El blog en el que la sandez y la pedantería se dan la mano, donde la bizarría y erudición discurren parejas. El rincón en el que ZP y Rajoy comparten protagonismo con Pajares y Esteso. Esto es Libertad Diodenal. Pasen y comenten lo que les plazca, que nadie censurará sus aportaciones.
sábado, 28 de marzo de 2009
La Hora del Planeta (¡qué bobada!)
Como sospecharéis los que me conocéis, no escribo mi artículo de hoy para apoyar esto que con tanta rimbombancia se ha llamado La Hora del Planeta. Escribo para sembrar un poco de crispación al respecto (los progresistas que leen mi blog debían de estar ya cansados de tan poca actividad polemista).
Se nos propone con gran aparato publicitario sumarnos a algo que a mí me parece una tremenda sandez a escala mundial: Apagar los aparatos eléctricos durante una hora. En la web earthhourus.org se dice lo siguiente:
El 28 de marzo, 2009 a las 8:30 pm, hora local, WWF, la organización mundial de conservación conocida en los Estados Unidos como World Wildlife Fund, le pide a individuos, empresas, gobiernos y organizaciones alrededor del mundo que apaguen sus luces durante una hora, La Hora del Planeta, para demostrar su preocupación por el cambio climático y demostrar su compromiso para encontrar soluciones. Apaga la luz. Actúa.
¿Qué es eso de mostrar nuestra preocupación por el cambio climático y demostrar nuestro compromiso para encontrar soluciones? Yo diría que lo que tendría interés no sería un absurdo apagón de una hora sino un comportamiento sensato en cuanto al uso de la energía durante todos los días del año.
Estoy convencido de que habrá millones de personas alrededor del mundo que, tal vez con su mejor intención, apaguen las luces e incluso sus marcapasos (si los tienen) para mostrar su preocupación por el medio ambiente pero, pasada la hora, volverán a tener todas las luces de casa encendidas y cogerán el coche hasta para ir al Ahorramás que tienen a cien metros de casa.
Me ponen nervioso estas manifestaciones paletas de compromiso con grandiosas causas que sólo duran una hora o cinco minutos. Pero no todo es inútil y paleto en estas iniciativas, la verdad es que tienen una utilidad innegable que no es otra que la de proporcionar a montones de programas televisivos y radiofónicos, así como a medios escritos (como este blog), un excelente tema de debate para llenar muchos minutos que, de no existir esta excusa, tendrían que ser rellenados con otros temas de menor tirón.
¿Y por qué este tema tiene tirón? Pues básicamente porque, como es algo que se hace por el bien del planeta (supuestamente), nadie puede negarse a apoyar (salvo yo, claro), por lo que hay montones de famosos y famosetes que graban su vídeo de exhortación a participar en tan trascendental actividad (aquí tenéis el de Alejandro Sanz) y, claro está, los fans de tan grandes personajes secundarán la petición de sus ídolos sin plantearse la bondad y utilidad de la misma (si Camilo Sesto me lo pidiese, yo también me uniría al apagón).
Lo único bueno que puede aportar este tipo de campañas es que, como llegan a todo el mundo (¡mira que son pesados!), a lo mejor consiguen que alguna persona que no sabe que teniendo todas las luces de casa encendidas todo el día gasta mucho (y lo paga), se dé cuenta de ello y, a partir de este fastuoso evento mundial, medite sobre su deleznable comportamiento y decida convertirse a la religión del ahorro.
sábado, 7 de marzo de 2009
El traje nuevo del emperador
Nos encanta engañarnos a nosotros mismos. Me da la impresión de que hay poca gente que sea capaz de decir la verdad de lo que piensa sobre cada cosa que se le plantea. Unas veces mentimos con la clara intención de engañar a otros, otras porque nos aterra que piensen que tenemos ideas diferentes a los demás y otras por no llevar la contraria a algún personaje al que tememos (habitualmente algún cretino que ostenta algún tipo de poder).En el trabajo estoy cansado de ver cómo la gente, en privado, reconoce la inutilidad de montones de cosas que algún “listo” ha decidido que debemos hacer para “mejorar la calidad de nuestro trabajo” pero, cuando están frente a la persona que debería saber la verdad sobre la pérdida de tiempo y dinero que conllevan tan absurdas prácticas, nadie se atreve a abrir el pico. O callan o mienten cuando el gran líder pregunta sobre la eficacia de tan nefasta normativa: “Todo es perfecto, Don Antonio. Vamos por el buen camino”.
Comprendo que hay ciertos personajes cuyo carácter odioso y prepotente incita a sus súbditos a procurar no contrariarlos, pero lo que no entiendo es que haya tanta gente que, además de ocultar la realidad a sus jefes, se empeñe en intentar convencer a sus compañeros y subordinados de la veracidad de aquello que saben a ciencia cierta que es falso.
Luego va uno (ese soy yo) con su mejor intención y su mayor cabreo a explicar a todo el que se pone a tiro cuán absurdas son ciertas cosas y por qué lo son, y la respuesta más habitual que le dan (probablemente con su mejor intención) es: “Tienes razón, pero procura no ir diciendo eso por ahí”.
Cuando uno pregunta, ingenuamente, por la razón de tal pertinacia en aplicar normas que no sirven para nada (para nada bueno, se entiende), siempre hay alguien que sentencia: “Lo mandan desde arriba”. Y se quedan tan panchos unas veces y tan resignados otras, pero nadie es capaz de intentar explicar al responsable de tales necedades el porqué de la inutilidad de todas ellas.
A veces creo que el problema no está tanto en “los de arriba” como en los bobos y cobardes de los que se rodean que, por memez o cobardía, siempre dicen a sus superiores lo que creen que quieren oír en lugar de contarles la verdad o, simplemente, darles su opinión.
Vivimos en un mundo en el que la información circula por todas partes y en el que, supuestamente, todo el mundo puede expresar libremente su opinión, pero al final uno se da cuenta de que da igual lo que uno diga, lo importante es quién sea el que lo diga. Si uno tiene poder e influencia podrá decir cualquier memez o burrada y contará con la aquiescencia de montones de personas aunque, eso sí, a sus espaldas habrá muchos poniendo a caldo a tan egregio necio. En cambio, si uno dice algo inteligente y sensato, como sea un mindundi cualquiera, nadie le hará caso aparte de algún que otro personaje más mindundi que él.
La gente llama metodología a lo que no es más que una colección de actividades inútiles cuya misión es la de alargar el trabajo de unos y justificar la labor de los creadores de tal sinsentido. Se llama interrupción del embarazo a lo que es el asesinato de un niño no nacido. Se utiliza la palabra democracia para definir algo que consiste en contar mentiras a una gran masa de indocumentados (como yo) para ganar su voto. Se denomina fe religiosa a lo que no suele ir más allá del cumplimiento de unas pocas normas y ritos visibles. Se habla de diversión cuando de lo que se trata es de beber más de la cuenta y dormir menos de lo que querríamos. Llamamos telebasura a los programas que más nos gustan y reclamamos emisiones culturales que no tenemos interés en ver. Clamamos por que nuestros políticos dicten normas para que cuidemos nuestro planeta mientras pensamos sustituir nuestro pequeño coche por un todo terreno más contaminante. Se llama amor patrio a despreciar a los que son de fuera. Se impone el uso de lenguas minoritarias, limitando la libertad de las personas, para defender el derecho de esas lenguas (se trata a una lengua mejor que a algunas personas). Y, para finalizar, sólo me queda exponer el culmen de los auto-engaños: Decimos que el Linux es el sistema operativo más estable y nos empeñamos en utilizar el denostado Windows.
El cuento de Andersen “El traje nuevo del emperador” tiene plena vigencia en nuestros días como seguramente la habrá tenido durante toda la historia de la humanidad.
No me queda más remedio que gritar a los cuatro vientos: ¡El emperador está desnudo!
A la vista de lo que he escrito queda claro que la misión de difusión de la memez con la que nació este blog tiene demasiados operarios y, probablemente, no sea necesaria mi contribución. No obstante podéis estar tranquilos porque seguiré dando el tostón.
domingo, 22 de febrero de 2009
De todo un poco
Llevo demasiados días desatendiendo mi responsabilidad como director general de este exitoso blog. Al final me tendré que declarar en quiebra para recibir alguna ayuda estatal alegando que mi fracaso ha sido generado por la crisis mundial (cualquier cosa vale con tal de no reconocer la responsabilidad particular), cosa que será absolutamente falsa pero servirá para pillar cacho, que es de lo que se trata.Sirva la chorrada anterior para dejar constancia de que he tratado el tema de la crisis en esta aportación que tiene la intención de versar sobre los distintos temas que nuestros periodistas han decidido poner en el candelero últimamente. Aparte de la crisis, se habla con intensidad de la cacería del señor Ministro de Justicia y don Baltasar Garzón, del asesinato de la chica sevillana y de la trama de corrupción en la que está implicada gente del PP, presuntamente (hay que tener cuidado con lo que se dice).
La verdad es que las tres cosas tienen algo en común, son cosas que ocurren con cierta frecuencia, cuando no constantemente (lo de las corruptelas dudo que sea algo puntual, lo de los asesinatos, gracias a Dios, no es tan habitual) pero que sólo generan esa famosa “alarma social” cuando los medios de comunicación, animados o no por los poderes políticos, se empeñan en ello. Como hay elecciones, interesa echar mierda sobre los oponentes políticos, así que cada cual saca su pala, encarga un buen montón de heces atribuibles (supuestamente) a quienes compiten con ellos en las elecciones y ¡a esparcirlas!
A mí particularmente, mientras las corruptelas de las que se hable sean reales, me da igual que se se saquen a la luz con motivación partidista o con intención justiciera. El caso es que quien sea un delincuente de alto nivel deje de operar impunemente. Lo de que sea un delincuente de alto nivel lo digo para no verme yo envuelto en alguna de estas cazas de brujas porque, como todos mis seguidores saben, yo también cometo actos delincuenciales de vez en cuando, pero prefiero ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el mío (mis vigas son muy pequeñitas).
Mi actitud de delincuente de poca monta que critica a los grandes delincuentes, es similar a la del Ministro de Justicia que, a pesar de cazar de vez en cuando sin licencia, nos insta sin rubor a cumplir con la legalidad (sería raro que un ministro de su ramo no lo hiciera). Lo de que cace con su amiguito Garzón, la verdad es que me da igual porque, si se traen algo entre manos, seguirá existiendo tanto si salen juntitos a cazar como si no.
En cuanto al tema del asesinato de la chica sevillana y esa recurrente petición de la instauración de la cadena perpetua y/o la pena de muerte cada vez que ocurre algo similar, comprendo a quienes quieran colgar de un pino a los artífices de este asesinato y de muchos otros, pero me temo que legislar a golpe de “alarma social” sería lo mismo que legislar según la decisión de los medios de comunicación que, si no me equivoco, son los que deciden lo que es alarmante y lo que no. Ejemplo de esto es el viaje a Siberia que ha hecho la señora Ministra de Fomento para ver cómo se gestionan las nieves en aeropuertos en los que es habitual tenerla durante varios meses al año. No me extrañaría que cuando regrese Doña Magdalena se habilite una partida presupuestaria especial, a pesar de la crisis, para dotar a Barajas de los mecanismos de un aeropuerto siberiano. Serán cosas que no se usarán más que una vez cada treinta años, pero así ninguno de los “alarmistas sociales” podrá quejarse de “falta de previsión” la próxima vez que ocurra algo tan terrible como una nevada en Madrid.
Y creo que ya me he explayado bastante, así que os cedo la palabra.
sábado, 7 de febrero de 2009
El panecillo de la vergüenza
Esto de la crisis nos sirve a algunos para justificar acciones tan vergonzosas como la que hoy voy a relataros y de la que soy protagonista (¡Cómo no!).Cada día acudo gozoso a saciar mi hambre al restaurante que hay en el sótano de mi amado lugar de trabajo. Es un restaurante autoservicio de esos en los que coges la bandeja, las servilletas, los cubiertos, el pan, la bebida y, finalmente, la comida. El precio del menú básico es de 6,5 euros y, como soy una persona sin grandes ambiciones gastronómicas, me acojo siempre a esa modalidad.
Las raciones que sirven no son excesivas pero he de reconocer que prefiero pagar seis euros y medio y dejar el plato limpio que pagar diez y no poder acabar con tanta comida.
Explicaré que cuando bajo a comer a las tres de la tarde y veo que aún quedan unos panecillos redondos y deliciosos (no siempre quedan a esas horas), cojo dos y me voy comiendo uno mientras hago la ronda para coger el resto de la comida.
Según las normas del establecimiento, cualquier extra que se añada al menú se cobrará según el precio estipulado. Así, si en lugar de una mandarina coges dos, o si, como en mi caso, coges dos panes, pagas 30 céntimos más. Como el panecillo es tan pequeño, yo acallaba mi estricta conciencia diciéndome que una barrita de pan es casi tan grande como mis dos mis panecillos juntos (mentira cochina, la barra es más larga pero también más estrecha). No obstante, como sabía que mi justificación no era compartida por la gerencia del establecimiento, procuraba que no quedase nada del pan extra antes de llegar a la caja para evitar pagar los 30 céntimos extras. Para ello me detenía en la zona del postre y, mientras hacía el paripé preparando el dinero para pagar, devoraba a toda velocidad lo que quedase del pan que, con gran ostentación había ido mordisqueando por todo el recinto.
Así he estado varios meses. De vez en cuando me cobraban los treinta céntimos extras sin decirme nada (incluso lo hicieron alguna vez que no había delinquido), pero yo no decía nada a pesar de que tampoco sabía por qué lo hacían. Pensaba que, tal vez, al ver las migajas en la bandeja, sospechaban de mi delito y optaban por declararme culpable e ignorar mi derecho a la presunción de inocencia. En cualquier caso, el saldo neto siempre me era favorable porque me comía muchos más panes de los que me cobraban.
Sirva todo lo anterior para conocer la situación y vayamos ahora al desenlace final de todo esto. Resulta que la semana pasada, al pasar por caja con el panecillo de turno en mi panza y con el otro en la bandeja, la cajera, que es muy simpática y vivaracha, me preguntó con naturalidad: “¿Te has comido ya un panecillo?”. A lo que yo respondí con idéntica alegría: “Sí, cóbramelo, por favor. Tenia tanta hambre que lo he devorado por el camino”. Siguió ella diciendo: “Es que anda la jefa por ahí vigilando y no se le pasa una”. En ese momento me alegré de no haber chistado en ninguna de las ocasiones que me cobraron 30 céntimos de más. Si lo hubiese hecho habría sido pública y justamente escarnecido.
Ahora que soy consciente de que mis tropelías para comer más y pagar menos han sido descubiertas, tendré que seguir cogiendo dos panes durante un tiempo pero, para mostrar mi buena fe, tendré que dejar un trocito mordisqueado en la bandeja para que la cajera pueda cobrarlo sin necesidad de que se lo sople la jefa que anda al acecho. Dentro de unas semanas comenzaré a coger un solo pan y a justificarme ante la cajera (aunque no me pregunte) diciendo que estoy a dieta y que he dejado de abusar del pan.
Pensándolo bien, creo que la etiqueta de ladrón (más bien de ladronzuelo), ya no me la quita nadie, así que ¿para qué hacer planes para disimular lo evidente? Me limitaré a dejar de birlar panes y volveré a ser la persona recta y seria que tanta gente cree que soy. Sólo así podré llegar algún día a presidir un día el Gobierno de España.
domingo, 1 de febrero de 2009
¿Igualdad entre ciudadanos?
He leído hoy un artículo de Maite Nolla en Libertad Digital (ya sé que es una publicación tendenciosa y cuya veracidad es discutible pero ¿hay alguna que no sea así?) en el que comentaba que desde el gobierno catalán se ha enviado una circular a los hospitales de Lérida para que deriven a los enfermos aragoneses a hospitales de Aragón (la cosa es ahorrarse un dinerito). Como ocurre en cualquier zona fronteriza, la gente tiende a utilizar los servicios más cercanos a su casa aunque no sean de su comunidad, cosa perfectamente normal porque siempre es preferible hacer cuarenta kilómetros cambiando de comunidad que hacer cien para no salir de la tuya (tal vez haya tontos que por un amor exagerado a su patria chica prefieran ir al hospital más lejano para que les hablen con acento aragonés, pero supongo que serán los menos).
Lo de las autonomías tiene estos problemas que, en tiempos de escasez presupuestaria, parecen agudizarse. Es comprensible que, con criterios puramente contables y administrativos, se tomen estas decisiones que, desde el punto de vista del ciudadano normal son de lo más ridículas, máxime cuando a todas horas se está hablando de igualdad de derechos y de oportunidades para todos los españoles e incluso para todos los inmigrantes que residen aquí. Tengo entendido que incluso disponemos de un Ministerio de Igualdad que se creó, supuestamente, para velar por el cumplimiento de estos dogmas sagrados de un estado de derecho.
No caeré en la simplificación de decir que sobran todas las fronteras del mundo. Tal vez debamos ir avanzando, como se está haciendo en Europa, para flexibilizarlas cada vez más hasta que sean meras líneas que nos indiquen donde estaban históricamente todos esos países que finalmente se convirtieron en uno solo, pero eso es algo que no se consigue de la noche a la mañana. Lo que no entiendo es esta memez hispana de reforzar cada vez más las divisiones entre comunidades autónomas. Me parece una de las cosas más absurdas que hayan hecho los políticos a lo largo de la historia de la humanidad.
Todas estas sandeces podrían ser comprensibles si quienes que las potencian hablasen con claridad y dijesen que la igualdad entre ciudadanos españoles ya no existe, pero el caso es que siguen todo el día aderezando sus estúpidos discursos con las palabras “libertad”, “igualdad”, “democracia”, “soberanía popular” y qué sé yo qué más cosas bellas que, con sus actos diarios, no hacen más que contravenir.
La educación es diferente en cada autonomía o, yendo más allá, en cada municipio o colegio. La presión fiscal también es diferente de unos lugares a otros. Los habitantes de comunidades bilingües pueden optar sin problemas a cargos en la administración de toda España, pero los de comunidades monolingües, si no conocen la segunda lengua de esas otras comunidades, lo tendrán francamente difícil para optar a cualquier puesto (incluso aunque no se requiera hablar para desempeñar el cargo). ¿Se puede saber dónde está la igualdad entre los ciudadanos españoles? ¿Está haciendo algo Doña Bibiana Aído para resolver esto? ¡Qué preguntas más tontas hago!
Lo de las autonomías tiene estos problemas que, en tiempos de escasez presupuestaria, parecen agudizarse. Es comprensible que, con criterios puramente contables y administrativos, se tomen estas decisiones que, desde el punto de vista del ciudadano normal son de lo más ridículas, máxime cuando a todas horas se está hablando de igualdad de derechos y de oportunidades para todos los españoles e incluso para todos los inmigrantes que residen aquí. Tengo entendido que incluso disponemos de un Ministerio de Igualdad que se creó, supuestamente, para velar por el cumplimiento de estos dogmas sagrados de un estado de derecho.
No caeré en la simplificación de decir que sobran todas las fronteras del mundo. Tal vez debamos ir avanzando, como se está haciendo en Europa, para flexibilizarlas cada vez más hasta que sean meras líneas que nos indiquen donde estaban históricamente todos esos países que finalmente se convirtieron en uno solo, pero eso es algo que no se consigue de la noche a la mañana. Lo que no entiendo es esta memez hispana de reforzar cada vez más las divisiones entre comunidades autónomas. Me parece una de las cosas más absurdas que hayan hecho los políticos a lo largo de la historia de la humanidad.
Todas estas sandeces podrían ser comprensibles si quienes que las potencian hablasen con claridad y dijesen que la igualdad entre ciudadanos españoles ya no existe, pero el caso es que siguen todo el día aderezando sus estúpidos discursos con las palabras “libertad”, “igualdad”, “democracia”, “soberanía popular” y qué sé yo qué más cosas bellas que, con sus actos diarios, no hacen más que contravenir.
La educación es diferente en cada autonomía o, yendo más allá, en cada municipio o colegio. La presión fiscal también es diferente de unos lugares a otros. Los habitantes de comunidades bilingües pueden optar sin problemas a cargos en la administración de toda España, pero los de comunidades monolingües, si no conocen la segunda lengua de esas otras comunidades, lo tendrán francamente difícil para optar a cualquier puesto (incluso aunque no se requiera hablar para desempeñar el cargo). ¿Se puede saber dónde está la igualdad entre los ciudadanos españoles? ¿Está haciendo algo Doña Bibiana Aído para resolver esto? ¡Qué preguntas más tontas hago!
sábado, 17 de enero de 2009
Dios en los autobuses
Ya parece que ha dejado de hablarse de la publicidad que han contratado algunos grupos ateos para poner en algunos autobuses londinenses y españoles (creo que ha sido en Barcelona). Otros, no sé si como reacción a los primeros o porque tienen al mismo asesor publicitario, optaron por el mismo sistema para decir que Dios sí que existe. ¡Viva la pluralidad!Particularmente no entiendo que alguien se gaste dinero en una publicidad que no le va a reportar beneficio económico alguno (por lo menos eso es lo que parece), pero son libres de hacerlo, faltaría más. Yo también me gasto dinero en apuntarme a carreras populares que sólo me reportan cansancio durante muchos minutos y un instante de gozo al cruzar la meta, así que no soy el más indicado para llamar tonto a nadie por hacer cosas aparentemente absurdas.
Tengo que decir que no he oído declaraciones críticas con estos carteles a ningún jerarca eclesiástico, cosa que me agrada enormemente porque cualquier cosa que se diga sobre este tema no sirve más que para darle más publicidad aún y, además, gratis (la que le pueda dar yo es tan escasa que no creo que me lo agradezcan los artífices de la cosa).
No creo que con estos carteles nadie pretenda “convertir” al ateísmo a nadie y me parecería una tontería muy grande que algún grupo de creyentes, de la religión que fuese, viese amenazada su fe por estos carteles en los autobuses (y por el montón de artículos en periódicos e Internet y debates en la radio y en la tele que esto ha generado). Si alguien pierde su fe por algo tan nimio como esto, es que no la tenía y, que yo sepa, es difícil perder lo que no se tiene. Y si alguien tiene miedo de que esto reste seguidores a su religión es que ese alguien es un memo integral al que sólo le interesan las estadísticas de feligreses y no la fe real de los mismos, en cuyo caso tampoco creo que semejante persona esté muy convencida de las bondades de la religión que dice profesar.
Por hoy ya es suficiente. Si alguien tiene información sobre los beneficios reales de este tipo de publicidad ateo-religiosa, que lo diga.
viernes, 9 de enero de 2009
Sacando partido del caos
Hoy ha caído una gran nevada en Madrid (y en otro buen puñado de lugares del “estado”) y ha habido atascos monumentales. Yo, que tengo una suerte que no me merezco, he conseguido zafarme de todos los embotellamientos. Mi naturaleza madrugadora me ha librado del tapón mañanero, y por la tarde he transitado la M-30 madrileña con una densidad de tráfico casi tan escasa como la de los pelos de mi cráneo. Os aseguro que a las cuatro de la tarde de un viernes no es normal tal fluidez. Cuando he llegado a mi barrio he tenido que cruzar sobre la M-40, y allí abajo he podido ver cuál podría ser la razón de tan escaso tráfico en el centro de Madrid: Casi todos los coches estaban atrapados en esa vía ¡Pobres diablos! Creo que esta noche me acercaré allí y, si la cosa sigue igual, ofreceré mi hospitalidad a dos o tres conductores.Ahora estoy escuchando la radio y algunos cuentan que llevan atascados desde las nueve de la mañana (son las cinco y media).
No tengo ni idea de cómo podrían evitarse estos problemas en lugares en los que tenemos tan poca costumbre de tener nevadas, pero me temo que la cosa no es tan fácil de solucionar como algunos pretenden. En Madrid hay demasiadas carreteras y me temo que aunque circulasen camiones quitanieves por todas ellas y todo el mundo llevase un saco de sal a hombros el follón se montaría de modo similar. Además, cuando una carretera está completamente atascada ¿por dónde puede pasar el quitanieves?
Pero entre tanto caos también hay lugar para el gozo. Durante toda la mañana, en nuestro lugar de trabajo, además de mirar por la ventana para ver cómo el paisaje se blanqueaba, se sucedían las noticias sobre atascos y cortes de carreteras y la alarma general sobre cómo podríamos regresar a casa ha surtido el efecto deseado: Nuestros líderes han enviado un mensaje diciéndonos que podíamos irnos a casa antes de la hora para evitar problemas. Algunos seguro que a estas horas aún andan intentando llegar a casa, pero yo diría que la mayoría podríamos haber salido a nuestra hora y haber cogido el Metro para llegar a casa sin problemas, eso sí, dejando nuestros coches en aquel inhóspito lugar. En cualquier caso casi todos (siempre hay algún abnegado trabajador) hemos tomado las de Villadiego con gran alegría y con cara de preocupación por dejar nuestro puesto antes de lo debido. Incluso ha habido quien ha inventado alguna excusa extra para justificar un poco más su huida (¡qué profesionalidad!).
Una vez más se demuestra que de casi todo se puede sacar algo bueno.
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