
Hoy he salido a dar un paseo por la Pedriza con unos amigos. Ha hecho un día de invierno de esos que hacen que pensemos que
Al Gore tiene razón con lo del calentamiento global.
Cuando llevábamos unos tres cuartos de hora de ascenso sosegado y a ritmo dominguero, nos hemos cruzado con una mujer que bajaba con una pierna accidentada intentando avanzar apoyándose en su hija y utilizando la pierna que le quedaba sana para salvar los desniveles en los que no podía utilizar su extremidad dañada. La mujer había resbalado en una roca húmeda y se dio golpes por todo el cuerpo. La tibia derecha se llevó la peor parte y ahora no le quedaba más remedio que moverse apoyando esa pierna lo menos posible.
Sólo quedaban dos o tres kilómetros de bajada, pero en esas condiciones la cosa podría hacerse verdaderamente dura. Le prestamos un bastón de esos que se usan ahora para ir a andar al monte y su cara se iluminó agradecida. De todos modos no vimos claro que aún con el bastón y ayudada por su hija pudiese llegar con soltura hasta el pueblo (Manzanares el Real), así que, ni corto ni perezoso, el más calvo de nuestro grupo se presentó voluntario para la arriesgada labor de acompañar a nuestra dolorida amiga hasta la civilización (después de todo, ya había agotado su repertorio de sandeces y no tenía mucho más que contar a sus amigos, así que podía dejarles seguir sin él).
Entre el bastón y la apuesta y fornida figura de su nuevo asistente, nuestra golpeada dama comenzó a sentir que la salvación que hasta hacía un rato se veía tan lejana, podría ahora verse hecha realidad. Rosalía (que así se llama la dura montañera) no dejaba de agradecer la ayuda prestada, y su máxima preocupación ahora era la de que su buen samaritano volviese cuanto antes con los amiguitos a los que había dejado atrás. El ayudante, sabiendo lo valioso de su ayuda y ansioso por llevar a cabo una heroicidad que contar luego en su alicaído blog, hizo oídos sordos a las propuestas de abandono de su importante labor de apoyo y siguió caminando junto a Rosalía y Sara (su hija).
El sendero, fácilmente transitable cuando uno tiene las dos piernas a punto, era un tormento para Rosalía que, a pesar de sus dolores en la pierna mala y del cansancio en la buena, no se dejó vencer por el desánimo e hizo gala de su buen humor charlando afablemente con su simpático hombre-muleta mientras aguantaba estoicamente las ganas de gritar (por el dolor y por las tonterías que yo le decía).
¡Qué tarde es ya! Son las 23:15 y mañana tengo que madrugar, así que resumiré para irme a dormir: Rosalía descansa ya en su casa (me ha llamado para agradecer por enésima vez la ayuda prestada) y yo me siento feliz porque ya puedo llamar a Patricia Gaztañaga para salir en su programa y contar mi interesante historia. Además, siempre es grato conocer a gente tan agradecida y tan dura como Rosalía.
Y en este estado de paz interior en el que me hallo, me atrevo a pediros que veáis
este vídeo tan bonito para que, si aún no tenéis claro a quién votar en Marzo, apartéis las dudas y sepáis que ZP es la mejor opción.