preguntó si a alguno de los nueve que no fumábamos le importaba que comenzase a echar humo? Pues no, lo que hizo fue preguntar al camarero si allí se podía fumar. A pesar de mis señas para que dijese que no se podía (es probable que con la ley en la mano no se pudiese fumar), él asintió y ella comenzó a fumar.
Está claro que no me enfadé por eso ni me enfadaría por cosas aún peores y, además, la fumadora en cuestión me cae bien, pero su detalle sirve para ilustrar que en muchas ocasiones (no en todas, claro) lo que se hace es acatar normas en lugar de intentar actuar del modo que más grato sea a quienes nos rodean. Por eso me hace reír la pretensión de algunos bienpensantes de que es mejor dejar que las personas se comporten según su “civilizado” criterio y no coartados por las “duras” leyes.
Sería muy bonito un mundo de personas autogestionadas (como dicen los anarquistas), pero teniendo en cuenta que nos preocupamos mucho más de nosotros mismos que de los demás (yo también lo hago), no parece quedar más remedio que imponer normas que regulen lo que se puede y lo que no se puede hacer en cada momento para evitar que andemos por ahí avasallando unos a otros haciendo lo que nos place con la única justificación de que no está prohibido.
Está claro que los gobernantes nunca legislan a gusto de todos y que, además, son tan falibles (cuando no más) que la mayoría de sus gobernados, pero alguna que otra cosa hacen bien, incluso aunque sea con fines electoralistas (¿hacen algo sin esa finalidad? Tal vez sí).
A cuenta de lo de la nueva restricción tabaquil vuelven a oírse las mismas voces que se oyeron cuando se puso en vigor la ley que prohibía fumar en los lugares de trabajo (salvo en los bares, que, hasta donde yo sé, también son lugares de trabajo para algunos). Los hosteleros se iban a arruinar, las tabaqueras iban a quebrar y, básicamente, todo iba a ser terrible. Creo que ninguno de esos augurios se ha cumplido y, en cambio, algunos empezamos a trabajar en un entorno mucho más agradable y sin necesidad de echar la ropa a lavar cada día (eso también contribuye a la famosa “sostenibilidad” que tanto gusta a casi todo el mundo, incluidos muchos fumadores) para quitarle la peste tabaquil.
Sin duda hay muchas cosas más importantes que hacer que restringir aún más los espacios para fumar pero, en vista de que otras cosas no saben hacer nuestros líderes, bienvenida sea ésta.
Una vez más tengo que lanzar un vítor a ZP y a su ministra de Sanidad:
¡VIVA ZP!
¡VIVA TRINI!
domingo, 6 de diciembre de 2009
Un año más para la constitución
En este frío domingo de diciembre, cómodamente sentado frente a mi ordenador, me dispongo a decir unas cuantas bobadas sobre nuestra carta magna. No me apetece escribir con mayúsculas los distintos sustantivos y adjetivos con los que nos referimos a nuestra ley fundamental porque estoy harto de tanta reverencia para hablar de un texto confeccionado por siete personas que, hasta donde yo sé, no eran dioses (aunque algún iluminado sí que podría haber entre ellos).No diré que me parezca mal la contitución, pero tampoco me atrevo a decir que me parezca bien ¿Y sabéis por qué? Pues porque nunca la he leído con detenimiento ni, por supuesto, con gusto (prefiero una novela a esos rollos legales). Recuerdo que allá por el año 1978, cuando se sometió a referéndum la aprobación de esta ley fundamental, se repartieron montones de cuadernillos con el sacrosanto texto constitucional. En mi casa había no menos de diez de estos libretos, así que no era raro encontrar alguno de ellos en el “cuarto de pensar” y, mientras ponía mi “huevo” diario, me entretenía leyéndolo (leer la composición del porcentaje de tensioactivos aniónicos del tambor de Colón ya no tenía interés).
En los primeros años de vigencia de la constitución, cuando el día seis de diciembre no era festivo (¡qué poco sensibles éramos!), en el colegio o instituto a algún profesor le tocaba dedicar su clase a glosar las maravillas constitucionales en lugar de explicar la lección de física, historia o matemáticas que le correspondía habitualmente. Era otra manera, tan ineficaz como otras, de intentar que conociésemos nuestra carta magna.
La verdad es que se intentó con ahínco darnos a conocer la constitución, pero me temo que, globalmente, la cosa no fraguó. Pretender que leamos y comprendamos nuestra constitución es casi tan difícil como intentar que los usuarios del Windows lean y comprendan algún manual que explique los entresijos de tan famoso sistema operativo.
Está muy bien tener un marco legal que nos permita vivir en paz y libertad (dos cosas muy relativas, pero que, si nos comparamos con otros países, ciertamente las tenemos en abundancia en España), pero de tener ese marco a pretender que los que nos regimos por él lo conozcamos, va un trecho largo.
Se dice con frecuencia eso de “la Constitución que todos nos hemos dado” (perdonadme por no poner “todos y todas”, pero ya sabéis que mis raíces están insertas en la caverna y me cuesta desligarme de ellas), y cada vez que lo oigo pienso que allá por el 78 la gran mayoría de los que ahora tenemos derecho al voto no lo teníamos entonces, así que difícilmente nos dimos esa constitución. No digo que yo quiera cambiarla, pero me parece una bobada seguir insistiendo en esa tontería de que todos nos la hemos dado.
¿Por qué la política tiene que estar siempre tan llena de dichos estúpidos? Peor aún ¿Por qué aceptamos con tanta soltura las tonterías que se dicen desde los púlpitos políticos?
La gente no conoce su constitución, ni la conocerá. Siendo esto tan evidente ¿Por qué se hacen encuestas para ver si a la gente le parece bien o si le gustaría que fuese modificada? ¿Qué opinión puede tener alguien sobre algo que apenas conoce? ¿Qué interés pueden tener esos actos de lectura de la constitución, que no sea el de aprovechar para decir alguna cosa simpática y salir en la tele después? ¿Qué emoción puede sentirse por visitar el congreso de los diputados o el senado (tampoco uso mayúsculas para nombrar esas instituciones) en las jornadas de puertas abiertas?
Al final me he liado a hacer preguntas ajenas a la constitución, pero así tenéis más cosas a las que responder cuando hagáis vuestra aportación a este, vuestro blog.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
La maldición del "reworking"
Esta mañana mi compañera Jenny (la protagonista de la aventura del enano gruñón) y yo hemos protagonizado una escena del más puro paripé profesional.
La cosa consistía en que Jenny tenía que revisar unos documentos y diagramas creados por mi mano maestra. La revisión serviría para detectar los fallos que pudiese haber (mínimos, por supuesto).
Con esta nueva tarea de revisión por parte de alguien ajeno al proyecto, se trata de evitar algo que han decidido llamar “reworking”, que no es más que eso que se suele hacer para refinar las cosas: Primero se diseña algo, luego se construye, más tarde se prueba y, si se detecta algún error o algo que puede mejorarse, se rediseña y se reconstruye. Y así tantas veces como se necesite hasta conseguir algo decente o que se canse el pobre diablo que lleva esperando meses a que se le entregue un “deliverable” (las palabras inglesas se usan mucho cuando se hace el paripé).
Al proscribir el “reworking” se pretende que lo que se diseña sea perfecto y no requiera modificación alguna. Obviamente esta tontería sólo puede habérsele ocurrido a alguien que en su vida a hecho algo más complejo que la “o” con un canuto.
Si Jenny hubiese revisado en soledad lo que yo he creado, habría podido detectar errores gramaticales o algún fallo garrafal en las cosas más técnicas, pero le habría sido complicado (como me habría pasado a mí en similar situación) detectar problemas menos superficiales a no ser que volviese a hacer el trabajo que ya hice yo (leer los requisitos y pensar cómo llevar a cabo la solución).
Tras comentar la memez impuesta, mi admirada compañera y yo hemos decidido ejecutarla pero, eso sí, con ciertas variaciones que expongo a continuación:
1-Yo explicaría a Jenny lo que había hecho en lugar de dejarla sola ante tal marabunta de soporíferos documentos.
2-Jenny atendería con interés a mis sabias explicaciones y diría que todo está muy bien y que es muy bonito.
3-El proceso explicativo se aderezaría con continuos comentarios hilarantes y con cotilleos variados.
Con este plan alternativo hemos conseguido culminar con éxito y risas la revisión de mi profesional trabajo y, además, hemos detectado tres erratillas (poca cosa, ya sabéis que casi nunca yerro).
Tan bien ha salido la cosa que he nombrado a Jenny Supervisora General del Departamento Anti-Reworking. Ahora sólo falta hacerle una placa para que la exhiba con orgullo en su mesa y conseguir que se oficialicen los tres puntos extra que hemos añadido a la necia tarea de supervisión.
La cosa consistía en que Jenny tenía que revisar unos documentos y diagramas creados por mi mano maestra. La revisión serviría para detectar los fallos que pudiese haber (mínimos, por supuesto).
Con esta nueva tarea de revisión por parte de alguien ajeno al proyecto, se trata de evitar algo que han decidido llamar “reworking”, que no es más que eso que se suele hacer para refinar las cosas: Primero se diseña algo, luego se construye, más tarde se prueba y, si se detecta algún error o algo que puede mejorarse, se rediseña y se reconstruye. Y así tantas veces como se necesite hasta conseguir algo decente o que se canse el pobre diablo que lleva esperando meses a que se le entregue un “deliverable” (las palabras inglesas se usan mucho cuando se hace el paripé).
Al proscribir el “reworking” se pretende que lo que se diseña sea perfecto y no requiera modificación alguna. Obviamente esta tontería sólo puede habérsele ocurrido a alguien que en su vida a hecho algo más complejo que la “o” con un canuto.
Si Jenny hubiese revisado en soledad lo que yo he creado, habría podido detectar errores gramaticales o algún fallo garrafal en las cosas más técnicas, pero le habría sido complicado (como me habría pasado a mí en similar situación) detectar problemas menos superficiales a no ser que volviese a hacer el trabajo que ya hice yo (leer los requisitos y pensar cómo llevar a cabo la solución).
Tras comentar la memez impuesta, mi admirada compañera y yo hemos decidido ejecutarla pero, eso sí, con ciertas variaciones que expongo a continuación:
1-Yo explicaría a Jenny lo que había hecho en lugar de dejarla sola ante tal marabunta de soporíferos documentos.
2-Jenny atendería con interés a mis sabias explicaciones y diría que todo está muy bien y que es muy bonito.
3-El proceso explicativo se aderezaría con continuos comentarios hilarantes y con cotilleos variados.
Con este plan alternativo hemos conseguido culminar con éxito y risas la revisión de mi profesional trabajo y, además, hemos detectado tres erratillas (poca cosa, ya sabéis que casi nunca yerro).
Tan bien ha salido la cosa que he nombrado a Jenny Supervisora General del Departamento Anti-Reworking. Ahora sólo falta hacerle una placa para que la exhiba con orgullo en su mesa y conseguir que se oficialicen los tres puntos extra que hemos añadido a la necia tarea de supervisión.
viernes, 13 de noviembre de 2009
El "caminito"
Tras casi un mes sin deleitaros con mi pedante prosa, me reincorporo a mis tareas de redactor jefe de Libertad Diodenal para ejercitar mis dedos que, por falta de ejercicio, ya están echando michelines.Comenzaré contando algo que me ha dicho una simpática compañera de trabajo esta mañana mientras hablábamos de los hábitos humanos en el retrete. Ella me ha contado, con cierta desazón, que no entiende por qué razón algunas mujeres (ella hablaba de los retretes femeninos, claro) tienen la manía de dejar marcado el “caminito” por el que ha ido pasando “lo que han soltado”.Yo, en mi afán por acabar con los tabúes escatológicos, mientras me partía de risa le preguntaba si se refería a las zurrapas dejadas por falta de uso de la escobilla. Ella ha comenzado también a reírse, un tanto azorada, mientras asentía con gran hilaridad.
Esta aventura retretil me ha recordado otra acontecida en el mismo escenario (esta vez en el de los seres humanos masculinos). En aquella ocasión estaba yo aligerando mi vejiga en el urinario cuando pude oír el sonido de la cisterna del retrete contiguo vaciándose. Me puse alerta para saludar a quien saliera del excusado y, antes de que saliera éste, pude escuchar con total nitidez la siguiente frase en tono admirativo: ¡Vaya cagada!
La risa se apoderó de mí pero tuve que aguantarla para evitar que el cagón, que estaba a punto de hacer su aparición estelar en el recinto común de los servicios, se sintiese azorado por mi presencia. ¡Qué gran personaje!
Las dos sandeces que acabo de referir indican que en nuestra avanzada sociedad aún existen excesivos tabúes a la hora de expresarnos acerca de la caca y sus derivados. Estamos acostumbrados a ver cómo se montan talleres en los que se alecciona a los alumnos en las artes sexuales y en el uso de todo tipo de aparatejos para introducir por los orificios corporales o en los que introducir aquello que sobresale de nosotros, así que ¿por qué no montar talleres de educación escatológica?
¿Acaso sabe todo el mundo cuál es el modo más eficaz de limpiarse la entrenalga tras una deposición de textura pegajosa? ¿Se conoce el modo de optimizar el uso del papel higiénico (esto podría salvar miles de hectáreas de bosques amazónicos)?
Es necesario instruir a los ciudadanos y ciudadanas en las normas básicas para utilizar los váteres públicos. Alguien debería contar a nuestros adolescentes que no está bien montar “museos del moco” tras las puertas de las cabinas retretiles y que tampoco es de recibo dejar a la vista “el caminito” de nuestras heces porque las del siguiente ya saben la ruta que tienen que tomar sin necesidad de que les den pistas.
Cambiando drásticamente de tema, contaré que esta semana parece que hemos tenido un cartero en pruebas. Sólo eso puede explicar que el martes hubiera algo así como nueve cartas (en un bloque de diez viviendas) de portales con números totalmente diferentes al nuestro repartidas entre nuestros buzones. Las cartas fueron pinchadas en el corcho del portal para que el atontado cartero se diese cuenta de su error y lo corrigiese.
Lo de las cartas pinchadas en el corcho viene a cuento porque al día siguiente las cartas ya no estaban (el cartero debió llevárselas), pero en su lugar había un par de bragas de color carne situadas en el mismo lugar que el día anterior ocuparon las cartas y atravesadas por la misma chincheta (estaban limpias y sin rastros de frenazos). Supongo que la ventolera de estos días hizo volar las prendas íntimas sobre la cabeza de algún vecino y éste, intentando ser solidario con la dueña, las puso en el lugar más visible que pudo. De paso consiguió hacerme reír un rato.
domingo, 18 de octubre de 2009
Sobre la manifestación antiabortista
Ayer tuvo lugar una manifestación popular en contra de la nueva ley del aborto que el actual gobierno quiere sacar adelante. Como ocurre casi siempre que se manifiestan un buen montón de personas, hay quienes cuentan muy rápido (yo nunca he tenido esa habilidad) y dicen que se han congregado más de un millón de personas, es más, antes de que la manifestación tenga lugar ya predicen que se esperan más de un millón de personas ¿Acaso contratan a los asistentes? ¿O es que hacen algún estudio previo de viabilidad de la manifa? Esto podría explicar la cantidad de dinero que se gasta para organizar eventos de este tipo.En el Manifestómetro, un blog que, como todos, por mucho que pretendan lo contrario, es altamente tendencioso pero, a pesar de ello, creo que hacen un trabajo correcto y, por lo menos, explican cómo hacen los cálculos (no como otros), han calculado el área de la zona de la congregación y salía un área de 48.530 metros cuadrados. En ese área, si la gente hubiese estado bien apretadita (sin poderse mover), habrían cabido únicamente unos doscientos mil manifestantes. Podemos duplicar o triplicar el área y aún no saldrían los casi dos millones de personas que con tanta ligereza pregonan algunos. Por si sirve de algo, en el Santiago Bernabéu caben únicamente 110.000 personas (con gradas situadas unas sobre otras). Harían falta más de diez estadios como ese para albergar a la multitud que pretenden que hubo en las calles de Madrid.
A mí me importa un pito que fuesen cien mil o dos millones, sé que fue mucha gente y que es probable que la mayoría de ellos fuesen con su mejor intención para defender algo en lo que creen: que la vida del no nacido es tan respetable como cualquier otra.
Esa idea yo también la defiendo porque creo en ella, por eso me repatea que haya unos cuantos cretinos que se empeñen en jugar al “nosotros somos más y por eso tenemos razón” en lugar de al “seamos los que seamos, estas son nuestras razones y creemos en ellas”.
Cuando se recurre a sacar a la gente a la calle en masa, por muy encomiable que sea lo que se defiende, a mí me parece que se pierde algo de credibilidad. Y si se manipulan las cifras para hacer creer que se ha conseguido sacar de casa a más de los que realmente han salido, la cosa toma un cariz un tanto despreciable.
Lo importante debería ser lo que se defiende y no cuántos lo defienden, pero nos han acostumbrado a que la mayoría tiene la razón y ahora todos nos empeñamos en demostrar que somos mayoría en lugar de intentar explicar por qué creemos que tenemos razón.
A esta manifestación han acudido a título particular algunos altos cargos del PP. Partido que gobernó durante unos cuantos años en los que, si no recuerdo mal, estaba vigente la actual ley y, si sigue sin fallarme la memoria, hubo unos cuantos millares de abortos. No recuerdo que hubiese manifestaciones tan multitudinarias y con tanto eco mediático como las de estos tiempos de gobierno socialista. ¿Acaso los abortos con Aznar no eran asesinatos?
Este tipo de cosas son las que indican con bastante claridad cómo nuestros líderes políticos y mediáticos (no tengo claro quiénes mandan más) nos toman el pelo con una facilidad impresionante. Nos sacan a la calle cuando quieren y nosotros les hacemos el juego con alegría. Ahora toca desestabilizar el ya de por sí tambaleante gobierno de ZP, así que sacamos a la gente a la calle para ver cómo reaccionan esos gobernantes que tanto pregonaron estar cerca del pueblo cuando éste sale a la calle a expresarse. Sé que esta manifestación no la ha convocado el PP, pero sí hay unos cuantos medios de comunicación interesados en que el PSOE deje de gobernar (en eso estoy con ellos) y eso le viene muy bien al PP.
La gente salió en masa a la calle en contra de la guerra de Irak (también se hablaba de millones para cada “manifa” que se montaba) y ahora no sale ni el “tato” para decir algo en contra de la de Afganistán. Con el aborto, ocurre lo mismo pero a la inversa: Nadie decía ni pío (o piaban muy bajito) en época de Azanar y ahora toca gritar alto.
Somos tontos, muy tontos. Algunos muy bien intencionados, pero igualmente tontos. Nos utilizan y nos dejamos utilizar. Sólo nos atrevemos a defender ciertas ideas cuando sabemos que va a haber “millones” de personas junto a nosotros defendiéndolas, pero cuando surge un debate entre amigos se nos come la lengua el gato y, en general, no somos capaces de justificar ninguno de esos “valores” de los que presumimos cuando estamos dando botes en medio de una “manifa” cualquiera.
domingo, 4 de octubre de 2009
El paripé de las olimpiadas
Se acabó el “sueño” de Madrid 2016 que con tanto esfuerzo y dinero de los contribuyentes se había gestado. A mí particularmente me importa un pito que no se celebren las olimpiadas en la capital del Reino de España, pero he podido constatar que hay mucha gente que estaba verdaderamente ilusionada con este tema.Reconoceré que el viernes, de tanto bombo que se le ha dado a la cosa y gracias la parafernalia de la que se rodea la elección de la ciudad organizadora los juegos olímpicos, hasta yo llegué a desear que se los diesen a Madrid.
Nunca he podido entender qué tiene el deporte de élite (el deporte espectáculo) para atraer a tanta y tanta gente y, sobre todo, a personas que no son capaces de mover un dedo para hacer un poco de ejercicio. Pero la realidad es que a la mayoría de la gente le “mola mazo” ver cómo otros hacen deporte. El fútbol es el rey, sin duda, pero durante las olimpiadas hay gente que se interesa por cosas tan poco populares como la esgrima o el lanzamiento de disco, por poner dos ejemplos.
Toda la tabarra que nos han dado con lo de las olimpiadas me sirve para poner de manifiesto una vez más que el paripé rige nuestro mundo (es que aún hay gente que no se ha dado cuenta de ello). Los miembros del COI, que no sé qué méritos tienen para serlo ni conozco los mecanismos por los que han llegado allí, me parecen un grupo de personas que se lo pasan pipa viajando por el mundo para ser agasajados desmesuradamente por los pobres diablos que pretenden ser elegidos para gastar un dineral en organizar unas olimpiadas.
Cuando el COI viaja a las distintas sedes potenciales, los anfitriones les enseñan lo bueno y ocultan lo malo de sus ciudades (primer detalle de paripé).
Los señores del COI sonríen y dicen cosas bonitas a sus anfitriones para que se queden contentos y, a poder ser, les traten tan bien, o mejor, durante la visita que hagan en la siguiente ronda. A estas alturas muchos ya saben que a esa ciudad no le van a dar su voto, pero eso no quita para que les animen a seguir gastando dinerito (más paripé).
Y llega la votación final. La presentación de las candidaturas podría hacerse por vídeo conferencia o podría grabarse en un vídeo y enviarse a esa panda de vividores del COI para evitar gastar un dineral moviendo a las distintas delegaciones y sus decenas de agregados, pero por alguna razón, a pesar de los muchos consejos que nos dan nuestros dirigentes para no contaminar y ahorrar, a ellos no les importa nada fletar unos cuantos aviones para ir a hacer el bobo a Copenhague. Seguro que generaron mucha más contaminación que todas las bolsas que Carrefour ha dejado de repartir en este último mes, pero como ellos son los que mandan, su contaminación no cuenta. Como atenuante diremos que las plazas hoteleras que ocuparon sirvieron para generar riqueza en Dinamarca a costa de empobrecer un poco más a sus respectivos países.
Lo único bueno, según dicen, de todo esto es que Madrid es ahora más conocida mundialmente. Seguramente vendrán más turistas para conocer a la ciudad que quiso organizar los juegos olímpicos en dos ocasiones y no lo logró.
La pena de todo esto es que el fracaso del Madrid olímpico no radica en haber hecho un plan malo sino en que la decisión la toma el COI, esa pandilla de simpáticos personajes que ganan un dineral por viajar de acá para allá gratis y por pulsar un botón una vez cada cuatro años.
¡VIVA EL PARIPÉ!
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