jueves, 16 de octubre de 2008

A la caza de Kashuma

Ayer recibí un correo de una redactora del diario Metro (para los que no seáis de Madrid explicaré que es unos de los que se reparten gratuitamente en Madrid cada mañana) solicitando información sobre la historia que hace más de dos años me aconteció con nuestro japonés más famoso y querido, Kashuma, y que había encontrado rebuscando entre los miles de correos que había perdidos en un antiguo buzón de correo electrónico que llevaba mucho tiempo en cuarentena por ataques de spam.

Todos sabéis el afecto que tengo a mi querido timador oriental, así que al contemplar la posibilidad de que mi más fantástica aventura pudiese acabar entre las páginas de un periódico, no dudé ni un momento y llamé a Teresa (así se llama la cordial y simpática redactora que se interesó por mi historia). En cuanto descolgó el teléfono y supo que la víctima del músico japonés era quien estaba al otro lado, no disimuló su entusiasmo. Tanto es así que hasta me sentí importante.

Estuvimos charlando animadamente durante un ratillo en el que, básicamente, corroboré lo que ella ya había leído en mi relato y, además, hice algunas puntualizaciones inútiles (ya sabéis de mi capacidad para aportar información inútil en cualquier situación) como, por ejemplo, que con la publicación de esta historia, podremos conseguir que el timo deje de ser efectivo o, tal vez, que Kashuma acabe siendo un famoso más de los que visitan el plató de Ana Rosa Quintana o el Diario de Patricia (que ahora creo que se llama Diario Imedio, o algo así). Alguna persona ha sugerido que sería interesantísimo vernos a Kashuma y a mí concursando en Gran Hermano. La verdad es que no me parece mala idea.

La conversación terminó y, tanto Teresa como yo, nos quedamos muy contentos: Ella porque tenía algo que contar hoy, y yo porque me encanta ser protagonista de historias absurdas en las que quedo como el más tonto del mundo.

Aquí podéis leer el artículo que conseguirá poner coto a las fechorías de nuestro japonés con coleta. Este es es el primer paso de mi larga carrera hacia la fama. En no muchos años me veréis optando a la presidencia del Gobierno de España ¡Tiembla, ZP!

sábado, 11 de octubre de 2008

El hombre anuncio

Parece ser que al alcalde de Madrid y a su equipo gubernamental les parece vejatorio el oficio de hombre anuncio. Si hubiesen pedido a las empresas anunciantes pagar un impuesto especial por desarrollar su labor anunciadora por las calles de la ciudad, la cosa podría tener algo más de sentido, pero alegar que es una actividad denigrante me parece una sandez. No es ese sea el oficio de mis sueños, pero para quien no tiene otra cosa, ganar 600 o 900 euros al mes no es mala cosa.

¿Es vejatorio también el oficio de barrendero? Lo de barrer las inmundicias que el resto de los “educados” ciudadanos vamos tirando por el suelo, no parece ser algo maravilloso. ¿Y qué me decís del oficio de consultor? ¿Es digno ir contando mentiras de empresa en empresa prometiendo milongas imposibles de llevar a cabo? Tal vez este oficio no sea considerado vejatorio porque no se desarrolla a la intemperie y se suelen cobrar sueldos bastante aceptables, pero fundamentar la actividad de uno en la mentira es algo un tanto vergonzoso. Es cierto que no todos los consultores son mentirosos e incompetentes, pero cada vez que oigo esa palabra, pronunciada con veneración casi divina, me entra la risa.

¿Y el oficio de político? ¿Es digno o es indigno? Afirmar una cosa un día y la contraria al siguiente, reclamar respeto a quien insultas, decir que no hay problema donde sí lo hay y que es terrible lo que no lo es…

Al final, como pasa casi siempre, lo único que cuenta es lo que se ve, mandan las apariencias, así que si el hombre anuncio lleva un par de cartelones de PVC la mar de antiestéticos, su trabajo será considerado degradante, pero si eres un gran deportista y llevas camisetas Nike o Adidas repletas de logotipos de un montón de empresas anunciantes, eso es enaltecedor y dignificante e incluso Gallardón sería capaz de invitarte a su despacho para hacerse fotos contigo.

Si uno tiene un oficio con nombre largo y extraño como, por ejemplo, experto en técnicas de rehabilitación de complejos sociales de esparcimiento sostenible del medioambiente (me lo acabo de inventar y no tiene ningún sentido, pero me gusta), aunque su labor consista en conseguir fondos estatales para no hacer otra cosa que editar publicaciones que nadie lee y en masajearse sus partes íntimas a todas horas, su absurdo oficio será considerado, no ya digno, sino fundamental para el desarrollo integral del ser humano en este peligroso planeta.

Yo diría que, en general, la dignidad de un oficio la da la forma de ejercerlo y no el oficio en sí. Un hombre anuncio, si no va arrollando a los transeúntes que se cruzan con él, desarrolla su labor dignamente. Un consultor que asesora adecuadamente y sin contar milongas a sus clientes, es un profesional digno. Un político que dice lo que piensa y hace lo que dice, contribuye a que su profesión se enaltezca. Un auditor que no falsea los datos sino que informa de lo que averigua, es un buen auditor. Lo contrario ocurre con un hombre anuncio que va empujando e insultando a la gente, o un consultor que dice a sus clientes que se pueden hacer cosas que él mismo no sabe ni por dónde agarrar, o un auditor que clasifica a una empresa con las famosas tres aes, “AAA”, una semana antes de que quiebre.

Es cierto que hay oficios como el de asesino a sueldo o ladrón cuya indignidad no parece depender de cómo se ejerza, pero esos son casos especiales.

domingo, 5 de octubre de 2008

Juicios paralelos (el caso Neira)


Anoche estuve viendo La Noria, ese programa de debate en el que suele participar esa tranquila y tolerante periodista que es María Antonia Iglesias. Por segunda vez acudió a ser entrevistada por Jordi García la novia de Antonio Puertas, el agresor de Jesús Neira. No sé cómo discurriría la primera entrevista que le hicieron en ese mismo programa, pero lo de ayer fue bastante indignante.

De este desagradable suceso parece que está comprobado y asumido por todas las partes implicadas, incluido el agresor, que al señor Neira se le propinaron unos cuantos golpes de tal intensidad que provocaron que, al cabo de unos días, entrase en coma.

Jesús Neira, según él mismo declaró después del incidente, vio como Antonio Puertas discutía y forcejeaba con su novia, Violeta Santander, que acabó cayendo al suelo. Según don Jesús, cayó empujada por el novio, y según la propia chica, cayó porque se desequilibró a causa de un problema de vértigos que parece.

A la vista de que no hay consenso en la cuestión de la agresión a la doña Violeta, los que no somos ni Jesús Neira ni ella misma, lo único que podemos afirmar es que Puertas propinó unos cuantos golpes fatales a Neira. Pero, a pesar de que la supuesta agredida se empeña en repetir que no lo fue, el resto de la humanidad se insiste en contradecirle y en intentar convencerla de que sí que fue maltratada físicamente por su novio.

Violeta ha reconocido que Puertas es adicto a las drogas y que ese día iba un tanto cargado, pero insiste en que no la agredió. Será verdad o será mentira, no tengo ni idea, pero no sé qué derecho tiene ninguno de los participantes en la tertulia de la Noria en afirmar con toda rotundidad que la señorita Santander está mintiendo y que lo que le pasa es que está bajo los efectos del síndrome de estocolmo (diagnóstico al que habrán llegado gracias a sus largos años ejerciendo la psiquiatría, supongo).

Yo pienso que Violeta está haciendo las cosas bastante mal y que con sus apariciones en televisión no hace otra cosa que animar a esa jauría de cretinos que por tener el título de periodistas se creen con derecho a sentenciar sobre cualquier caso mientras, eso sí, abominan de los juicios paralelos que se hacen en la calle, juicios que siempre hacen otros, claro. Ellos dicen que Violeta Santander miente, pero no la están juzgando, sólo opinan.

¿Es que no saben que si ellos condenan a esta mujer, habrá montones de cretinos que al verla pasear por la calle se atreverán a insultarla sin pudor? ¿No se dan cuenta de que ellos, que tanto hablan en contra del maltrato de mujeres, están maltratando de una manera gravísima a esta señora y, lo que es peor, propiciando que otras muchas personas la maltraten? ¿Ese maltrato es bueno y un empujón es malo?

En la mesa de la tertulia de La Noria sólo había una persona que parecía no dejarse llevar por las vísceras y que habló con gran sensatez a pesar de las constantes interrupciones de María Antonia Iglesias. Me refiero a Nacho Abad que, desde ayer, es para mí un ejemplo a seguir y del que deberían aprender todos esos profesionales del periodismo que, de tan encumbrados que ya están, son incapaces de dejar de mirarse el ombligo y supongo que por eso jamás pueden opinar sin sentenciar. ¡Son tan grandes! ¡Su carrera profesional ha sido y es tan brillante! ¿Quién podría dudar de que lo que ellos piensan sea la verdad? ¿Para qué necesitan pruebas? Eso se queda para los que no tienen esa perspicacia e intuición de los grandes.

Como La Noria es un programa de gran seriedad, ayer mostraron las declaraciones que hizo un chaval que ha pasado unos días en la cárcel de Soto del Real con Antonio Puertas. El mozalbete ya está en libertad y, claro, como sabe que este tema da dinero, lo primero que hizo fue ponerse en contacto con Tele 5 para decirles que tenía información interesante. En la "cadena amiga" comprobaron que este chaval, efectivamente, ha estado en Soto del Real cumpliendo condena y que ha coincidido en el tiempo con Puertas.

No creo que puedan haber constatado que realmente habló con Puertas y dudo mucho que puedan saber si lo que ha dicho su compañero carcelario es cierto. El supuesto compañero del agresor de Neira se explayó a gusto y, resumiendo, dijo que Puertas reconoció que estaba maltratando a su novia cuando llegó Neira, al cuál dio un par de puñetazos. También le dijo que esperaba salir pronto de la cárcel si acaban inculpando a los médicos por negligencia y así poder ir de plató en plató para forrarse. Son cosas creíbles, pero es absurdo dar por sentado que son ciertas, sobre todo cuando el que lo ha contado ha hecho negocio con esa información.

Salvo Nacho Abad, que dijo que ese testimonio no valdría un pimiento en un juicio porque bastaría con que Puertas negase haber dicho tales cosas, el resto de los contertulios dio crédito absoluto a lo que dijo ese expresidiario.

Que quede claro mi desprecio por la paliza que el desgraciado de Puertas propinó a Neira y que vaya por delante que pienso que los paseos de Violeta Santander por la tele no hacen más que alentar la creencia de que miente para no meter en follones a su novio, pero una cosa es tener la sospecha de algo y otra muy distinta decir que lo que uno sospecha es la verdad absoluta.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Disertaciones laborales


Ayer estuvimos intentando organizarnos, laboralmente hablando, y tratamos del tema de las planificaciones de los proyectos y el seguimiento de los mismos. Yo, que soy un necio integral, sé que no queda más remedio que hacer una previsión de lo que se tardará en hacer las distintas cosas que nos encargan en función de quién vaya a hacerlas y la prisa que corra su implantación. También sé que una cosa es hacer una previsión y otra diferente remangarse y poner manos a la obra. Esto lo sabe todo el mundo, pero a algunos les toca simular que no lo saben o, mejor dicho, que no es así, que las previsiones “van a misa” y tienen que coincidir con la realidad.

Yo, cuando me toca, hago planificaciones y previsiones varias, pero en el momento de decir a alguien lo que tiene que hacer, casi nunca le informo del tiempo que tiene para ello. ¿Y por qué no doy esa información? –se preguntará alguno- Pues porque no debería ser necesaria. Según yo creo, cuando una persona trabaja sus ocho horas (o las que estén estipuladas en su contrato), cuando tiene una tarea que realizar, tendrá que dedicarse a ella durante el tiempo de su jornada laboral y, si no es un jeta que toma cinco cafés, fuma diez cigarros, mea veinte veces y depone otras tantas (sin contar los paseos que pueda darse por los pasillos con papeles bajo en brazo y a paso legionario para mostrar su gran profesionalidad), si la persona no es así -decía- no es necesario informar de qué meta temporal tiene que cumplir porque nadie tiene derecho a planificar un trabajo contando con que quien lo tiene que hacer deba pasarse más de ocho horas diarias (seis y pico, porque siempre hay que tomarse algún respiro o atender imprevistos) dedicado a ello.

Otra razón para no tener muy presentes las fechas límite de las tareas es que, cuando a algún gran líder, Don Antonio, por ejemplo, se le antoja (por razones de gran peso estratégico, claro está), desbarata cualquier planificación señalando con el dedo a una persona (“recurso” en su jerga) para apartarlo de su labor actual y llevarlo a donde él decide (tras muchas trascendentales cavilaciones en el retrete). Cuando se le dice que esa persona está desarrollando trabajando en algo que tiene que estar finalizado en 1 de octubre, él dice con gran seguridad que su trabajo lo podrá asumir sin problemas la otra persona con la que estaba haciendo su trabajo y que, como mucho, el mes de trabajo del que sale del proyecto, lo tendrá que absorber el otro miembro del grupo con una semana más de trabajo. Para Don Antonio un mes de su escogido es equivalente a una semana de aquel al que no ha elegido. Cualquiera podría pensar que esto indica que nuestro gran líder piensa que su trabajador estrella es bastante más tonto que el otro, porque pretende que un mes de trabajo de uno sea absorbido por una semana del otro, pero no, Don Antonio no piensa eso ni es tonto, él sabe que las planificaciones no valen para nada y por eso se las pasa por sitios innombrables y hace lo que le da la gana. Don Antonio es listo, por algo ha llegado tan lejos.

Si las cosas son como yo pienso, me gustaría que alguien me dijese qué aporta el conocimiento de que un trabajo determinado tiene que estar terminado el día 23 de Octubre. A mí, cuando me dicen que me ponga a partir de una fecha determinada a desarrollar un trabajo, ese día, o antes si es que la situación lo permite, me pongo con ello sin prisa, pero sin pausa, intentando hacer mi trabajo lo mejor que puedo, de modo que si tardo menos de lo planificado, esa alegría que me llevaré yo y ese gozo que tendrán mis jefes, y si tardo más, ya sea por inutilidad o ignorancia mías, o porque la tarea estaba mal dimensionada, o a causa de problemas imprevistos que surjan por el camino, no se llegará a la fecha prevista y habrá que justificar el retraso, cosa que, si yo no he estado vagueando ni dedicado a otras tareas, podrá hacerse sin problemas (o con pocos).

Supongo que el control de tiempos en cualquier tipo de proyecto (no tiene por qué ser una tarea informática), es necesario porque hay demasiado caradura por el mundo, porque la responsabilidad profesional es escasa en mucha gente. Yo he conocido,y conozco a gente (no sabría decir si son mayoría) que se pasa el día diciendo lo liadísimos que están y resoplando por la dureza de su trabajo que, básicamente, consiste en masajearse el escroto (o lo que tengan en esa zona central del cuerpo) a dos manos y en esquivar a cualquiera que les parezca que llega con intención de asignarles alguna tarea menos gratificante que el masaje genital. Como suele ocurrir, gracias a unos cuantos malos profesionales se acaban imponiendo normas de control que, para otros muchos son inútiles o, peor aún, contraproducentes y molestas.

Si yo estoy trabajando durante casi toda mi jornada laboral (alguna escapada al excusado y alguna conversación estulta con mis compañeros son necesarias para mantener la alegría en el trabajo), andar pensando en el tiempo que me queda para llevar a cabo una tarea que estoy haciendo lo más rápidamente que puedo, no me sirve de nada o, como mucho, puede servirme para que aturullarme pensando que no llegaré a la meta por mucho que me esfuerce o, si voy sobrado, para que me dedique a perder el tiempo como un campeón aprovechando del exceso de tiempo que me han asignado para una tarea simple.

Este problema, como tantos otros, surge porque pretendemos tratar a todo el mundo del mismo modo, pero cada cual es diferente y requiere que, para sacar lo mejor de él, se le trate del modo más adecuado. Si uno es un cara, habrá que controlarle, y si demuestra que es de confianza, habrá que liberarle de controles que no necesita.

Mi conclusión es tan bonita como ingenua, porque para tratar a cada cual del modo que necesita, se requiere hacer el esfuerzo de conocerlo, y eso cuesta trabajo o es imposible (hay gente muy hábil en parecer lo que no es), así que me temo que todo este discurso mío sólo ha servido para pasar el rato y actualizar mi blog, que falta hacía.

sábado, 13 de septiembre de 2008

¿Qué hacemos con el CGPJ?

Parece que hay poca gente a la que le guste la nueva composición del CGPJ porque cada partido ha elegido, según cuentan, a gente de su cuerda que, presumiblemente, actuará a favor de los intereses del partido que lo ha elegido. La verdad es que no entiendo por qué hay tanta gente escandalizada por esto. Si el método de elección de ese consejo es el que es, me temo que no tiene sentido pedir que los que lo eligen, se decanten por personas que tengan ideas diferentes de las que defienden ellos mismos. Tal vez lo absurdo sea el sistema de designación. Pero si ese sistema de elección no es bueno porque mediatiza el poder judicial al poder legislativo ¿de qué otro modo se podría hacer la cosa? ¿Haciendo un referéndum nacional? ¿Convocando oposiciones a esos puestos?

Si se convocasen elecciones para que “la ciudadanía” eligiese a los jueces, me temo que la composición del CGPJ sería básicamente la misma que tiene ahora porque cada persona votaría, probablemente, a los jueces que sus carismáticos líderes políticos les recomendasen. Por tanto me temo que con este método no cambiaría nada. ¡DESESTIMADO!

Lo de acceder a las vocalías del CGPJ mediante oposición podría ser más interesante, pero requeriría un esfuerzo que no tengo claro que muchos de los altos cargos de la judicatura quisieran realizar. Lo que sí podría ocurrir es que algún mindundi recién salido de la universidad, acostumbrado a estudiar día y noche, se alzase con alguna de esas importantes plazas y desbancase a egregios juristas apoltronados y con pocas ganas de memorizar los infumables rollos que suele ser necesario interiorizar para aprobar unas oposiciones. De todos modos, supongo que como requisito para presentarse a esas supuestas oposiciones, se pediría ostentar ya algún cargo relevante en la Administración de Justicia y así se evitaría que un pobre diablo pusiese en evidencia a algún que otro gran hombre de la Justicia.

Sea como fuere, dudo que los políticos, que son los que hacen las leyes, vayan a cambiar una norma que les conviene (la que les permite elegir a los vocales del CGPJ) por otra que no sería tan interesante para ellos (hacer que se llegase a esos puestos por oposición), así que este debate es tan estéril como absurdo, es decir, perfecto para este blog.
Y ahora, si queréis, podemos hablar de ese juez con halitosis al que han sancionado últimamente por su falta de higiene.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Curiosidad y morbo

Esta mañana, mientras me afeitaba el cráneo, estaba escuchando el programa de Isabel Gemio en Onda Cero, Te doy mi palabra, y debatían sobre si era bueno que los medios de comunicación mostrasen imágenes desagradables de catástrofes (atentados, guerras, hambrunas, terremotos, etc.). Obviamente no se ha llegado a ningún consenso porque las cosas no son tan sencillas como para catalogarlas en buenas y malas con total nitidez.

Hay quien dice que es bueno mostrar ciertas cosas para que nos enteremos de verdad de la gravedad de ciertas cosas, otros dicen que no es necesario mostrar tan descarnadamente cosas que ya sabemos que son así. Supongo que habrá quien muestre cadáveres destrozados, niños que sólo tienen pellejo sobre sus huesos o personas heridas cubiertas de sangre para hacernos pensar sobre la gravedad de ciertos acontecimientos, pero también pienso que estas imágenes se utilizan para atraer a las personas que, como yo, sentimos curiosidad por ver lo que no vemos habitualmente, por suerte, al salir a la calle.

Es demasiado fácil atraer la curiosidad de la gente con cosas de este tipo. Reconozco que no es ninguna virtud el ser tan cotilla y que, probablemente, no aporta nada bueno desviar la mirada a cada cosa extraña que se presenta ante nuestros ojos. Esa curiosidad puede ser muy peligrosa, por ejemplo, en los accidentes de carretera. A saber cuántos accidentes han sido provocados por el hecho de desviar la mirada para curiosear al ver otro accidente en el carril contrario.

Es cierto que en los medios de comunicación se aprovechan muy bien de la naturaleza curiosona de muchos de nosotros para atraernos con esas imágenes o historias truculentas. El problema que veo a esto es el del dolor que se puede causar a las personas implicadas en los sucesos en los que tanto se regodean los informadores (problema que no es pequeño), y tal vez sea eso lo que debería servir para poner un límite a este tipo de informaciones. Lo que no tengo claro es cómo se puede poner ese límite ¿En tiempo dedicado a la información? ¿En nitidez de las imágenes mostradas? ¿Deberían prohibirse esas imágenes? No lo sé.

Sea como fuere, cuando oigo a algunas personas hablar sobre estos temas y decir que en cuanto ven en la tele alguna imagen truculenta, cambian de canal, no sé si creerles o si pensar que lo dicen para quedar bien ante el foro para el que hablan. Yo, si estoy acompañado, es probable que, por respeto a quienes me acompañan o por miedo a que piensen que soy un degenerado, cambiase de canal para que no se hiriesen sensibilidades o para mantener intacta mi fama de hombre decente, pero si estoy yo solo frente a la televisión, os garantizo que mi dedo se alejaría del botón de “zapeo” en cuanto me avisasen de que en breves instantes se mostrarían imágenes duras.

Hace bastantes años había un programa del Doctor Beltrán (creo que así se llama el insigne médico) en el que se mostraban vídeos de operaciones quirúrgicas. Lo ponían a horas tan intempestivas que sólo vi uno de ellos (una operación en la que cortaban la piel del paciente a la altura del cuello y le levantaban la “careta” para hacer algo en la garganta), recuerdo que estuve revolviéndome en el sofá todo el rato, pero mi curiosidad pudo más que mi repugnancia, y pude ver todo el vídeo sin desmayarme. ¿Soy un degenerado por esto? A lo mejor sí, así que espero vuestros comentarios insultantes si creéis que los merezco.

domingo, 24 de agosto de 2008

Tristeza, dolor y ADN

Desde que se produjo el fatídico accidente del avión de Spanair no ha habido un solo día en el que no se hable del tema, pero yo, sumido como estoy en la pereza veraniega y en mis múltiples tareas deportivas y sesteantes, aún no había dedicado ninguna de mis “brillantes” intervenciones a este trágico caso. Hoy, al ver en LibertadDigital la noticia de que la identificación de cadáveres va a llevar bastante más tiempo que el que se previó en un principio, he vuelto a pensar, como hago casi siempre que muere trágicamente algún grupo de personas, en lo absurdos que somos los seres humanos en nuestra forma de enfrentar, no ya la muerte, sino la gestión de los cadáveres o los trozos calcinados y desperdigados que quedan tras este tipo de accidentes.

Comprendo el dolor de los familiares y amigos de todas las víctimas de este accidente y de tantos como ocurren a diario, pero lo que nunca terminaré de comprender es la razón por la que hay tanta gente que da tanto valor a los restos mortales de esas personas cuya vida ya ha terminado (por lo menos en este mundo). ¿Puede alguien decirme qué alivio puede sentir quien ha perdido a un hijo al saber que cierto tizón encontrado entre los restos de un avión calcinado, pertenece a su cuerpo sin vida? ¿Sabe alguien cuál es la misteriosa razón que nos hace necesitar saber que unos cuantos huesos y trozos de carne descuartizada y requemada son los de nuestro pariente y no de otra persona? ¿Por qué hay tantas personas necesitadas de saber que los restos sin vida de quien tanto querían están depositados en un lugar concreto de un cementerio específico o desperdigados en forma de ceniza por cierto lugar?

Un primo mío murió en un accidente de aviación hace bastantes años y no sé si realmente había algo de él en el ataúd que se enterró o si, sencillamente, estaba vacío. El avión (un caza del Ejército del Aire) se estrelló y no sé si se pudo recuperar algún resto de los dos ocupantes del mismo. Sólo sé que murió joven y que dejó una viuda tan joven como él y una hija de meses. Dudo que a ninguna de ellas les sirviese de nada que los restos de su marido y padre hubiesen podido recuperarse (esto lo supongo, porque realmente no lo sé). La pérdida fue dolorosa y la acumulación de trocitos del cadáver en una caja no parece ser nada reconfortante o, por lo menos a mí no me lo parece.

Algunos de los familiares de las víctimas probablemente estarán indignados con la tardanza en la identificación de los cadáveres. Es cierto que el Gobierno se precipitó al dar fechas excesivamente cortas y que debería dejar tanto optimismo de lado para bajar al terreno del realismo algún día, pero ya sabemos que ZP y su gente son así, así que no sé de qué hay que sorprenderse.

Terminaré volviendo a decir que comprendo el dolor de los familiares y amigos de las víctimas, pero seguiré pensando que tanto esfuerzo y dinero gastado en poner trozos de carbón humano en cajas separadas y perfectamente identificadas es una tarea inútil.

Si nos ocupásemos de los vivos una centésima parte de lo bien que tratamos los cadáveres de los muertos, este mundo sería el Paraíso.